Avatares de la educación

Roger Díaz de Cossío

En 1833, Valentín Gómez Farías clausura la Real y Pontificia Universidad de México, establece la Dirección General de Instrucción Pública para el Distrito y Territorios Federales y la libertad de enseñanza que antes sólo podía otorgar la Iglesia.
Benito Juárez promulgó, en diciembre de 1867, la Ley Orgánica de la Instrucción Pública en el Distrito Federal, que fue uno de los grandes hitos en la educación mexicana. En su redacción participó Gabino Barreda, al cual le fue encargada la escuela preparatoria. La ley es rica y detallada. Se reglamentaron escuelas primarias, secundarias para niñas, superiores (jurisprudencia, medicina, agricultura, veterinaria, ingeniería), bellas artes, normal y muchas otras. Además de las materias por estudiar (primaria 16, preparatoria 34), la ley fijaba los sueldos del personal, desde 2 mil pesos al año para un administrador hasta 380 pesos para un ayudante de profesor.

Observando la ley, se concluye que la idea de nuestros próceres era que todo el conocimiento humano estuviera contenido en la educación. De aquí heredamos el atiborramiento general. Los congresos de 1895 y 1896 añadieron dos años a la primaria y fijaron muchos detalles, como la creación de escuelas para adultos. Reiteraron que la educación debía ser laica, ajena a cualquier doctrina religiosa.

La educación siempre se organizó dentro de los ministerios de Justicia e Instrucción Pública. Justo Sierra en 1905 fue el primer ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Venustiano Carranza pensaba que la educación debía estar a cargo de los municipios, cosa que fue un desastre porque no tenían fondos. Ya en la Constitución de 1917 se incluyó el artículo tercero que mandaba que la educación primaria tanto oficial como particular fuera laica y la primaria gratuita. Una frase generó fuertes protestas de la Iglesia y de los grupos de derecha: “Ninguna corporación religiosa, ni ministros de ningún culto, podrán establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria”.

En 1920, Adolfo de la Huerta designó a José Vasconcelos como jefe del Departamento Universitario y de Bellas Artes. Desde ahí, Vasconcelos trabajó y cabildeó para elaborar una ley que creara una Secretaría de Educación con facultades plenas en toda la República. Se fundó en 1921, con él a la cabeza, durante el gobierno de Álvaro Obregón. Los primeros dos años le dieron dinero y tuvo una actividad frenética. Apoyó la educación popular y la cultura, creó misiones rurales. Fundó el departamento de asuntos indígenas del cual dijo que desaparecería en cuanto los indígenas se volvieran mexicanos. A lo largo de las décadas, la Secretaría de Educación fue central para el desarrollo educativo del país y concentró cada vez más poder.

La educación ha tenido sobresaltos debido al conflicto entre el Estado y la Iglesia católica, la mayor parte de las veces soterrado y otras abierto, escandaloso, sangriento como durante la guerra cristera y la época de la educación socialista en la década de los años 30. El primer párrafo del artículo tercero de 1934 decía:

“La educación que imparta el Estado será socialista, y además de excluir toda doctrina religiosa combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y de la vida social”. El socialismo resultó un poco extraño en México y, desde luego, no se puede tener un concepto exacto del universo y de la vida.

Jaime Torres Bodet, secretario de Educación nombrado en 1940 por Manuel Ávila Camacho (primer presidente que se declaró católico creyente), se dio a la tarea de redactar un nuevo texto constitucional que calmó algo los ánimos extremistas de derecha e izquierda. Con modificaciones no ideológicas sigue el artículo tercero hasta el día de hoy. En 1982 la secundaria se hizo obligatoria y se desconcentró la educación básica y normal hacia los estados.

Ahora tenemos un secretario de Educación federal y 32 secretarios estatales. Comienzan a ponerse de acuerdo y cada uno, con timidez, a actuar con independencia. ¿Iremos bien?

rogerdc@prodigy.net.mx

Investigador de la UNAM

¡Comparte la nota!