Punto de Vista

Mario Tassías

Esta es una historia real, para leerse en sábado o domingo, aunque si se mira bien puede ser tan cotidiana como todos los días, esas cosas pequeñitas, casi imperceptibles, que hacen la excelencia. Es de esos cuentos donde el final es previsible, pero mientras tanto, hace que uno reflexione, vuela los ojos hacia dentro y se pregunte cosas que de ordinario, no nos preguntamos. Resulta pues que cuando don Francisco Javier, se refiere a ella, parece un adolescente. Su rostro dibuja un gesto de satisfacción. Suspira con fuerza. Une sus manos en señal de oración, levanta los ojos al cielo y lo dice con todas sus letras:

– Bendito dios.

El escenario es lo menos importante. En una mesa de cafetería universitaria, ella desayunaba. Conversábamos sobre temas de interés particular. Nada en especial como para no sorprendernos de la espontaneidad. Don Francisco Javier, encontró algún indicio en la pareja, luego comentaría que le parecieron buenas personas. Por eso se sentó a nuestro lado.

Minutos antes, el y otros dos ocupaban la mesa contigua. Como cuchicheo llegaba hasta nosotros los sonidos de la conversación. Hablaban de negocios. Reían de buena gana. Nos saludaron de soslayo. Luego los dos se despidieron. Don Francisco llamó a una persona para que limpiara la mesa dejada. Se levantó y acompañó hasta la puerta a despedir a sus conocidos, regresó y fue cuando se ubicó a un costado de nuestra mesa.

Hombre de mediana estatura. Más bien robusto. Tez clara. Cabello corto, entrecano. Ojos castaños semicubiertos por las arrugas que dicen dejan los días y los años y que se asemejan a la pata de gallo. Posiblemente tiene una edad que encuadra entre la década de los cincuentas. Todo hace suponer a un hombre común. Sorprende la naturalidad con que fluyen sus palabras. Habla con la sonoridad que distingue a los comitecos.

Nuestra particular conversación llegaba al momento de tratar de entender el texto insertado en Historia de la Eternidad de Jorge Luis Borges, atribuida a Platón en su libro Timeo: “El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza… el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo.”

Por supuesto que Don Francisco Javier, no se entera de estas observaciones. Prodiga confianza, advierte que no somos del pueblo. Nuestro modo de hablar nos delata. Se dirige a ella que entre bocado y bocado, escucha con atención la plática.

El hombre nos toma confianza. Pregunta cosas. Responde preguntas. Relata que a su esposa la conoció cuando ella tenía 20 años y el 27. Ahora tienen más de treinta años de estar juntos. Tres hijos, “tres varones” dice ufano. “Los tres ya son profesionistas. Gracias dios, los tres están casados”. Sus palabras desbordan emoción. Cuenta anécdotas. Una a una surge con naturalidad. Su satisfacción por 33 años de servicio en una dependencia del gobierno federal. De su atrevimiento para pedirle a su hijo menor que formalizara su relación con su novia de secundaria.

–Discúlpenme que me entrometa, pero ya son muchos años de noviazgo y no veo bien que sigan dándole vueltas a un asunto que para mí está claro. Llevan más de diez años de noviazgo y no veo claro”. Dice que les dijo a su hijo y su pareja. Ahora están casados. Lo bueno es que le hicieron caso. Su nuera y su hijo ya tienen una hija. -“Hermosa mi nieta” reafirma.

Platica de su relación con los jóvenes de la universidad, de cómo se van formando. Cómo los identifica por sus comportamientos. Casi los conoce a todos. Un golpe sobre el tejado de la cafetería, nos alerta.

– No se preocupe usted, es una pelota que cayó, está jugando el hijo de mi amigo. Su papá de este muchacho es profesor de educación física, ya está jubilado. Pero es buen estudiante. A los muchachos nada más hay que orientarlos para que encaucen la energía, dice filosofando. Parece que conoce a todos los de la facultad.

La señora de la cafetería se esmera en atender a otros comensales, su ayudante sigue conversando con nosotros.

-“Me saqué la lotería, la conocí muy joven y llegado el momento, me la traje para Comitán. Ella también quería fugarse conmigo. Si es cierto que hay almas gemelas, yo la encontré. Éramos jóvenes. La vida nos brotaba por los poros. Convenimos en vivir juntos. Como mamá ha sido extraordinaria. Como compañera, ni se diga. Mi niña es una extraordinaria mujer”.

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