José Fernández Santillán
A un año de haberse celebrado las elec-ciones más controvertidas de que se tenga memoria, se impone un análisis en torno a lo que sucedió y sigue sucediendo en México.
Pues bien, buscando una explicación de lo que esos comicios significaron, encontré una posible aclaración en un libro del pensador estadounidense John Rawls que aparentemente no tiene que ver con el tema de las elecciones. Ese volumen, que apenas se está distribuyendo en inglés, lleva por título lo que en español se traduciría como Lecciones sobre la historia de la filosofía política.
Para quienes saben de Rawls, esta referencia les parecerá extraña en vista de que él falleció en noviembre de 2002. La respuesta está en que Samuel Freeman editó las clases que Rawls dictó en la Universidad de Harvard desde mediados de los 60 hasta 1995. Un hallazgo valioso en razón de que este intelectual es considerado como el autor de la obra política más importante de la segunda mitad del siglo XX, Una teoría de la justicia (1971).
Hecha esta referencia voy al grano: en las clases impartidas sobre Rousseau, Rawls afirma que, desde la óptica democrática, la igualdad es un valor irrenunciable. En consecuencia, revertir las desigualdades políticas y económicas es esencial: ello evita el dominio de una parte de la sociedad sobre otra parte de la misma sociedad. Si no se procede así, la democracia se transforma en una mera apariencia: la desigualdad provoca que un puñado de personas acaudaladas determinen para su propio provecho el sistema de leyes e instituciones que debería velar, supuestamente, por el interés general. Para tal fin la élite en el poder controla, prioritariamente, el proceso político, incluido el proceso electoral.
Convengamos en que la verdadera democracia, como régimen de gobierno, fue planeada para que los ciudadanos definiesen, en conjunto, el destino de la comunidad nacional. La democracia no sólo fue pensada para establecer una igualdad formal; ella implica, necesariamente, una igualdad económica. Por eso Rawls enfatiza que la justicia política y la justicia económica caminan de la mano. Eso es lo que garantiza que el poder no se concentre. Por deducción lógica, las desigualdades políticas y económicas caminan de la mano y se reproducen mutuamente. Juntas, dejadas a sus anchas, terminan por dictar en lo que la sociedad se convierte con el tiempo.
Estimo que esto último fue lo que, desafortunadamente, sucedió en nuestro país el 2 de julio del año pasado: llegamos a ese evento cargados de disparidades a granel. No se podía permitir, en consecuencia, que un evento realmente “democrático” diera al traste con un sistema diseñado para favorecer a unos pocos. Había, sin embargo, que cubrir las apariencias. Por eso es que se echó a andar el aparato institucional, legal y publicitario para mover la balanza hacia el lado deseado. Para la oligarquía gobernante guardar la debida neutralidad más que un riesgo era una ingenuidad.
Se pide ahora, paradójicamente, que haya unidad nacional. No obstante, es difícil que se alcancen objetivos comunes mientras la conformación inequitativa de poder se mantenga. La puesta en práctica de la igualdad democrática haría que se viniese abajo la edificación piramidal construida con tanto sigilo.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM
