José Fernández Santillán
Tenía tiempo que el tema sindical brillaba por su ausencia entre los tópicos relevantes de la agenda pública. Y no es que de repente al gobierno se le hubiera venido en mente que el problema de los trabajadores es importante, sino que hay un ascenso del descontento social provocado, entre otras cosas, por el deterioro de los salarios, el alza de los precios y, sobre todo, la aprobación de la Ley del ISSSTE.
Este hecho nos viene a recordar que los conflictos públicos en nuestra sociedad no se circunscriben al ámbito de los partidos. Por el contrario, un aspecto importante de las disputas que se registran en sociedades como la nuestra se refiere, precisamente, al conflicto entre el capital y el trabajo junto con la política laboral que los gobiernos asumen.
En el pasado esta pugna se canalizó por la vía del corporativismo que encuadró a las organizaciones obreras en el marco del partido oficial. Dos fueron los puntales de esta estrategia: por una parte, el “charrismo sindical” por medio del cual los líderes hacían la función de enlace subordinado entre las centrales de los trabajadores y el gobierno en turno; por otra, la “alianza de clases”, consistente en un acuerdo entre el Estado, las organizaciones empresariales y los sindicatos para hacer posible la industrialización del país.
Luego vino el neoliberalismo que rompió la alianza de clases en nombre de la supremacía de la libre competencia, pero mantuvo el charrismo sindical. Desde el gobierno se mandó una señal muy clara: ya no habría mejoras y canonjías como antes; habría, en cambio, despidos masivos, abaratamiento el costo del trabajo y los líderes sindicales tendrían que avalar lo que el presidente decidiera.
Como era de esperarse, la hegemonía corporativa se cuarteó. Surgieron movimientos disidentes como la Fesebes, el Foro sindical y, en 1997, la formación de la Unión Nacional de Trabajadores como contraparte del sindicalismo oficial agrupado en el Congreso del Trabajo.
El 1 de mayo, que en la época de oro del intervencionismo estatal era la ocasión para refrendar la lealtad del movimiento sindical al Presidente de la república, se transformó, con el neoliberalismo, en acto, en oportunidad para llenar de improperios al jefe del Ejecutivo. Es altamente simbólico, por ello mismo, que Felipe Calderón optara por no presidir el 1 de mayo. Finalmente se reconoció que el presidente no tiene nada sustancial que ofrecer a los trabajadores.
Hoy, el avivamiento de las luchas sindicales tiene un significado relevante en virtud de que, durante décadas, la estabilidad política y la paz social descansaron en una secuencia alternada entre administraciones de izquierda y de derecha. No obstante, ese equilibrio pendular se perdió: llevamos cinco sexenios al hilo de gobiernos de derecha. Hay, por lógica consecuencia, una irritación social acumulada que los gobiernos neoliberales han pasado por alto obstinados en aplicar el dogma friedmaniano a pié juntillas.
Las movilizaciones sindicales en curso pueden ser el catalizador de ese enojo que va más allá de los temas laborales para situarse en un ámbito de mayor alcance en contra de una pauta de desarrollo que ha dado sobradas muestras de su fracaso a nivel nacional e internacional.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM
