Macario Schettino
En unos días, menos de dos semanas, se cumplirán 10 años del cambio más profundo de la política nacional. El 1 de septiembre de 1997 se instaló una Cámara de Diputados sin mayoría del PRI, es decir del gobierno, por primera vez en el siglo. Se trata del punto culminante del proceso de transformación política que inició a mediados de los 80, del momento que podemos calificar de fin de régimen.
Hasta 1988, no había habido un senador que no fuese priísta. En 1989 llegó el primer gobernador de oposición. Desde mediados de esa década el corporativismo se derrumbaba. A inicios de los 90 la Suprema Corte recupera su autonomía, lo mismo que el Banco de México. En 1997, el régimen de la Revolución deja de existir, sin que tuviésemos piezas de repuesto.
Estos 10 años muestran una simetría interesante. En 1997, el partido del gobierno tiene la primera minoría, mientras que el PRD era la segunda fuerza; el Presidente de entonces solía ser subestimado; la reforma más importante lograda en ese año fue el cambio de régimen de pensiones en el IMSS. Hoy, el partido de gobierno tiene la primera minoría, mientras que el PRD es la segunda fuerza; el presidente Calderón es comúnmente subestimado por sus adversarios, y la reforma que se ha logrado en esta Legislatura es el cambio de régimen de pensiones, en el ISSSTE. En 1997, el presidente del PAN era Felipe Calderón, y el del PRD era Andrés Manuel López Obrador. Hoy uno es Presidente de la República, y el otro es el “legítimo”.
Pero más allá de estas coincidencias, han pasado 10 años en que México se ha estancado. El proceso de cambio de reglas que inició a mediados de los 80 prácticamente se detuvo con la crisis de 1995, y nos convertimos, una vez más, en una promesa fracasada. El primer país en incorporarse decididamente a la globalización, el primero en lograr acuerdos comerciales importantes, el más prometedor de América Latina a inicios de los 90 es hoy una nación con una década de rezago, con fundamentos económicos razonables, pero sin mayores avances en competitividad.
Diez años en que la miserable visión de la clase política no ha podido elevarse unos milímetros más allá de su ombligo. El triunfo de Vicente Fox en 2000, un paso más en el proceso de transformación, se diluyó pocos meses después, cuando no se tuvo la capacidad para sacar adelante el proyecto del nuevo aeropuerto. El 6 de junio de 2002 lo llamamos, aquí mismo, el sexenio corto, de apenas 18 meses. El resto de esa administración fue poco más que actuación para las galerías y, en combinación con el jefe de Gobierno del DF, de deterioro de la política.
A 10 años de ese gran momento en que lográbamos dejar atrás un régimen político sin violencia, no sólo no hemos podido seguir avanzando, sino que, en muchos sentidos, hemos retrocedido. La polarización que no existió al final del régimen de la Revolución la tenemos hoy; la violencia que entonces evitamos, hoy se alimenta en cada acercamiento del Ejecutivo al Legislativo. La reacción visceral que entonces esperábamos de quienes “llegaron por las armas y sólo por ellas se irían”, viene de quienes habían sido desplazados antes, precisamente a mediados de los 80.
La clase política no está entendiendo lo que ocurre, y por lo mismo no puede reaccionar correctamente. Unos creen que sólo ganando la Presidencia podrán cambiar las cosas. Ya no será así, porque ese tiempo ya pasó. Su apuesta está derrotada de inicio, y mientras más la crezcan, mayores serán sus pérdidas. Otros creen que tienen tiempo para administrar su apoyo, que pueden posponer los cambios lo suficiente como para cosechar. No han entendido el tamaño del problema, y la velocidad del cambio social.
No debería sorprendernos. El régimen de la Revolución era premoderno, colonial, y sería impensable que quienes en él se desarrollaron pudieran pensar de otra manera. Ahí siguen, y seguirán, apelando a la legitimidad revolucionaria, desde su nombre mismo, en un mundo ya muy lejano de esos mitos. Y no entienden que, al hacerlo, entregan la plaza a esa “reacción” que ellos mismos inventaron.
Diez años perdidos ya, y una generación entera por perderse, por la fuerza del mito revolucionario.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
