Punto de vista

Mario Tassías

Aunque la espiritualidad es una parte de la teología, ciencia que trata sobre dios y sobre el conocimiento que el hombre tiene de él, no necesariamente está atada con la religión, conjunto de dogmas, normas y prácticas relacionadas con una divinidad.
Entiendo que las religiones tienen en la espiritualidad uno de sus mayores recursos de adoctrinamiento, enseñanza o educación para inculcar determinadas ideas o creencias.

Uno puede ser espiritual sin ser religioso. No es condición indispensable, la práctica de algún culto para encontrarse con uno mismo. Aunque más de uno eleve una oración al ser supremo según lo conciba. Habrá quien no esté de acuerdo, pero es ahí donde radica la importancia de la creencia y donde se enriquece la discusión.

Debe decirse que el religioso difícilmente puede separarse de la espiritualidad. No habló aquí de una denominación precisamente determinada. La espiritualidad simplemente concebida como un ente mágico, o mejor como algo intangible. Concebida por el cerebro como el flujo asociado a la felicidad por el tiempo que el individuo sea capaz de sentirse completo.

Para el sacerdote Antonio Rivero de Catholic.net, la espiritualidad “estudia el dinamismo que produce el Espíritu en la vida del alma: cómo nace, crece, se desarrolla, hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos llama desde toda la eternidad, y transmitirla a los demás con la palabra, el testimonio de vida y con el apostolado eficaz”.

El mismo religioso admite que “Si sólo optara por la doctrina teológica quitando la vivencia, tendríamos una espiritualidad racional, intelectualista y sin repercusión en la propia vida”. Es su punto de vista, respetable.

Dice más adelante que “… si sólo optara por la vivencia cristiana, sin dar la doctrina teológica, la espiritualidad quedaría reducida a un subjetivismo arbitrario, sujeta a las modas cambiantes y expuesta al error. Así pues, la verdadera espiritualidad cristiana debe integrar doctrina y vida, principios y experiencia”.

Sobre el tema ha corrido tinta y se han escuchados voces. David Hume apuntó hacia una “espiritualidad pura” en su libro póstumo “Diálogos sobre la religión natural”. En su texto, el filósofo se refiere a concepciones religiosas que no derivan de una revelación (hecha a través de una cultura), sino de unos argumentos filosóficos universales.

Joaquín de Fiore profetizó una religión del espíritu que estuviese libre de dogmáticas confusas que demanden explicación. De esta manera no necesitaría readaptarse a cada cultura.

Mahatma Gandhi hizo referencia a esta utopía con las siguientes palabras: “Lo mismo que un árbol tiene una sola raíz y múltiples ramas y hojas, también hay una sola religión verdadera y perfecta, pero diversificada en numerosas ramas, por intervención de los hombres”.

Hay quien afirma que la espiritualidad necesita de una doctrina o religión para ser experimentada por las personas. De ahí surge una clasificación que tiene menos que ver con quienes no condicionan su espiritualidad con algún dogma de fe.

Desde la espiritualidad católica, que “movía a Jesucristo”, pasando por la espiritualidad franciscana, enfocada a la atención de dios y el ser humano en plan de servicio. O la espiritualidad Renana del siglo XII, que trata de un conocimiento en equilibrio, en donde el hombre sabe por relación a la totalidad.

O la espiritualidad jesuítica que “reside en el seguimiento de Cristo que ilustran los ejercicios ignacianos, las constituciones de la compañía, los escritos de Ignacio de Loyola, Jerónimo Nadal, Luis González de Cámara, Pedro Fabro, Francisco Javier. La encarnación de Cristo abarca la vida de las personas en el conjunto de su fe”.

Se sabe también de la espiritualidad monástica que nace del evangelio. Su ideal cristiano se plasma en “reglas” de vida. La espiritualidad dominica que se dirige hacía su misión principal de predicar el evangelio, usando cualquier forma de transmisión.

Si bien es cierto que las espiritualidades acentúan ciertos valores, ninguna puede presentarse como absoluta. Tiene que ver con las creencias, no necesariamente en una entidad determinada, sino en una concepción, en un conjunto de ideas que abonan el crecimiento personal. Ese es el punto. Un principio de origen latín dice: initium sapientiae, cognitio sui ipsius, “El comienzo de la sabiduría es el conocimiento de uno mismo” y eso tiene que ver con la espiritualidad.

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