Sara Sefchovic
En reiteradas ocasiones me he preguntado en este espacio, ¿qué pasa con México? ¿Por qué sucede una y otra vez que cuando parece que ya estamos en el umbral de un cambio realmente significativo no podemos cruzarlo?
Como saben los amables lectores que me siguen, he buscado y sigo buscando la respuesta en las explicaciones más diversas: culturales, geográficas, históricas, estructurales, del lugar que ocupamos en el “sistema mundo”, etc. Me detengo hoy en las sicológicas.
Según Raymundo Lazo, quienes llegaron a conquistar estas tierras traían consigo un “exacerbado y puntilloso complejo de genérica superioridad europea”. Y como además no les gustó lo que aquí encontraron, pues simplemente lo descalificaron: “Todo lo americano fue sometido a un proceso de desvalorización implacable”, afirma Enrique Florescano.
Pasadas las guerras y vencidos los indios, se construyó un sistema social y mental según el cual estos eran seres inferiores, destinados a obedecer, callar y trabajar. Por eso Sahagún habló de ellos como “tan atropellados y destruidos”, “tan sometidos y atemorizados”. Y en un libro muy leído en el siglo XVI, Juan de la Puente escribió: “Influye el cielo de la América, inconstancia, lascivia y mentira, vicios propios de los indios”.
Ese modo de pensar no se acabó con el fin de la Colonia, sino que continuó en el siglo XIX. A los indios se los consideró “gente insuficiente en calidad”, “raza degenerada”, “envilecida”, “origen de todos los males”, “lastre”, “obstáculo para la civilización”. En pleno porfiriato, José López Portillo y Rojas, uno de los “científicos” del régimen, escribió: “No tienen exigencias ni goces aparte de los meramente animales”.
La necesidad ha engendrado el progreso, donde no hay necesidades no hay estímulo, ni mejoramiento, ni vida civilizada. Saldrán de la abyección en que vegetan el día en que aspiren a comer bien, a vestir decentemente y a procurarse comodidades”.
Por eso la centuria está atravesada de propuestas y esfuerzos por traer extranjeros “de tez pálida y raza rubia”, para que se mezclaran con los naturales y los mejorarán en sus cualidades físicas y sobre todo, según decían, en sus cualidades morales.
Para librarse de lo indio, los pensadores prefirieron afirmar que la esencia de la mexicanidad estaba en el mestizo. Pero tampoco eso fue bien visto porque esa mezcla reunía lo peor de los dos lados que la componían. José Revueltas habla de “la sangre mestiza envenenada” y alguien afirma que “la presencia y herencia en nosotros del indio y del español, con todos sus defectos, son la causa de que seamos feos, pobres, miserables, inmóviles”.
Escribe Luis González: “Los antiindigenistas hacen responsable a la raza de bronce, al indio acurrucado junto a un nopal (y) los antihispanistas opinan que nos lo trajeron los españoles”. Más de un pensador habló de las dos sangres en “perpetuo conflicto” o como decía Edmundo O´Gorman, en “forcejeo ontológico”: en una “lucha de dos tendencias, de dos posibles maneras de ser trabadas en mutuo intento de afirmarse la una en exclusión de la otra”.
En los años 30 del siglo XX, Samuel Ramos llegó a la conclusión de que como resultado de esa historia de humillación y de ese mestizaje, el mexicano era un ser con complejo de inferioridad y lleno de debilidades. Se puso de moda en esa época describirlo con vocablos como hipocresía, ambigüedad, resentimiento, inconstancia, imprevisión, pereza, fatalismo, accidentalidad, “Todo en lo mexicano es contingente, es circunstancial, arbitrario y al revés, nada es sustancial y permanente”, escribió Emilio Uranga.
Esas interpretaciones continuaron hasta muy avanzado el siglo. Si antes lo hicieron los filósofos, en los años 60 fueron los sicoanalistas que usaron sus herramientas para explicarnos las “dinámicas”, “motivaciones”, “temperamentos” y “carácter” peculiares de ese ser llamado “el mexicano”, que nunca salió bien parado en ellas.
Hoy día se supone que esas teorías están pasadas de moda y no es política ni culturalmente correcto usarlas. Y sin embargo, constantemente escuchamos afirmaciones que nos remiten a ellas. Se habla del mexicano como “improductivo”, “que no le gusta trabajar”, “no interesado en progresar”.
Un técnico serbio que dirigió la selección nacional de futbol asegura que “no tienen mentalidad ganadora” y que sus derrotas constantes se deben a ello. Y hasta el presidente Calderón dice públicamente que “deben tener una visión distinta, una visión de triunfo”.
De modo que, como se ve, la idea de que los obstáculos son sicológicos sigue viva.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
