“Adam Smith y el rol de la política durante las pandemias” /Oswaldo Chacón R.

Desastres naturales o pandemias como la del Covid 19 suelen evidenciar la fragilidad de la vida humana, y despertar la atención de los intelectuales. Ya sabemos que el famoso terremoto ocurrido en Lisboa en 1755, puso a los desastres naturales en el centro del cosmos intelectual de fines del siglo XVIII, principalmente en los trabajos de Voltaire, Rousseau o Kant. Sin embargo, existió un evento previo al terremoto, que ya había dejado a la vista ciertas fisuras que hacían de la ley natural un artilugio del caos. Me refiero al “Gran Incendio de Londres” de 1666 (Great Fire of London), incidente de enorme magnitud que motivó que años después, Adam Smith, el padre del pensamiento del libre mercado, manifestara su punto de vista acerca de la relación entre humanidad y naturaleza.
El “Gran Incendio” tuvo lugar la primer semana de septiembre de 1666, justo cuando los londinenses apenas salían de la tragedia de la peste bubónica. Se dice que todo inició porque un panadero llamado Thomas Farriner olvidó apagar correctamente uno de sus hornos. Cuando el fuego se extendió por todo el local, la familia de Farriner se salvó saltando a una de las casas colindantes, no así una de las personas que laboraban en la casa, que fue la primera víctima de un incendio que destruyó 13.200 casas, 87 iglesias parroquiales, el ayuntamiento de Londres, la Catedral de San Pablo y, en suma, los últimos resquicios medievales aún presentes de lo que estaba por convertirse en la mayor urbe del mundo. La ciudad de Londres quedó inutilizable en unos cuatro quintos de su territorio, lo cual hizo que algunos pensaran que era su fin definitivo.
Samuel Pepys, entonces funcionario político y almirante, planteó que se derribaran los edificios que se encontraban en la trayectoria del fuego para detenerlo y salvar las zonas aledañas. Se trataba de un método para contener las llamas, que ya había sido aplicado en tiempos de la Antigua Roma, y que consistía en realizar cortafuegos demoliendo algunas casas o edificios para obstruir el paso del fuego, puesto que lanzar cubos de agua sin ello resultaba insuficiente y una pérdida de tiempo. La aplicación de esta estrategia funcionó, al grado que el triunfo contra el cataclismo se dió gracias a la confección de éstos cortafuegos, conformados a través de la demolición de construcciones que se encontraban en sitios estratégicos.
Sin embargo, las autoridades tardaron mucho tiempo en aceptar la propuesta y en implementarla, lo que provocó que los desastres fueran mayores y de gran magnitud. En particular el alcalde de la ciudad, Sir Thomas Bloodworth demoró en tomar la decisión, porque al principio minimizaba los hechos, incluso se burlaba de las propuestas drásticas, al grado que entre leyenda y realidad se le achaca la frase: «¡Psh! Una mujer podría orinar encima y sería suficiente». Su letanía para autorizar las demoliciones hizo que la situación se alargara durante tres días y cada vez más barrios se vieran implicados por aquella tormenta de fuego. Su falta de decisión, propició que las demoliciones fueran mas lentas que el fuego, lo que agravó la situación y los daños. Bloodworth quedó como un incompetente y villano para la historia, y es lo que deben entender nuestros líderes políticos en esta coyuntura, que ante la magnitud de la desgracia, la oportunidad y eficacia con la que actúen los ubicará en el juicio de la historia.
El argumento de la autoridad para retrasar la decisión, fue porque ésta implicaba destruir propiedades privadas, con lo cual no fue sino hasta la llegada de una prescripción directa del Rey que comenzaron las obras de contención. Éste es el punto que llama la atención de Adam Smith, pues contrariamente a lo que pudiera pensarse, considera que en éste caso (u en otros parecidos donde está en riesgo la salud, la seguridad o la vida de las personas) el Estado debe intervenir e imponerse al derecho natural de propiedad. Si, aunque suene extraño o contradictorio, el economista liberal escocés justificaba la destruccion de viviendas particulares, aun cuando ello fuera en contra de la libertad natural de las personas, siempre y cuando se trate de situaciones de emergencia. Es decir, reconocía que en situaciones de riesgo colectivo, no hay mano invisible que funcione sin regulación visible, pública y humana.
Esta idea ha sido abordada recientemente en varios trabajos que buscan recuperar y contextualizar la obra de Smith con el fin de, entre otras cosas, distanciarlo de la etiqueta excluisvamente neoliberal. Dentro de esos intentos, tal vez el más logrado ha sido el de David Casassas (La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith. Barcelona, Montesinos, 2010), en el que el autor da cuenta justamente del rol de la política frente a las catástrofes naturales en la obra de Smith. El fundamento de dicha afirmacion, es el análisis que el autor lleva a cabo de la primera frase de la célebre “Teoría de los Sentimientos Morales” de Adam Smith, de donde deduce que para el economista escocés, la política debe intervenir sobre la economía en situaciones de emergencia que nos afectan a todos. Que el Estado debe imponerse y realizar acciones en caso de desastres de grandes magnitudes que ponen en riesgo la salud y la vida de las personas (como en pandemias de grandes dimensiones como la que enfrentamos), y no dejar al libre mercado la atencion de la emergencia. Que las contingencias naturales, deben ser superadas políticamente para lograr mantener viva a la sociedad:
“Habrá quien sostenga que impedir que un particular reciba en pago los billetes de un Banco, por una suma grande o pequeña, cuando no tiene inconveniente en aceptarlos, o prohibir a un banquero que los emita cuando los demás no tienen inconveniente en recibirlos, es un atentado contra la libertad natural, que la ley viene obligada a proteger y no a violar. Estas reglamentaciones pueden considerarse indiscutiblemente como contrarias a la libertad natural. Pero el ejercicio de esta libertad por un contado número de personas, que puede amenazar la seguridad de la sociedad entera, puede y debe restringirse por la ley de cualquier Gobierno, desde el más libre hasta el más despótico. La obligación de construir muros para impedir la propagación de los incendios es una violación de la libertad natural, exactamente de la misma naturaleza que las regulaciones en el comercio bancario de que acabamos de hacer mención.” (Ibidem. Madrid: Alianza Editorial, 1997, 293)
En este texto, Smith es explícito acerca del inmenso valor de las soluciones políticas cuando nos enfrentamos a peligros generalizados a la salud y a la vida: “Las epidemias, incendios, inundaciones, etc., pueden poner en peligro las vidas y las propiedades tanto como los asesinos y los ladrones. Un Estado que tome como principio director la conservación de los derechos naturales violaría su principio si permaneciera pasivo ante estas fuerzas de naturaleza”. Muy en sintonía con lo planteado por los propios teóricos de la escuela utilitarista, para quienes los derechos naturales extraen su valor únicamente de su tendencia a promover la felicidad de la comunidad, pero que son concientes que pueden presentarse casos excepcionales en que ésta misma felicidad requiera excepciones. Como dice Hume: “¿Se opondría alguien, en circunstancias excepcionales, a transgredir la propiedad privada de los individuos y a sacrificar, a fin de asegurar el interés público, una distinción que no se ha hecho más que para promover ese interés?”
