Ramón Cota Meza
No busques el jonrón, busca el sencillo; no descargues todo el swing , choca la bola; intenta ser Rod Carew, no Barry Bonds. Así se puede resumir la filosofía empresarial de Ram Charan, el nuevo gurú de las corporaciones globales. Charan no es aficionado a deporte alguno. Asistió a un partido de beisbol en busca de metáforas inteligibles para sus clientes ejecutivos y captó la esencia del juego eficaz. Los bateadores consistentes escasean porque la mayoría intenta conectar profundo.
No soy aficionado a la literatura empresarial, pero las ideas de Charan me llamaron por su sencillez. ¿Cuál es tu ambición?, le preguntaron. “Ninguna, mi dedicación me llevará a donde voy a estar” (Fortune/Reforma, 03.05). Charan no se impone metas; sólo actúa como cree que debe hacerlo. Socrático, interroga a los empresarios y así se forma una idea de la empresa y su contexto. Generalmente, su conclusión es que los problemas provienen del choque de las ambiciones con la realidad.
Miembro de una familia con negocio familiar de zapatería en la India, Charan cree en las virtudes del “crecimiento orgánico”, es decir, desde adentro. “Normalmente se cree que el crecimiento supone cambios dramáticos y fuera de lo común, (pero) la combinación de varias iniciativas modestas y sencillas puede impulsar un crecimiento más consistente”. Los grandes planes casi nunca se cumplen porque orillan a las empresas a salirse de su contexto.
La pertinencia de las ideas de Charan para las empresas mexicanas, familiares la mayoría, es obvia, pero pueden extrapolarse a la familia extensa de la política y a lo que algunos esperan de ella. Pensemos en la llamada reforma del Estado, conjunto heterogéneo de metas ambiciosas pero vagas, cuyo propósito es introducir un cambio dramático en la organización política del Estado bajo la suposición de que así fluirán las grandes decisiones esperadas.
En vez de utilizar las muchas herramientas disponibles para procesar acuerdos, nuestros políticos propenden a dar el golpe de dados que llevará las cosas a un nivel superior. Se están fugando hacia delante, movidos por su incapacidad para discernir los asuntos que tienen entre manos. Les falta dedicación para comprender y solucionar los problemas. No la tienen porque no se concentran en ellos, preocupados como están por conservar su posición y perfilarla hacia puestos futuros.
No hay ni puede haber una fórmula institucional para superar este problema, pero la organización política de México tiene los elementos básicos para que las decisiones se traduzcan en beneficios para muchos. Hay renovación democrática y autonomía de poderes, libertades de expresión, asociación y tránsito, transparencia creciente de la función pública, leyes favorables a las minorías; en fin, una clara tendencia hacia la convivencia civilizada.
El problema es que el saco democrático nos está quedando grande. No procesamos los conflictos porque no nos dedicamos a entenderlos. Andamos papaloteando con grandiosos esquemas y ambiciones en mente, en vez de concentrarnos en lo que podemos hacer. Nos fijamos metas inconmensurables como evasión. Queremos despedazar la pelota, enviándola más allá del estadio, en vez de conectar sencillo. Estamos abandonando el contexto.
La idea de que México necesita cambios dramáticos se nutre de ambiciones, malentendidos, resentimientos y afanes acumulados: la presión global para convertir al país en potencia económica, la resaca revolucionaria, las ambiciones personales de pasar a la historia con golpes de inspiración legislativa, el resquemor y la maledicencia populares, exabruptos todos que cultivan el suelo para cosechar frutos de los peores desatinos.
Regresando al pensamiento de Ram Charan, concentrémonos en lo que podemos hacer sin salirnos de contexto. Los objetivos están claros y los instrumentos políticos son suficientes. No necesitamos más que abocarnos a las tareas: más dedicación y menos afán de ser famosos y admirados; más comprensión y menos expertismo y espectacularidad; más conocimiento de las pequeñas cosas y menos grandilocuencia.
No estamos diciendo nada nuevo; otros lo han dicho mejor hace mucho, pero hay que recordarlo e insistir en lo básico: los países crecen de adentro hacia fuera.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
