Mauricio Merino
Luego de leer la excelente en-trevista entre Raymundo Riva Palacio y Elba Esther Gordillo, publicada en las páginas de este diario el lunes pasado, me pregunto si la líder del sindicato de maestros más numeroso del mundo es realmente una de las causas del rezago educativo de México o si es, en cambio, otro síntoma de nuestras anomalías democráticas. O las dos cosas.
¿Qué pasaría si la maestra Gordillo no estuviera al frente del sindicato? ¿De veras la educación mexicana tendría mayores posibilidades de prosperar, o los esfuerzos para salir del atraso en el que estamos atrapados desde hace décadas se verían igualmente frustrados, o incluso más? Es una pregunta retórica, pues es obvio que no tiene respuesta. El hecho es que la maestra no sólo dirige esa organización clave de nuestra vida social y política, sino que promete hacerlo mientras la vida se lo permita. Lo que significa que cualquier ensayo para mejorar nuestra calidad en la educación pública debe tomar en cuenta ese dato. El sindicato de maestros no sólo es un factor real de poder, sino que su líder está perfectamente consciente de la fuerza que tiene y está dispuesta a usarlo cuantas veces sea necesario.
La entrevista sirvió para descalificar las credenciales profesionales de la secretaria de Educación Pública, Josefina Vázquez Mota, “que es ignorante de la materia”. Pero no alcanza para saber si tampoco el yerno de la maestra debe incluirse en esa categoría, o si más bien fue la fuente de información que le llevó a sacar esas conclusiones. Como sea, el mensaje no puede ser más elocuente: aunque un miembro de su familia forme parte del gabinete de Educación Pública, esa cercanía no fue suficiente para evitar que la maestra considere que los problemas educativos que enfrenta el país no se deben en absoluto a su organización sindical, sino a la dirección burocrática (así la calificó) que está al frente de la cartera en el gobierno de la República.
De paso, la maestra admite que Juan Carlos Romero Hicks no fue secretario de Educación Pública porque el sindicato lo vetó para ocupar ese puesto. También refrenda que intervino para favorecer la candidatura de Calderón, porque los demás candidatos le parecían peores, y que el sindicato debe reconocer el amor que le tiene (así dijo), entre otras razones, porque ahora el magisterio tiene el partido político que llevó al registro durante 2006. Otra prueba de amor es que cede a los maestros, con gusto, la gratitud que le debe el Presidente a ella misma por las operaciones políticas que logró orquestar el año pasado. Pero no dice una palabra sobre los cambios que habrían de darse (quizá porque el periodista no se lo preguntó), para lograr que la educación pública mexicana sea un poco mejor.
El poder inigualable que tiene Elba Esther Gordillo en sus manos y que ostenta con naturalidad es, sin embargo, el producto de una larga cadena de despropósitos. No hay duda de que la maestra ha sabido articular todos los intereses que se han puesto en su ruta, para conquistar un poder político y aun económico que solamente podría compararse con el que tuvo hace años Fidel Velázquez, el líder sempiterno de la CTM. Pero, como en ese otro caso, no todo puede atribuirse sin más a las virtudes políticas de la maestra, sino que algún mérito debe otorgarse a quienes han creído usarla para sus fines y han acabado atrapados en las redes de su influencia política. El poder que ostenta Elba Esther Gordillo es el retrato hablado de una forma de hacer política en México, que apela a la democracia pero prefiere a los grupos corporativos; que habla del ciudadano pero controla a los empleados cautivos; que postula la innovación pero gobierna con los métodos del pasado. Y en ese sentido, la maestra ha sido tan audaz como funcional a los políticos que se han atravesado por su camino. Excepto cuando no le han cumplido.
A estas alturas, ya dudo que Roberto Madrazo no hubiera podido ser el presidente de México, si en lugar de combatir a la maestra Gordillo se hubiera mantenido como su aliado. Pero no se entendieron, y la líder magisterial obtuvo el respaldo oportuno de la presidencia de Fox, con cuya esposa se dejó retratar muchas veces, mostrando con gusto que había mujeres poderosas al mando de la República, mientras repartían guías para la educación moral de los padres (aunque los hijos perdieran el tiempo). Más tarde selló su amistad política con Felipe Calderón, a quien le atrajo los votos indispensables para ganar la elección, a cambio de posiciones de autoridad burocrática para sus amigos comunes. Y ahora reclama públicamente la incapacidad profesional de su interlocutora con este gobierno. Es una historia de éxito, sin lugar a dudas, que ninguno de sus aliados podría negar sin faltar a la verdad conocida.
Por su parte, la maestra ha actuado con indudable eficacia para su gremio. Nadie podría negar que le haya traído, en efecto, salarios y prestaciones que producen la envidia del resto de los trabajadores de México. Nadie podría decir que ese segmento amplísimo de empleados gubernamentales no goza de vacaciones, créditos y ventajas laborales mucho más amplias que cualquier otro grupo pagado por el Estado, con excepción quizá de las Fuerzas Armadas. Y nadie podría desmentir que es verdad, además, que la líder les ha organizado un partido político para afirmar su representación en las cámaras y en los gobiernos locales. Desde ese otro punto de vista, es inobjetable que la maestra también ha sido eficaz.
El problema es que lo ha sido en exceso, y hoy es evidente que el sindicato se ha convertido en una de las causas más relevantes del rezago y la desigualdad que genera la educación pública en México, y que nadie sabe cómo afrontar. Y es que no sólo es imposible modificar ya las condiciones laborales ganadas, sino que además la líder de esa organización se da el lujo de dictar decisiones al gobierno de turno. En buena medida, el futuro social del país se ha vuelto rehén de la poderosa voluntad de Elba Esther Gordillo. Y por lo visto, así seguirá siendo.
Profesor investigador del CIDE
