A tiempo

Ramón Cota Meza

El décimo aniversario de la muerte de Octavio Paz coincide con un brote de ansiedad pública causado por el recrudecimiento de atavismos en la política, el deporte y otras áreas de la vida mexicana. El hecho de que nos estemos haciendo preguntas que un escritor tan prominente como Paz encaró hace casi 60 años es quizá el mejor homenaje a su obra, pues nos introduce de lleno a su crítica moral, desde El laberinto de la soledad (1949) hasta sus decisivas intervenciones en los 90.
La crítica moral de Paz ha sido enjuiciada con malas razones, como si pretendiera destilar la “esencia” de lo mexicano, lo que nunca fue su propósito, por más intercambio que tuviera con el ambiente intelectual de la época, proclive a la meditación ontológica. En todo caso, Paz quiere arrancar cualquier máscara mexicana, poniéndonos frente a nuestros contemporáneos en el mundo para convencernos de que no tenemos una singularidad de la cual alardear o lamentarnos.

Mejor dicho: casi todo lo que creemos singular debe ser superado, empezando por nombrar y criticar semejante pretensión. Esta idea traza una línea coherente entre la inmersión de Paz en ciertas manifestaciones del alma mexicana (El laberinto…) y su abierta proclama por la democracia en Postdata, 1969. Su “Crítica de la pirámide” puede leerse como brújula de la transición política mexicana. Pero Paz no se engañaba:

“A los mexicanos nos hace falta (…) conocer y reconocer los límites de cada uno (…) De ahí que la reforma política sea inseparable de la reforma intelectual y moral. Esto únicamente puede realizarse por una acción interior e interpersonal: una enmienda, una conversión. Por esto me atrevo a decir que la reforma moral es, o debería ser, la tarea de la nueva generación intelectual” (“Remache: burocracia y democracia en México”, 1986).

A propósito de este asunto, Jacobo Zabludowsky recordó la semana pasada una oportuna cita de Paz: “El sistema comunista fracasó (…) por sus contradicciones internas. No era viable y además había sido criminal. La izquierda mexicana debería haber hecho un análisis —un verdadero examen de conciencia— acerca de las causas del derrumbe del sistema. No lo ha hecho y por eso necesita chivos expiatorios”. Diríase: provoca escándalos para esconder su miseria.

Estirando esta idea, la atroz conducta de la izquierda describiría una lógica: lógica del resentimiento nacido de la orfandad ideológica por el derrumbe de su esquema de inserción en el mundo. ¿Autocrítica? Primero muertos; mejor hacerse el disimulado que mostrarse débil ante el contrario, inmolarse antes que rectificar. Ante la toma del Congreso por el FAP-PRD, uno pregunta: ¿no es esta la misma lógica sacrificial que condujo al callejón sin salida del 2 de octubre?

¿Qué diría Paz de esta mixtura mexicana de la opereta del coronel Tejero en el parlamento español y el incendio del Reichstag por las huestes de Hitler? El perturbador delirio de la izquierda mexicana proviene de vivir bajo simulación, lo que refocila su añejo resentimiento, exacerbando así un conflicto moral duro de encarar, de ahí su inclinación a hundirse con todos antes que rectificar mediante un riguroso examen de conciencia y la humildad del caso.

Estamos ante un caso de infantilismo político tan severo que parece perverso. De repente nos visita el déjà vu del movimiento de 1968, según se presentía la desgracia conforme se acercaba la inauguración de los Juegos Olímpicos. Punto de partida presentó hace poco testimonios de líderes del movimiento que confirman haber realizado actos de provocación y de cerrarse a dialogar con el gobierno.

Estas son las mismas voces con las que Paz condescendió en Postdata. Su confesión ratifica la crítica posterior de Paz a la izquierda.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político

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