Punto de vista

Mario Tassías

El mundo de la música tiene intrincados atractivos. La música es provocadora de ánimos, es mucho más que imaginación, si virtualmente lleva genialidad. Beethoven fue un hombre de temperamentos, pero antes de eso, un genio que dejó una herencia para disfrute de la humanidad. Solo escuchar su música y no hay que agregar más. Acaso rendirle admiración.
De su producción destaca la Quinta sinfonía y en especial la Novena sinfonía con el coro final que es un canto a la felicidad.

La décima sinfonía es una desaparecida partitura que cierra el círculo de excelencia del músico alemán. “La décima sinfonía”, también es el título de una novela sobre la obra.

Escrita por Joseph Gelinek (“seudónimo de un musicólogo español, que toma su nombre del virtuoso pianista que fue humillado por Beethoven en un famoso duelo musical en Viena a finales del siglo XVIII”). La obra, invita conocer algunos rasgos poco conocidos de un virtuoso de la música que empezó a asombrar al mundo cuando era un niño.

El planteamiento es muy sencillo, no fácil de desarrollar, por ello la trama tiene mucho de misterio. Dejaría de ser una novela de suspenso y corte policiaco.

“El musicólogo Daniel Paniagua, de la Universidad Carlos IV de España, recibe el encargo de su superior de acudir a un concierto privado: el compositor Ronald Thomas, auspiciado por el excéntrico millonario Jesús Marañon, interpretará lo que asegura es un fragmento de la legendaria “Décima sinfonía de Beethoven”.

Al siguiente día Thomas aparece decapitado. Cuando la policía encuentra la cabeza con un tatuaje, los hechos empiezan a desencadenarse. La Juez a Susana Rodríguez Lanchas, a quien le es asignado el caso pide la asesoría de un especialista en música. El forense que realiza la autopsia dictamina que la cabeza fue cercenada con una guillotina, aquel invento francés pensado para que los condenados sufrieran menos al morir. Marañón colecciona objetos antiguos entre ellos una guillotina que casualmente días después del asesinato manda a darle mantenimiento. Para el lector aparecen las primera pistas, para el escritor el momento de enmarañar más el asunto. Máxime que distrae la atención con el ciego Malinak un guía de turistas, de la famosa Escuela Español de Equitación.

Paniagua, reúne tal cantidad de elementos que por momentos parecen desviarse del objetivo de su asesoría. Es aquí donde el lector se topa con conocimientos sorprendentes. Daniel está en proceso de doctorase y su tesis versa sobre Beethoven.

En la investigación participan Mateo y Aguilar, dos agentes de la policía. Uno ocultado bajo el secreto de ser estudiante de derecho y otro cuya mejor virtud es ser inoportuno, además de poseer la característica de hacer gala de sus profundos conocimientos periciales. Sus pesquisas les llevan a sospechar de la hija del asesinado; del amante homosexual del descabezado; del millonario excéntrico del descendiente de Napoleón que ocasionalmente está en la ciudad y asiste también invitado al concierto. Priva en ellos la premisa de que todos son sospechosos hasta que no se demuestre lo contrario.

Escrita por capítulos relativamente breves y conclusiones más o menos convincentes para enlazarlas entre sí. La novela tiene una virtud. Es lo suficientemente descriptiva como para imaginarse una película. El autor incluye fragmentos de la vida y obra de Beethoven y en algún momento se vuelve personaje dentro de la novela. Una fotografía suya también ofrece pistas para encontrar al asesino.

La décima sinfonía ha recibido diversos comentarios en el mundo. En gustos hay variedad lo que permite afortunadamente enriquecernos. Sirva el presente para dos cosas. Ofrecerla al lector como el primer libro de los doce o más que en este 2009, se propuso leer. Ese placer de permitirle a la imaginación evocar y proyectar hacia el futuro y rencontrarse con uno de los grandes virtuosos de la música.

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