Mario Tassías
Las formas de violencia y degradación humana, son estragos de ineptitud emocional. La incapacidad para entenderse uno mismo es harto compleja. Así que entender a los otros, ha de resultar típicamente imposible. Tendríamos que tener sus ilusiones o sus desesperanzas. Me preguntaría qué siente quien usa la fuerza o la intimidación al no encontrar otra salida a sus diversos niveles de estrés.
Violencia y degradación humana, son el resultado de incapacidades para controlar pasiones y arrebatos emocionales. Muestras de conductas que no han sido modificadas. Llegar al mundo con un determinado temperamento es una circunstancia. Una eventualidad, afortunadamente no irreversible del destino. Si destino se llama llegar a ver la luz y transcurrido un tiempo vivir al lado de otros seres que se esfuerzan todos los días por habitar el planeta.
Expuesta al público la 67ª edición del libro Inteligencia Emocional de Daniel Goleman, (Editorial: Kairós, 520 Páginas, 2009) vale la pena retomar el hilo de una conversación que se inició hace unos años. Es que “…la puerta para la alfabetización emocional siempre está abierta y, así como a las escuelas les corresponde suplir las deficiencias de la educación doméstica, las empresas y los profesionales que quieran lograr el éxito en el entorno de especialización y diversidad que caracteriza al mundo moderno deben tener consciencia de sus emociones y dotarlas de inteligencia”.
La ineptitud emocional se refleja cuando el papá o el hijo, discuten y elevan el tono de voz con tal vehemencia que se rompe el dialogo. Ineptitud cuando el novio golpea a la novia, porque ella le ha descubierto con otra. Cuando el esposo agrede a la esposa. O la mamá golpea al hijo porque se ha roto un plato. Hay tal cantidad de ejemplos que es inoficioso mencionarlos.
Las emociones de nuestro cerebro han evolucionado, sin embargo, aún nos sorprende que nuestras reacciones ante triviales circunstancias, se parezcan a las reacciones de la era pleístoscenica.
Daniel Goleman, es doctorado en psicología por la Universidad de Harvard, ha sido editor de la revista Psychology Today y redactor de la sección de ciencias de la conducta y del cerebro en The New York Times. Cofundador de la Collaborative for Academic, Social and Emotional Learning en el centro de estudios infantiles de la universidad de Yale, cuya misión es ayudar a las escuelas a introducir cursos de educación emocional.
Emotional Intelligence (Inteligencia Emocional) se publicó en 1995 y durante año y medio se mantuvo en la lista de libros más vendidos del The New York Times. Según la web oficial de Goleman, hasta 2006 se habían vendido alrededor de 5.000.000 de ejemplares, traducidos a treinta idiomas.
La UNESCO puso en marcha una iniciativa mundial en 2002, y remitió a los ministros de educación de 140 países una declaración con los 10 principios básicos imprescindibles para poner en marcha programas de aprendizaje social y emocional. La Harvard Business Review ha llegado a calificar a la inteligencia emocional como “un concepto revolucionario, una noción arrolladora, una de las ideas más influyentes de la década” en el mundo empresarial.
La invitación por el reencuentro recuerda que los tests de coeficiente intelectual no arrojaban excesiva luz sobre el desempeño de una persona en sus actividades académicas, profesionales o personales, Goleman ha intentado desentrañar qué factores determinan las marcadas diferencias que existen, por ejemplo, entre un trabajador “estrella” y cualquier otro ubicado en un punto medio, o entre un psicópata asocial y un líder carismático.
Su tesis radica en el conjunto de habilidades llamadas “inteligencia emocional”, de la que destaca el autocontrol, el entusiasmo, la empatía, la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Si bien una parte de estas habilidades son producto de nuestro equipaje genético, otras tantas se moldean durante los primeros años de vida. Las habilidades emocionales son susceptibles de aprenderse y perfeccionarse a lo largo de la vida, si para ello se utilizan los métodos adecuados.
Cada uno de nosotros viene equipado con unos programas de reacción automática o una serie de predisposiciones biológicas a la acción. Sin embargo, nuestras experiencias vitales y el medio en el cual nos haya tocado vivir irán moldeando con los años ese equipaje genético para definir nuestras respuestas y manifestaciones ante los estímulos emocionales que encontramos.
