Joel Solar Hernández
Ocosingo, Chiapas.- Con los pies destrozados, casi a punto de desfallecer, trotando por carreteras peligrosas, donde los automovilistas y camioneros, poco sensibles al fervor, pasan como rayo, virtualmente empujándolos contra el monte, el paredón o el barranco, van los marchistas guadalupanos, con su antorcha en ristre, igualmente disminuida, buscando reencender la llama de la fe entre quienes viven lejos del milagro.
De San Cristóbal a Tila, Mitzitón visita a Tila, de 5 de Mayo -Palenque- a Tila, a Ocosingo, de Tumbalá, Sitalá, Yajalón, Sabanilla, Bachajón, de cualquier parte hacia cualquier parroquia, particularmente la iglesia del cristo negro de Tila, que quien sabe porqué razón tiene particular simpatía entre los antorchistas, van y vienen las caravanas, en camiones, camionetas, coches, motos y bicicletas, marchan los guadalupanos.Algunos menos favorecidos que otros, los que van a pie, descalzos, despiertan mayor simpatía entre los espectadores, algunos transeúntes se impacientan porque hay que esperar que el carro de seguridad de paso, en ese remedo de carretera que tiene más curvas que una vedette, emiten claxonazos, rugidos de motores, maltratos y una que otra mentada, pero los marchistas-antorchistas no atienden, no entienden, no tienen ánimo de camorra, van en un trance, es pacífica su lucha por ganar almas, por favorecer con la gracia divina a la familia, a los amigos, a la etnia, a la clase.
Hombres y mujeres, indígenas y mestizos, pobres y no tan pobres, confluyen en el fervor guadalupano, van a dar gracias algunos, otros no tienen nada que agradecer, solamente se muestran dadivosos de lo que no tienen, ofrendan sus fuerzas diezmadas, los apoyan carros desvencijados que a cada tramo se quedan obstruyendo el camino, son jóvenes entusiastas que disfrutan de la risa, les provoca gracia la pobreza material, se ríen de sus propias limitaciones.
A lo largo del camino, entre Tila y San Cristóbal, incluso más allá, digamos limar o salto de agua, o quizá más allá, Macuspana y algún otro pueblo de Tabasco, se forman largas filas de espectadores, es particularmente conmovedora la solidaridad entre indígenas, los que tienen poco y lo comparten, los niños muy emocionados salen a proveer a sus hermanos de raza, de quienes sólo los distingue el traje típico, les ofrecen naranjas, mandarinas, limas, caña, platanos, que los otros guadalupanos, los marchistas, reciben conmovidos.
Esa solidaridad entre pobres, esa hermandad entre indígenas, es una verdadera bofetada con guante blanco para quienes tenemos un poco, la clase media, los pequeñoburgueses, que andamos detrás del sueldo, de la ganancia comercial y en esa prisa no nos importa arrollar a otros cristianos que tal vez, piensan y sienten diferente pero que son hijos del mismo dios, poseen la sangre de cristo.
El desprendimiento gustoso de lo poco que poseen -y que pudieran vender- de los indígenas de las zonas Norte, Selva y Altos de Chiapas y la solidaridad con sus congéneres, en estos días de fervor guadalupano, es una gran ofensa para los grandes poseedores, los grandes propietarios de bienes materiales y de comodidades, los mestizos y Caxlanes que se ofenden con estas demostraciones de hermandad cristiana.
Los días 10, 11 y 12 de Diciembre particularmente, es mejor no salir a carretera, son días de agitación social, son grandes contingentes que se movilizan, son los católicos que a pesar de la penetración constante y persistente del protestantismo y sus radios clandestinas, no han sido diezmados significativamente en Chiapas y que salen a manifestar su fe y a dar gracias, de singular manera, a la virgen de Guadalupe, reina de México y emperatriz de América. ASICh
