José Fernández Santillán
Ahora que volteo a ver al pasado y vienen los recuerdos en cascada, allí ha estado siempre, en el lugar preciso: reuniones académicas, manifestaciones, aeropuertos, preparación de textos colectivos, presentaciones de libros, programas radiofónicos, debates en televisión, además de bautizos, 15 años y bodas.
Un día fue a parar hasta la selva chiapaneca para atestiguar el encuentro entre organizaciones simpatizantes del EZLN y los dirigentes de ese grupo armando junto con las bases zapatistas. Salió maltrecho pero, supongo, contento de haber estado allí. Con razón se ha dicho que Carlos Monsiváis tiene el don de la ubicuidad. No le gusta que se lo cuenten; prefiere estar en el lugar de los hechos. Su curiosidad es insaciable.
Lo que uno se pregunta es: ¿cómo le hace para estar en tantos lugares y todavía tener tiempo para escribir artículos, columnas y libros en cantidades industriales? Basta echarle un ojo a su bibliografía para darse cuenta de lo prolífico que ha sido. Parece que nació con pluma y papel en las manos: desde Principados y potestades (1969) hasta No sin nosotros (2005), pasando por Días de guardar (1970) y Los rituales del caos (1996). Sin dejar de mencionar sus colaboraciones aquí en EL UNIVERSAL.
Monsiváis cumplió 70 años el domingo pasado, 4 de mayo. Es, de hecho, una celebración colectiva porque, ganado a pulso, es el cronista por excelencia de la vida pública de México de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Sus crónicas y ensayos han estado comprometidas con las mejores causas de la nación. En épocas de censura e intolerancia, Carlos fue uno de los que arriesgaron todo para enfrentarse al autoritarismo y hacer efectivas las libertades civiles y políticas de las que hoy gozamos.
Estuvo al pie del cañón en el 68 para denunciar las arbitrariedades del gobierno diazordacista; se fajó como los buenos en el Jueves de Corpus en 1971; puso al descubierto las carencias y titubeos de las autoridades durante los terremotos del 85, y ha estado, permanentemente, en la primera línea de fuego contra los fraudes electorales.
En mi opinión, las dos armas principales de Monsi —pero no las únicas— son su profundo bagaje cultural, y la sátira al estilo de Molière y Voltaire. La sátira es el más mordaz de los instrumentos con los que cuenta el intelectual frente al poder. Como dicen los italianos: “La lengua bate donde duele el diente”. Dejar al descubierto, con sarcasmo, la distancia que hay entre el ideal y la realidad; llamar la atención sobre el abismo que separa lo que se dice y lo que se hace.
Carlos ha puesto la inteligencia al servicio de la crítica contra la corrupción, la ineptitud y la intolerancia; pero también al servicio de la construcción de un proyecto nacional democrático e incluyente. Para mí, Monsiváis ha sido siempre una referencia obligada; particularmente cuando la borrasca parece enturbiarlo todo.
Ojalá y nos dure, por lo menos, otros 70 años.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México
