Fernando Serrano Migallón
En 1837, Nathaniel Hawthorne publicó Cuentos dos veces narrados, que contiene uno de las ficciones más acabadas de la literatura estadounidense: “Wakefield”. Si bien su mérito radica en la revolucionaria forma de construir lo increíble a partir de lo cotidiano, su anécdota se ha convertido en un símbolo de las distancias que podemos construir entre semejantes. Una mañana Wakefield decide abandonar su familia, se traslada a una casa a la vuelta de la esquina y, desde ahí, durante 20 años, observa cómo su familia lo da por muerto y paulatinamente lo olvida hasta que otra mañana decide volver al hogar y, con la misma llave de siempre, abre la puerta y regresa como si su ausencia hubiera sido por minutos. A veces, las distancias y las diferencias en la vida social, política y diplomática entre los pueblos son asuntos artificiales; la reciente visita de Néstor Kirchner es una buena muestra.
Durante los seis años de desatinos diplomáticos que recientemente terminaron, una de las relaciones más perjudicadas fue la de México con Argentina; la visita del mandatario argentino es una muestra de buena voluntad y de ánimo de encuentro; aunque exista una distancia geográfica enorme entre ambos pueblos, en realidad nuestros contactos históricos son permanentes y han dado frutos entrañables para ambas culturas. Como recordó el embajador de Argentina en la recepción a su presidente, Alfonso Reyes, entonces embajador en aquella nación del sur, afirmó que la unidad latinoamericana sólo podría concluirse con el encuentro entre los dos países frontera del hemisferio: México y la Argentina. De aquel encuentro nos quedaron herencias culturales importantes —el propio Reyes contribuye alentando al joven que luego sería el inmenso Borges—, contactos históricos profundos, marcados con la cercanía que sólo puede dar la solidaridad, el asilo concedido a las víctimas de la cruenta dictadura argentina de hace 30 años, y un ir y venir de mujeres y hombres que han formado historia y familia en las dos puntas de Latinoamérica.
Resulta muy afortunado que ambos gobiernos estén dando los pasos necesarios para el acercamiento y la comprensión; Kirchner ha tenido tanto el buen gusto como el acierto político de expresar un discurso de encuentro, tanto en lo cultural como en lo económico: el rescate del mural de Siqueiros, la apertura de la Casa de la Cultura Argentina en México, y el recuerdo de las víctima de las represalias y exiliados por la dictadura militar son parte de ese discurso de encuentro que, desde luego, está dotado de un profundo sentido.
Para los mexicanos, es parte de un ejercicio de encuentro y memoria que, como sociedad, hemos realizado durante mucho tiempo, aun a contracorriente de la errática diplomacia que durante años padecimos. La Facultad de Derecho de la UNAM en estos días ha publicado las memorias de las jornadas del encuentro entre ambos pueblos a raíz de los 30 años de la dictadura militar, contribuyendo a la conservación de nuestra memoria compartida.
Wakefield volvió a casa después de 20 años después de una ausencia ficticia; a las naciones no puede pasarnos semejante cosa; una mala polí-tica puede dar la impresión de una distancia y de un disenso que no existen. El encuentro con el mandatario argentino, con sus ideas de integración y reconstrucción de la amistad histórica es una señal de que, cuando hay voluntad e inteligencia, es posible construir el futuro.
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Abogado
