Mario Tassías
La preocupación está adquiriendo síntomas de alucinación y eso es un grado mayor de lo que como seres humanos podría ocurrirnos si las cosas no mejoran.
– Domingo 29 de junio, 8:40 de la noche aproximadamente. Avenida y calle -central de Tuxtla Gutiérrez, el punto que une o divide a la ciudad en cuatro partes. Cientos de feligreses salen de la catedral de San Marcos sede del arzobispado de Chiapas. Hombres y mujeres que han cumplido un rito dominical. El cielo tiene nubarrones. En la misa del mediodía el arzobispo Rogelio Cabrera ha manifestado su preocupación por la invasión a una ciudad que todavía ayer era quieta. Una ciudad de provincia. Entrañable por su tranquilidad. La infausta noticia ya nos llegó. Es producto de una triste realidad.
– “Esos que tiene del 50 al 60 por ciento de los municipios del país” ya están aquí.
– Una patrulla con las torretas encendidas en premonición de una eventualidad. Dos vehículos, uno con elementos de la AFI (Agencia Federal de Investigación) y otro con policías estatales, dice la gente, van atrás. El convoy circula cauteloso, parece que no desea demostrar que algo les preocupa. Ya la calle 3ª. Oriente Norte está cerrada a la circulación. Eso queda dos cuadras atrás de la Catedral. Una patrulla municipal cumple con lo indicado. Dos cuadras hacia abajo, rumbo al sur se ubica un Sanatorio, donde está hospitalizado, dice la prensa, “un sicario” que se recupera de sus heridas en combate. En la víspera los guardianes del resguardo detuvieron a otros que merodeaban el lugar… y nosotros, los ciudadanos de a pie sin un plan por lo menos práctico, que evite que el fantástico mundo de los jóvenes y con ellos toda la sociedad “se vaya en picada por la criminalidad”-
No hemos sido capaces de prevenir el flagelo de las drogas. Como ciudadanos hemos permitido que la corrupción enajene el sistema político mexicano.
Nos hemos convertido en sorprendidos espectadores de combates en vivo, con muertos reales. Somos ahora víctimas de una lucha que no tiene cuartel. Ya no debe sorprendernos ver convoyes patrullando la ciudad, la contaminación ya nos alcanzó. Eran secreto público los hechos que se dieron a conocer recientemente.
Revisando los apuntes del IV Congreso Internacional de Derecho Penal “Las transformaciones de la delincuencia organizada y sus impactos político-criminales y dogmáticos”, celebrado en Tuxtla Gutiérrez del 13 al 17 de agosto de 2007, me encuentro con una joya para este punto de vista.
Edgardo Buscaglia, especializado analista de la eficiencia de los sistemas de justicia penal con sendos doctorados en Jurisprudencia y en Economía, decía que la delincuencia organizada no podría sobrevivir si no contara con la cómplice corrupción en el sector público. “La corrupción de las policías no puede explicarse sin la corrupción en niveles medios y altos de la política” dijo en aquella ocasión el también asesor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en temas de delincuencia organizada.
Coordinador del Programa Internacional de Justicia y Desarrollo del Instituto Tecnológico Autónomo de México, ha sugerido que mientras no se ataque a la corrupción política y la protección desde los más altos niveles y no se atrape la estructura patrimonial, nacional e internacional de los carteles, las escenas como la que intenté describir líneas arriba es ya también en la capital chiapaneca, pan de todos los días.
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