Raúl Cremoux
Aun con el pronunciamiento que hace César Yáñez, el portavoz de López Obrador, sobre si su jefe se refirió específicamente o no a las piernas de Ruth Zavaleta, la inocultable declaración es machista y hasta misógina. Si no, hubiera reprendido severa y públicamente a su ínclito Fernández Noroña cuando de su misma compañera, Zavaleta, dijo en octubre pasado que “había entregado el cuerpo” por realizar en esa ocasión, como ahora, acciones congruentes con la representación camaral que ostenta. Y tanto López Obrador como Fernández Noroña no pueden omitir sus descalificaciones bañadas con un ácido y corrosivo sentido irónico sexual, porque eso es lo que piensan del rol que presuponen deben guardar las mujeres: no salir de casa, permanecer cargadas en la cocina, ya que de lo contrario saldrán a que las manoseen o a que las copulen. Si sucumben y lo hacen. Son despreciadas y condenadas sin miramiento. Justo el principio de la misoginia.
Esa descalificación extrema es el resultado de la elaboración costumbrista y cultural de quienes fueron formados en la represión y en la hipocresía. Pertenecen a un mundo sin matices en el que se es bueno absoluto o malo hasta la médula. De ahí que sean desleales, sospechosos, vendidos y hasta enemigos todos aquellos que no piensan como ellos. Por supuesto, son personeros de felonía aquellos políticos que hacen de la negociación la columna vertebral de su tarea. Se repite con claridad la herencia estaliniana. Ellos, los puros, se sienten rodeados y en el centro de una conspiración tras otra. Es en esta misma franja donde anida su ideología: tratan de defender los viejos valores del nacionalismo revolucionario a ultranza. En el fondo, son profundamente conservadores. Tan lo son, que están impedidos de ver las transformaciones que han tenido el país y el mundo. Desconocen la extraterritorialidad de la fuerza de trabajo e ignoran el permanente trasiego planetario que tienen los capitales. En lo económico creen que el comercio significa vulnerabilidad; es decir, quien lo hace, entrega el cuerpo y es poseído por los invasores. En lo político, el autoritarismo los lleva a exigir de sus militantes, simpatizantes y empleados el inmovilismo dogmático. Esta exigencia les impide ver el cambio permanente.
El populismo sustituye a los argumentos; se es limpio y bueno porque se dice buscar el bienestar de los pobres por mera reacción, sin medir obstáculos ni buscar las formas que hoy impone un mundo distinto y hasta opuesto al que vieron al nacer y en su primera juventud. Las mujeres, como el frijol, deben estar en bodegas, bien cerradas. La ciencia, como las innovaciones, es propia de los extranjeros, no de los nacionales. El chile verde y el petróleo representan nuestra identidad nacional. Nadie debe tocarlos.
Ahí radica nuestra soberanía. Ante otros símbolos, José Stalin, el gran padrecito, actuó exactamente igual y, al hacerlo, como ocurrió, arrasó con la vida de millones de conciudadanos que pensaban de otro modo. Fueron juzgados como traidores a la gran patria rusa.
Ruth Zavaleta en primerísimo lugar, más tarde Jesús Ortega, Carlos Navarrete y Alfonso Ramírez Cuéllar podrían ser llevados a la horca por cuestionar y matizar. Legiones de perredistas que aspiran, con otros métodos, a contribuir con un México mejor, podrían engrosar la lista de sospechosos y, por supuesto, todos los políticos de cualquier partido que acusen flexibilidad para interpretar y modular pasarían a encabezar la lista de la más repugnante traición por dejarse agarrar las piernas y hasta llegar a entregar el cuerpo.
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Escritor y periodista
