Punto de vista

Mario Tassías

José Saramago decía que en lugar de Patria deberíamos tener Matria, porque son mucho más firmes los lazos que nos unen con la madre que con el padre. Para el Premio Nobel la tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado por vínculos jurídicos, históricos y afectivos, se rompe cuando se pierde la identidad cuando se valora que la vida real no existe.

Puestas en papel, las palabras de Saramago adquieren otra dimensión. Se digieren de manera diferente, entran por los oídos, revolucionan el cerebro y expuestas al análisis se agitan, conmueven, desasosiegan.

Si sus letras movieron conciencias, causaron escozor y provocaron más de una reacción de saltimbanquis y de prelados fuera de contexto, sus palabras aunque cargadas de sencillez, tienen gravámenes de ironía que penetran y se niegan a salir sin prisa, contrarias a la velocidad que entraron.

Muerto el 18 de junio de 2010, a los 87 años de edad, Saramago revive en texto, ahora que Alfaguara, la editorial que publicó casi todos sus libros, se tomó la tarea de reunir sus declaraciones en un compendio de más de 500 páginas para “desasosegar” y sacar a la sociedad de su “aborregamiento”.

Saramago fue un hombre de voz más bien aguda, fuerte, raizuda a pesar de la edad y la enfermedad que finalmente cobró una vida valiosa. Su voz estaba siempre cargada de experiencias y a la vez sencillamente ligera, de una asombrosa coherencia matizada por el constante movimiento de las manos.

Decía “A mucha gente le interesa vivir el ahora, no pensar en el mañana, puede dañar el futuro”. “”Yo soy una persona pacífica, sin demagogia ni estrategia. Digo exactamente lo que pienso (…). Nadie podrá decir nunca que le he engañado”.

Incluso con aquel cuento dedicado a los niños, “La flor más grande del mundo”, Saramago habla de la necesidad de llegar a los más pequeños con las menos palabras posibles pero con la necesidad de ser coherente en el discurso “a donde va el escritor, va el ciudadano”. Recordemos que en alguna ocasión declaró que el hombre más sabio que conoció, no sabía escribir y que antes de morir, se despidió de sus árboles llorando.

Ahora tenemos otra gran oportunidad de en “José Saramago en sus palabras” ese compendio que ha sido presentada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, justo cuando se cumplen cuatro meses de la muerte del escritor.

Para Fernando Gómez Aguilera, quien se encargó de la edición y selección de declaraciones, el libro busca arrojar luz sobre el perfil de Saramago como creador de opinión. Pues ahí, en las numerosas entrevistas que concedió, se descubre “toda una obra paralela” a la de escritor, en la que el autor de “Ensayo sobre la ceguera” dotó a la palabra de algo que estaba perdiendo: la conciencia.

“Mi mirada es pesimista, pero es ésta la que quiere cambiar el mundo”; su defensa de la humanización o su ateísmo, tan envuelto en la polémica desde El Evangelio según Jesucristo hasta Caín, su última novela, son algunos de los temas en los que Saramago se ha ido retratando a sí mismo a base de “latigazos verbales”, como afirma Gómez Aguilera.

Saramago autodefinido como un “comunista hormonal” y “libertario”, “el comunismo es una posibilidad”. Lo dijo con todas sus letras “el gran problema de nuestro sistema democrático es que permite hacer cosas nada democráticas democráticamente”.

El libro, también llegará a Latinoamérica antes de Navidad, deberá leerse como “una agenda humanista y un manual contra la resignación y la indiferencia”.

Con “José Saramago en sus palabras” volvamos a escuchar su voz a través del texto, una experiencia enriquecedora con la grata compañía de una de las mentes más lúcidas de nuestros tiempos.

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