TUBO DE ENSAYO

* Mitra alta

René Delios

Los ministros de culto no quieren participar en política, dicen, sino “solamente modificar” el artículo 24 constitucional para contar con más libertad.
Carlos Salinas de Gortari -lo recuerdan- permitió lo inconcebible en política hasta ese momento. Reformó la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, por medio de cuyos cambios, los sacerdotes pudieron elegir a sus gobernantes. Acto inaudito bajo los preceptos juaristas. Más tarde, fue el primero -y único a la fecha- Presidente de la modernidad en entrar con su cargo público por delante, a una Iglesia, y sentarse a escuchar la misa en tributo al cardenal Posadas Ocampo.

Pero ello no era tanto obra de la apertura como del proyecto salinista de ubicar a México en el primer mundo: nuestra inclusión en la OCDE, la Primera Miss Universo y el premio Nobel tan demorado a Octavio Paz, también formaron parte del paquete. Hoy, nuevamente los obispos piden cambios para participar más activamente en su entorno no limitado al ámbito eclesiástico.

El presidente de la Conferencia del Episcopado, Carlos Navarrete -que nada tiene que ver con el perredista-, dijo que lo fundamental en los cambios que piden, es que haya respeto absoluto a la libertad de todo ciudadano y que ninguno sea excluido: “que por causas de religión a nadie se le excluya ni se le condicione su libertad de expresión”. Es decir, lo que se busca es que haya total apertura en la totalidad de los temas. Algo delicado si se toman en cuenta no sólo las normas constitucionales, sino las propias delimitaciones de la Iglesia.

Fue la figura histórica de Cristo quien delimitó lo que sería el comportamiento posterior de su Iglesia: dad al César lo que es del César. Se refería al pago de impuestos, pero implicaba una clara división de “reinos”. La propia jerarquía de la Iglesia católica es la más preocupada por la forma en que podrían evolucionar las aperturas en otros ámbitos. No en balde las solicitudes de más libertad provienen de un discurso un poco ambiguo, que no deja en claro para qué servirían las reformas.

Habrá que preguntar con los que saben hasta qué grado Felipe Calderón podría convertirse en el segundo presidente reformista de la modernidad, aunque esta vez el proyecto estaría un poco por debajo de los intereses partidistas de la derecha en el poder.

La forma en la que la Iglesia católica va perdiendo feligreses, a manos principalmente de los testigos de Jehová, que cada media hora suman un adepto a su Iglesia, no es un buen motivo para procurar foros abiertos de opinión. El púlpito no se hizo para discursos políticos, como tampoco le está bien visto a un político hablar de religión en sus templetes. Incluso, el hecho de poder hablar en libertad sobre temas políticos, no garantizaría que hubiera mayor receptabilidad del discurso en las iglesias. Quizás el resultado sería contrario. Como ciudadanos, los ministros de culto no tienen prohibiciones en sus libertades. Como prelados, no es sólo la Constitución la que limita sus facultades, sino el derecho canónigo y la historia misma que no permite partir de cero en un debate sobre derechos humanos fundamentales.

Digo.

No es que estemos aún muy lejos de esa apertura sino más bien, es que en México ya pasamos por los excesos que nos enseñaron la conveniencia de mantener apartados el ámbito político y el religioso, por obvias razones.

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¡Larráinzar; cumplimiento y paz!

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