Pura avaricia

Enrique del Val Blanco

Una de las mejores demostra-ciones de que el capitalismo salvaje no funciona es la crisis bursátil que está viviendo todo el mundo, debida a la falta de pago de las hipotecas que está ocurriendo en Estados Unidos y que, como siempre, se veía venir de tiempo atrás sin que ninguna autoridad, como era su obligación, hiciera algo para detenerla.
Los préstamos hipotecarios de alto riesgo en Estados Unidos, llamados eufemísticamente subprime, se otorgan por fondos establecidos a personas con bajo o nulo antecedente crediticio e incluso sin que presenten algún documento que avale sus ingresos. Es decir, se prestó a cualquiera que quisiera comprar una casa, pagar las colegiaturas de sus hijos o simplemente solicitar un crédito para irse de vacaciones. Claro que las condiciones eran diferentes a las que normalmente pedían los bancos, ya que debían pagar intereses por arriba de los normales, y así todos contentos.

Como era natural, algún día debía pasar algo. Y pasó, cuando en marzo de este año la morosidad, es decir, aquellos que no podían pagar sus hipotecas, llegaba ya a 15% del total y empezaron las quiebras y las declaraciones de insolvencia de muchos de estos fondos. Ya para finales de julio los embargos llegaban a 60% de los préstamos otorgados.

Ahora bien, no era tan sólo un problema de algunos fondos —llamados “basura” en la terminología bancaria— involucrados, sino también de conocidos y prestigiados bancos legalmente establecidos, los cuales adquirieron títulos de estos fondos de créditos subprime. Estos bancos “honorables y respetables” también le entraron al negocio ante la expectativa de altas ganancias debido a los intereses que supuestamente cobrarían por los títulos adquiridos. Pero al perder valor los títulos originales, el resultado es que no hay la menor posibilidad de reembolso, ante lo cual, como siempre, los gobiernos entraron al rescate.

¿Por qué si la banca tradicional no concede normalmente este tipo de hipotecas estuvo totalmente de acuerdo con financiar a las entidades que sí las concedían?

Con este invaluable apoyo surgieron estas hipotecas subprime que, con los altos tipos de interés que ofrecían, se colocaron de inmediato en el mercado, sin ningún problema. Y aquí también entra la irresponsabilidad de las asimismo “honorables” compañías calificadoras que consideraron que el riesgo era perfectamente asumible. Nada más que nunca informaron quién debía asumir esta colocación de hipotecas “basura”.

El resultado es que la inyección de recursos de los bancos centrales ha sido impresionante, mucho mayor de lo que tuvieron que aportar después del ataque a las Torres Gemelas. Tanto los bancos centrales de Estados Unidos y la Unión Europea como de Japón han tenido que entrar a salvar las bolsas en todo el mundo para que la crisis bursátil no fuera de proporciones inauditas.

Lo peor de todo es que si uno ve el desarrollo de los acontecimientos, la crisis era totalmente previsible, ya que en cualquier parte del mundo es imposible sostener créditos que no se pueden pagar y continuar alentando el consumo, como si se tratara de una feria en la que nadie es responsable.

Así, han empezado a quebrar o a declararse insolventes varios de esos fondos en el mundo, que basaban su utilidad en la lógica de que al final alguien iba a entrar a su rescate, como ha sido el caso. Es decir, una vez más se demuestra que la avaricia o, como lo dice muy bien en su artículo de este domingo el colaborador de nuestro periódico Juan María Alponte retomando las palabras del premio Nobel de Economía, el estadounidense Joseph Stiglitz, el “capitalismo de los compinches” no funciona toda la vida.

El gobierno mexicano, por boca de su Presidente, ha declarado que la crisis no nos afecta, lo cual demuestra una vez más lo mal asesorado que está. En un mundo globalizado por supuesto que esta situación afecta a todos, y si no sólo hay que ver las caídas de la bolsa en México y en varios países y la paridad de nuestra moneda frente el dólar. Uno de los principales bancos que aquí operan anunciaba el viernes pasado que el dólar a la venta estaba a 11.95 pesos, o sea, casi un peso por arriba de lo que se cotizaba un mes antes.

La Reserva Federal estadounidense, la “máxima autoridad” de los negocios a nivel mundial, tuvo que abaratar los créditos para calmar a los mercados financieros; y esto apenas es un respiro ante lo que puede suceder si seguimos con esta forma de desarrollar el sistema económico.

Hay una terrible masa de liquidez y de, como decimos, avaricia de los “honorables bancos” establecidos en todo el mundo, que lo único que buscan es la mayor utilidad para sus accionistas al costo que sea, al fin y al cabo serán los gobiernos, a través de sus bancos centrales, quienes saquen al niño ahogado. Y eso es lo que está ocurriendo hoy.

Si en verdad hubiera una regulación no habría pasado esta crisis. Pero a nadie le interesa, pues estaría en contra del consumo y de la norma básica del capitalismo. Así, hoy vemos en nuestro país que a la menor provocación se nos otorgan tarjetas de crédito; incluso están muy felices por lo que denominan la “bancarización”.

Un ejemplo es el de los estudiantes de bachillerato que pueden tener cuando menos dos tarjetas de débito, los cuales a ojos de estos banqueros serán a partir de ahora clientes para toda la vida. No importa que no cuenten con recursos suficientes para hacer frente a sus gastos, de alguna forma los cobrarán mediante los embargos o la mejor vía que han encontrado: que los gobiernos entren a su rescate. Al final los bancos nunca perderán. Nunca ha pasado esto; recordemos la triste historia del Fobaproa-IPAB.

Los verdaderos responsables de lo sucedido son los gobiernos y los bancos centrales que deberían tener no sólo en el papel, sino en la realidad, regulaciones más estrictas para que este capitalismo salvaje no destruya las economías familiares como está sucediendo. Pero esto ni se les ocurre pues va en contra de la máxima principal del sistema, que es obtener la mayor utilidad al menor costo posible.

Analista político y economista

¡Comparte la nota!