Sara Sefchovich
Hace algunas semanas, el periodista Sergio Sarmiento escribió: “La confianza en el primer mandatario ha registrado en las últimas semanas una caída estrepitosa”.
Otra empresa encuestadora ha afirmado algo parecido: que los diputados y senadores, sindicatos y partidos políticos y la policía no cuentan con la confianza de los ciudadanos y asegura que respecto al Presidente de la República apenas uno de cada cinco considera real lo que informa y 65% lo considera poco real. Juan Enríquez Cabot llega a afirmar que el Presidente se ha ido quedando “solo, solito” y que ya no manda a nadie, y pone como ejemplo que apenas gritó su “asustado y desesperado” ¡Ya basta! y al día siguiente aparecieron 36 nuevos cadáveres como respuesta.
Sin embargo, otro periodista, Ciro Gómez Leyva escribió por esas mismas fechas exactamente lo contrario: que el ¡Ya basta! presidencial “fue una arenga que no quedó en el vacío. Conmovió. Promovió adhesiones”. Según él, hasta los priístas dijeron que “en este combate no se puede regatear apoyo al Presidente”, lo cual le permitió concluir que “Calderón tiene el apoyo político y, me dicen por ciertas encuestas, también el ciudadano”.
Varios lectores coinciden con la visión de Gómez Leyva y afirman que “no se debe culpar al Poder Ejecutivo cuando el Congreso no ha promulgado una sola ley que le dé herramientas al Estado para luchar” y que “este gobierno sí ha hecho mucho en ese rubro”.
¿A quién le creemos?
Los que hablan de la caída de la confianza lo atribuyen a razones como la inseguridad, la violencia, la fracasada lucha contra en narco, la falta de apoyo de los gobernadores y hasta la falta de compromiso de los norteamericanos.
Los que aseguran que el Presidente sí tiene apoyo, lo atribuyen a las mismas razones, sólo que en positivo, diciendo que se han logrado importantes éxitos en esos terrenos.
Como ciudadana lo que veo son grandes mentiras. De otra forma no se puede explicar que, aunque se basan en lo mismo, cada cual dice otra cosa y la da por verdad.
Por ejemplo, unos y otros dicen que basan sus afirmaciones en encuestas, “convirtiendo en verdad los veredictos de los sondeos”, como decía Milan Kundera, con todo y que las hay que dan resultados muy diferentes.
Pero es que sabemos que, como afirmó Guillermo Sunkel, estos instrumentos no son todo lo neutrales que se supone que son, sino que en sus criterios, métodos y puestas en práctica son manipulados para darles usos políticos. O dicho de otro modo, que se podrán usar todas las técnicas modernas y pretendidamente científicas que se quiera, pero eso no cambia viejas prácticas políticas.
O por ejemplo, unos y otros basan sus afirmaciones en los discursos de los funcionarios, pero les dan significados diferentes según la propia manera de pensar. Cuando el secretario de Seguridad Pública y el procurador aseguran que están ganando la lucha contra el narco y argumentan que la señal de ello es precisamente que haya tantos muertos porque eso significa que se lo ha debilitado, encuentran a quien les cree, como un lector que me escribe “la violencia es una reacción desesperada del narco”, pero también hay quien se pregunta, como Enríquez Cabot, “si esto es debilidad, ¿qué pasaría si estuvieran fuertes?”.
Y lo mismo sucede respecto a otros temas que hoy conforman el debate nacional: cada quien dice otra cosa sobre la energía, el petróleo, la educación, la lucha contra la pobreza, los conflictos sociales. ¡Hasta entienden de manera distinta palabras como privatizar, futuro, éxito!
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
