Punto de vista

Mario Tassías

Una verdad lapidaria es el hecho de que “no hay cultura de respeto a los derechos humanos” y ese contrastante juicio incluye que los organismos dedicados a la defensa de los derechos fundamentales se conviertan en departamentos incómodos, cuando realmente podrían ser la conciencia de los gobiernos en los tres órdenes de la administración nacional.
Los derechos humanos son ese “Conjunto de facultades, prerrogativas, libertades y pretensiones de carácter civil, político, económico, social y cultural, incluidos los recursos y mecanismos de garantía de todas ellas, que se reconocen al ser humano, considerado individual y colectivamente” como lo define Jesús Rodríguez y Rodríguez en el Diccionario Jurídico Méxicano,

Esta definición de fácil comprensión, representa un ejemplo de cómo en ese terreno falta mucho que hacer no obstante los esfuerzos por enseñar, promocionar y difundir contenidos que promueven el respeto “…sin distinción de raza, color, sexo, origen, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”, según el primer párrafo de la Declaración Universal de Derechos humanos emitida el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de la Naciones Unidas.

Un ideal sería que las voces de las personas a quienes les ha sido violado un derecho elemental se escucharan y las autoridades señaladas como violadoras atendieran el reclamo sin contratiempos hasta lograr la satisfacción de la necesidad motivo del reclamo, o en su caso desecharan lo improcedente entendido como no conforme a derecho o inadecuado.

El tema es incomprensible para quienes carentes de ética hacen gala de ignorancia. Deshonestos en el cumplimiento de sus responsabilidades, en muchos casos albergan frustraciones personales, traumas que se convierten en fardos pesados que encuentran satisfacción y hasta placer violentando los elementales derechos de ciudadanos que por necesidad tienen la mala fortuna de ser víctimas propiciatorias de desfogues emocionales.

Desde aquellos que se precian de iluminados hasta los que por ineptos confunden el servicio con franquicias personales, en los tres niveles de la administración se pueden encontrar personajes negativos ajenos a la vocación del servicio a la comunidad y de respeto a los principios elementales de la convivencia humana.

Siendo como se ve todos los días, una asignatura pendiente, la difusión de los derechos humanos debería ocupar más espacios en la sociedad. Hacer concientes que todos por igual niños, jóvenes, adultos y ancianos de uno y otro género, tenemos derechos elementales que deben respetarse por quienes nos gobiernan y que administrativamente programan políticas públicas.

Hay que dejar en claro que se necesitan algo más que buenas intenciones, que hay que romper con esquemas de exquisitos que hicieron gala de autoritarismo a lo largo de muchos años de sometimiento de un pueblo de agachados. Que es necesario remover conciencias, aun de aquellos inconscientes por naturaleza. Que es indispensable propiciar una cultura por los derechos humanos que abrace principios fundamentales como el respeto a la dignidad de la persona por el simple hecho de ser humano.

Más allá de los discursos, más allá de la retórica obnubilada por el poder, los derechos humanos, son umbrales de una mejor familia y aunque todos estamos obligados por vivir en una sociedad jurídicamente organizada, es el Estado el que tiene la obligación constitucional de reconocerlos y garantizarlos.

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