Tubo de ensayo

*Otro mi trago

René Delios

No me deja de extrañar el cómo Rodrigo Núñez de León, en breve texto publicado ayer en Expreso Chiapas, reconoce la valía de colocar con letras de oro el nombre de Jaime Sabines Gutiérrez, en el Congreso del Estado.
Sabines colocó la palabra chiapaneca en el concierto del mundo; estoy de acuerdo con Rodrigo Núñez, cuando señala que también lo hizo Rosario, a la que debemos “raspar de la lámpara” y colocarla igual, en ese recinto legislativo que ya –de hecho- la honra con la medalla al mérito que lleva su nombre, y que han recibido Carlos Monsivaís y Noquis Cancino.
Lo que quiero decir es que en Chiapas desde el legislativo que es el poder popular, se honra a sus poetas e intelectuales, en el entendido de que en ese tipo de poderes políticos se honra solo a héroes –en una visión anquilosada, como si estuviéramos de siempre bajo el manto de las guerras-, por eso en otro tiempo no se colocó nombre de celebres creadores chiapanecos en el Teatro de la Ciudad, salvo los que han ganado el Premio Chiapas.
Y es que no es costumbre entre políticos hacerlo, especialmente en esa vieja guardia que los detestó porque en su momento, los intelectuales criticaban con certeza inaudita al “sistema político” mexicano, Sabines entre ellos, cuando anota la visión de un político –todos en uno, claro- “con el pueblo me limpió el culo”, y si me dejan, también desde el exterior llegaban las definiciones contundentes contra el stablismenth priista: “la dictadura perfecta” dicha por Vargas Llosa, y que le reviró las tripas al dinosaurio tricolor.
No, los políticos no son muy dados a honrar a los intelectuales. Entendemos por eso que hay entidades en las que ni se preocupan por éstos, cuando sus personajes políticos son mayúsculos en la historia patria o política del país, aun los nombres de sus intelectuales sean demasiado pesados como para ignorarlos, como son los casos de José Vasconcelos en Oaxaca, Salvador Díaz Mirón en Veracruz o José Gorostiza en Tabasco, que no pasan de nombre de escuelas o avenidas pues los bulevares -¿Lo recuerda?-, se reservaron por años para don Fidel Velásquez Sánchez, el dirigente hasta morir, de la Confederación de Trabajadores de México.
Pero algo se avanza en las entidades, en dónde el asunto es más íntimo y por lo tanto, más obligado.
¿Pero es así en la federación?
Tambien lo es: en las cámaras de la unión –la de diputados y la de senadores, oscuras, grises, miopes a los sentimientos de esta policroma e inmensa la nación-, ni se ocupan en honrar a nuestros intelectuales contemporáneos, pese a que sean los que expresan el pensamiento mexicano, actual, contundente.
A esos cabrones les enoja lo que dice de ellos Carlos Fuentes o Elena Poniatowska, por el peso de su voz en un libro, en una entrevista. Por eso para describir a México nuestros intelectuales necesitan unas palabras; palabras metafóricas que se mueven después de expresadas y toman forma en la idea de todos, llenas de folklor, dolor, sentimiento mexicanos.
Para describir a México los políticos se sientan en el columpio de la demagogia.
Regresando al asunto de las cámaras contrarias a la de Chiapas, recuerdan cuando la cámara federal de diputados negó la posibilidad de que el nombre de Octavio Paz fuera puesto en letras de oro en San Lázaro.
Pues era más meritorio Paz, que un buen de cabrones ahí colocados.
Algunos lo están porque a la historia mexicana la llenaron de lagunas e inflaron un buen de próceres, como Zaragoza o Francisco I. Madero, que tuvieron errores de cobardía y corrupción.
La vaina es que la Comisión de Régimen, Reglamentos y Prácticas Parlamentarias de la Cámara Federal de Diputados rechazó incluir en el Muro de Honor de la Asamblea con letras de oro a Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1990, porque no corresponde al “perfil heroico” de los personajes que allí aparecen y “no colaboró en la construcción del Estado mexicano”. La iniciativa fue presentada en 2006 por dos parlamentarios del oficialista Partido Acción Nacional.
Como sabemos, en el texto entregado en 1988 al diario La Jornada, “El rompimiento del arca de la alianza”, Paz expone ahí el porqué del descalabro priista, y a la vez, el riesgo de una tendencia de izquierda pulverizada.
Paz no reconoció el triunfo limpio de Salinas, y se le odio por eso, pero había cuestionado durante ese proceso electoral, la política excesivamente populista de Cárdenas, por lo que también se le odio; ni priistas y ni perredistas vislumbraron lo apuntado por paz en su discurso por la Libertad en Alemania: “la democracia mexicana llegara desde provincia”.
Obvio es que los diputados –de cuyo nombre no quiero acordarme- del PAN en ese momento plantearon la inclusión en letras de oro, a sabiendas de que iban a rechazar la moción, pues Paz no fue del agrado ni de priistas y ni de perredistas cuya mayoría fue la que opinó en contrario.
Yo me quedo con esto: cuál fue la contribución a la forja de la patria de Sor Juana Inés de la Cruz, ya que la «Décima Musa» escribía allá en el siglo XVII, cuando la idea de un Estado mexicano apenas si podía caber en la mente de algún visionario. Otro tanto sucede con figuras precolombinas, como Cuauhtémoc o Nezahualcóyotl que están ahí, en letras de oro.
Qué bueno que en el estado de Chiapas hay otra visión –y me refiero a Juan Sabines Guerrero, el gobernador- en torno a las aportaciones de los intelectuales a la formación de un estado; Jaime Sabines Gutiérrez es un poeta universal, cuya palabra se extiende a todos los idiomas, y ello ya lo hace parte del mundo.
Qué bueno que en Chiapas no hay una mentalidad cuadrada ante el pensamiento libertario y la creatividad, pero sobre todo que pondera la necesidad de resaltar todas esas expresiones, sean políticas o culturales, y en esto la voz de Jaime Sabines vibrará y seguirá creciendo sola en la literatura mexicana de los tiempos venideros, y eso lo ha sabido de cierto –no lo supone-, su sobrino.

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¡Larráinzar; cumplimiento y paz!

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