Seis meses de gobierno

Fernando Serrano Migallón

Hace unos días, el presidente Felipe Calderón cumplió seis meses de su ejercicio constitucional. Las evaluaciones publicadas en la mayor parte de los medios de comunicación le dan una apretada evaluación positiva; sin embargo, la agenda pública sigue presentando puntos que preocupan a la ciudadanía que no parece tener mucha paciencia en su ya larguísima espera de soluciones.
Al presentar el nuevo Plan Nacional de Desarrollo, Calderón procuró enviar un mensaje claro sobre su concepción del ejercicio del poder; en esa ocasión pronunció frases como “trabajaremos para restablecer el poder del Estado”, o bien “sin pretender refundar a la Nación.”; estas ideas encierran la primera preocupación del Ejecutivo y uno de los principales proyectos que está resuelto a completar. En efecto, este es el primer gobierno que el PAN está ejerciendo como auténtico partido en realidad y busca basarse en la recuperación de la legalidad para obtener consensos nacionales.

Está claro, el Presidente se ha desmarcado completamente de su antecesor, al que ciertamente debe poco o casi nada, y si no hace excepción en su dicho, parte de la pérdida en el poder del Estado corresponde a su antecesor. Muchos ciudadanos creemos que don Vicente logro en seis años ser una pieza clave en el declive de la investidura presidencial y del dominio del gobierno sobre el juego político; pero, además de ello, logró lo que parecía imposible: ser peor ex presidente que presidente.

Por su parte, el Ejecutivo al dibujar sus nuevas políticas aspira a la continuidad histórica de la nación, alejándose con claridad de sus opositores que se plantean como promotores de un nuevo proyecto para la patria. A esto bien podemos llamar la creación de un estilo de gobierno o la conformación del rostro del poder que veremos durante los próximos cinco años y medio.

Decidir este estilo y esta presencia no es poco; al contrario, significa el modelo de actuación y el tono del diálogo para el futuro cercano; recuperar la credibilidad del poder político es un camino arduo y sinuoso; no bastan las campañas publicitarias que, de acuerdo con su naturaleza, no crean la realidad, sólo la magnifican. El diálogo establecido entre el Presidente y los medios de comunicación parece basado en esta idea, se gobierna con hechos, independientemente del consenso o la aprobación general que tengan; y no se aspira a gobernar a través de encuestas de opinión ni de mensajes televisivos.

En un escenario en el que, los mexicanos padecimos la indolencia del Poder Ejecutivo, las acciones del Presidente vienen acompañadas de un bono de actividad, de un esfuerzo de decisión.

El hecho es que Calderón ha tomado la decisión de hacer imperar el estado de derecho; la discusión política debe versar entonces sobre los costos sociales, políticos y jurídicos que deben asumirse con esa decisión; el debate puede establecerse respecto de los mecanismos a elegir y la forma de usarlos; pero si existe un consenso mínimo que cualquier ciudadano puede suscribir es el imperio de la ley por encima de cualquier otro.

De estos seis meses podemos recuperar al menos, dos recientes éxitos manifiestos; el primero del Presidente sobre sus enemigos dentro de su propio partido y, el segundo, en materia exterior al rendir al jefe del Estado vaticano las cortesías propias de esa investidura, pero ni una más de tipo religioso. Esperamos que en los próximos meses, las palabras se conviertan en acciones reales de gobierno, en nuevos equilibrios en una marcha más sana del Estado.

fsm@derecho.unam.mx

Abogado

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