A ESTRIBOR /Juan Carlos Cal y Mayor /EL CIRCO

Roma no cayó cuando entraron los bárbaros. Roma ya estaba caída cuando los bárbaros solo tuvieron que empujar la puerta. Antes del saqueo vino el circo. Antes del incendio, el aplauso. Antes del derrumbe, la multitud exigiendo sangre para distraerse del vacío.

Juan Antonio Cavestany lo entendió con lucidez incómoda en El circo romano. No escribió un poema histórico: escribió una advertencia. El circo no era un edificio ni un espectáculo; era una forma de gobierno y una forma de alma. Pan para callar el hambre. Sangre para excitar la masa. Ruido para no pensar.

EL POPULISMO COMO ESPECTÁCULO

América Latina vive hoy su propio circo. No de mármol ni de arena, sino de plazas públicas, conferencias mañaneras, cadenas nacionales y redes sociales convertidas en coliseo. El populismo no gobierna: entretiene. No resuelve: señala enemigos. No construye instituciones: construye relatos.

Al pueblo no se le ofrece progreso, sino culpables. No se le pide esfuerzo, sino aplauso. Se le dice que es bueno, que es puro, que es víctima… y que otros —los técnicos, los empresarios, los jueces, la prensa, la clase media— son los villanos a los que hay que arrojar a las fieras.

El populismo necesita masas, no ciudadanos. Emoción, no razón. Grito, no argumento. Como en Roma, el gobernante que domina el circo no teme al pueblo: lo administra.

LA DECADENCIA DISFRAZADA DE JUSTICIA

Pero el circo latinoamericano no está aislado. Forma parte de un fenómeno mayor: el progresismo occidental, que ha decidido demoler los pilares de su propia civilización mientras se proclama moralmente superior.

En nombre del progreso se destruye la familia. En nombre de los derechos se vacía el deber. En nombre de la inclusión se cancela la disidencia.

El progresismo no busca elevar al individuo; busca reeducarlo. No quiere una sociedad libre, sino una sociedad dócil. Cambia la verdad por el relato, la historia por la consigna, la cultura por la propaganda.

Y cuando alguien se resiste, no debate: lincha. El circo moderno no pide sangre física, pero exige reputaciones, trayectorias, silencios forzados. El pulgar hacia abajo sigue existiendo, solo que ahora se ejerce desde una turba digital.

CUANDO LA CIVILIZACIÓN SE AVERGÜENZA DE SÍ MISMA

Occidente atraviesa su momento más peligroso no por debilidad militar, sino por autoodio cultural. Ha comenzado a avergonzarse de sus raíces, de su herencia cristiana, de su idea de dignidad humana, de su noción de verdad objetiva.

Y una civilización que se desprecia a sí misma no necesita enemigos externos. Se descompone desde dentro, como Roma, entre aplausos. Cavestany lo advirtió: cuando la multitud celebra la degradación como entretenimiento, la caída ya no es una posibilidad futura, es un hecho consumado. El circo no es el síntoma final: es el último refugio antes del derrumbe.

Hoy el circo continúa. En Latinoamérica, con populismo. En Occidente, con progresismo. Distintos disfraces, la misma decadencia. La pregunta no es si caeremos. La pregunta es si todavía queda alguien dispuesto a abandonar la grada y apagar el espectáculo.

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