El coronavirus es un incendio sumamente letal en este momento, y de acuerdo a la propuesta teórica de Adam Smith, el Estado debe actuar para garantizar la salud y la vida de las personas pues, de hecho, desde la perspectiva libertaria es la única razón de su existencia, para decirlo en términos de Locke (El Estado mínimo o policía). Desde ésta perspectiva, el Estado debe evitar a toda costa que las reglas del mercado se impongan durante la emergencia, pues ello propiciaría mayores desigualdades sociales. Una politica basada en el respeto al libre mercado en tiempos de amenaza de las fuerzas nocivas de la naturaleza puede implicar que solo se beneficien los que más dinero tienen, perjudicando a la mayoría de pobres. En casos extraordinarios, la inequidad social extrema puede recrudecerse ante la falta de intervención estatal, por ello Smith admite que la concentración de libertad natural en manos de unos pocos –normalmente, los más ricos– en tiempos de emergencia para nuestra vida y salud, (incluso de “libertad natural”), amenaza a la sociedad en su conjunto, sin excepción de aquellos que tienen la posibilidad de usar al máximo (o abusar) de las libertades.
Para Adam Smith, hace falta que haya un Estado alerta, que pueda crear cortafuegos cuando los incendios (pandemias) amenacen con la vida de la sociedad. En esas circunstancias, debe ponerse límites al capitalismo, como diría hace unas semanas el diputado socialdemócrata Karl Lauterbach, ante la posibilidad de que Trump comprara la exclusividad de una vacuna a una empresa alemana: “la lucha contra el Coronavirus es una tarea humana y no una razón para el egoísmo…la administración y los propietarios de la empresa deben ser conscientes de su responsabilidad,de que se trata de algo más que de dinero”. Durante el “Gran Incendio de Londres”, el oportunismo capitalista no se hizo esperar. Los seguros contra incendios se desarrollaron como compañías “aventureras” que aseguraron su subsistencia a través de la formación de los cuerpos privados de bomberos. Las brigadas eran presentadas a los ciudadanos como grandes salvadoras (sus primeras acciones fueron en espacios no asegurados, como medio publicitario), mientras ayudaban a formular las primeras estadísticas sobre causas y modalidades de combate de los incendios. Sin embargo, tiempo después, las casas aseguradas eran distinguidas con marcas que indicaban a las cuadrillas a quiénes salvar y así lograron que los seguros fueron contratados por un tercio de los moradores londinenses. Todo ello, a pesar de que como ya se dijo, la verdadera causa del fin del incendio no fue el agua sino los cortafuegos. Éste dilema puede presentrase en la actual emergencia si lejor de intervenir, el Estado permite que el mercado se imponga en el acceso a las pruebas, a las instituciones de salud y, posteriormente, a las vacunas. No se puede anteponer el mercado a la vida y seguridad de todos. No se puede descobijar a los que tienen menos recursos y dejar que la atención médica y la cura se comercialice durante la crisis.
La intervencion económica del Estado es fundamental mientras dure la emergencia de la pandemia. La construcción de cortafuegos que impidan que la libertad de unos pocos se imponga sobre la mayoría y ahonde la desigualdad socioeconómica. Los Estados del mundo están interviniendo con este propósito, y ello está plenamente justificado, otra cosa es la discusión respecto al tipo de intervención que se requiere. En México, el gobierno federal está interveniendo privilegiando el destino de recursos a los más necesitados a través de mantener sus programas asistenciales y otorgar micro creditos, política que sus opositores han cuestionado por considerarla insuficiente y demandan inyectar recursos a medianas empresas y el aplazamiento o condonación de impuestos. Sólo el tiempo dirá qué propuesta era la adecuada, pero lo que nadie debe discutir es la preponderancia del papel del Estado en esta coyuntura, asunto que no es menor en un mundo en el que hay más brigadas de bomberos privados que cortafuegos, por lo que la lectura de Adam Smith debe ser de alguna utilidad. Y por supuesto que la intervención estatal no será suficiente, la emergencia demanda una participación colectiva. Requiere que antepongamos cierto “republicanismo” o esfuerzo mancomunado, en contra de la idea que hasta ahora ha triunfado y que sostiene que la mejor solución para los problemas colectivos es la fragmentaria y personal. Y debemos hacerlo ya, porque el incendio ya está a la vista; la pandemia avanza.

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