Punto de vista

Mario Tassías

Ahora que las televisoras se enfrentan una vez más al estado, “La danza de los elefantes” es un recuerdo. Una melodía que fondeaba un comercial que se transmitía en cada corte comercial en una abusiva campaña radiofónica. Se criticaba la construcción de un supermercado. El concesionario de la radio denominaba “elefante blanco” a ese lugar que en Tuxtla Gutiérrez. Rompía el monopolio de los autoservicios.
Ahora los concesionarios de la televisión nacional, rasgan el espacio para desafiar al poder público. Sería utópico pensar que se quedarían callados. Es imposible que puedan vivir, si bien conocen del enorme poder de influencia.

El duopolio sabe de su negocio, del impacto que las interrupciones a los programas más vistos pueden provocar en los televidentes.

Millones de mexicanos, educados por las dos más importantes cadenas televisivas de América, podría protestar porque les distraen del contenido de sus horas de entretenimiento. La influencia que ejerce la televisión en nuestro país es tan grande que el desafío al poder público, podría fortalecerse conforme pasen los días.

Si ya interrumpieron el súper tazón. Imagínese qué pasará con la interrupción de un partido de uno de sus equipos más publicitados del continente. Miles de aficionados se molestarían en contra del Instituto Federal Electoral. Más descrédito a un órgano que aún no levanta el prestigio perdido en las elecciones de 2006.

Las televisoras saben su juego. En esa maniobra dinamizan a la sociedad mexicana. Acostumbrados a compartir el poder, hoy acotado por ley, exasperan a sus televidentes para crear un estado de animadversión, al proceso electoral. No está lejano el momento en que los principales voceros de los consorcios se desgarren las vestiduras en aras de la “libre expresión de las ideas”.

Cuando se discutían las iniciativas que dieron nacimiento a las reformas al Código Federal de Procedimientos Electorales, las televisoras cabildearon a todos los niveles para incluir alguna cláusula que les permitirá tomar parte de las decisiones trascendentales. Así fue hasta antes del pasado reciente. Cifras millonarias de dinero, se les escapaban de las manos.

Se orquestaron campaña en contra de los principales impulsores de la reforma. Muchos de ellos fueron denostados. Conscientes del poder absoluto de las televisoras, prefirieron guardar silencio u optar por la graciosa huída antes que la apasionada entrega. Les iría peor si desafiaban a los gigantes.

Así, en medio de escarceos de los legisladores y rasgaduras de vestiduras de los representantes de los medios electrónicos, fueron aprobadas las modificaciones al COFIPE. Aún hoy, entre los senadores hay posiciones encontradas.
Pese a todo, las modificaciones se convirtieron en materia jurídica. Fue un duro golpe a los intereses de las televisoras. En los estertores del proceso ocurrieron momentos memorables. En recuerdo de aquellos, hoy las televisoras desoyen los ordenamientos del Código que reglamenta las normas constitucionales.

El razonamiento del tema está en que las televisoras dejaron de ganar carretadas de dinero en las campañas políticas. A quien tiene al dinero como el motor de su vida, el que le falte lo vuelve irascible. Por supuesto que para las televisoras el dinero vale más que la ley.

Bien sabe el diablo a quien se le aparece.
comunicologo10@yahoo.com.mx

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