PUNTO DE VISTA

Mario Tassías

Si de legalizar se trata, es decir dar “estado” a una cosa, los estupefacientes en nuestro país, se hallan en esa fase en donde los diversos puntos de vista se cruzan. Tocan extremos y transigen. Se abre un debate. Medio mundo tiene una opinión, y los poderes públicos ven como el engrudo se hace bolas.
Sirva la alegoría, para argumentar en razón de un tema que tiene más un siglo de discusión en nuestro país. Desafortunadamente, la sola idea de la legalizar los estupefacientes provoca pasiones y ofusca la vista. La pasión es mala consejera, rebasa la racionalidad. Una mente invadida por la irracionalidad, genera violencia.

Esa violencia que en México ha dejado un saldo de 28 mil personas muertas. No importa si eran delincuentes, policías o civiles, inocentes o culpables. La muerte no es solución. A menos que quienes violentan la existencia de los mexicanos, no entiendan que las armas producen fuego que atiza la hoguera de la descomposición social. Y si una chispa provoca un infierno, muchas balas en nuestro territorio son muestra de irracionalidad. Con la violencia se ha perdido la libertad, ese bien jurídico que hay que defender con todas nuestras capacidades.

Es cierto que la legalización de los estupefacientes, es un problema complejo. Lleva más de un siglo en los pasillos del análisis. Se entiende que la solución no es nada simple. La madeja está enredada. Con ese hilo no se puede tejer el destino de una sociedad.

Parte de esa complejidad pasa por una vía que toca puntos neurálgicos de la sociedad en su conjunto, la familia en su particularidad, por las aulas. Pero primordialmente se filtra por el individuo que tiene libre albedrío para decidir. Prohibido o no, reglamentada o sin reglamentar, las drogas están en nuestras vidas. Su poder hipnótico es tan atrayente, que no importa condición social o económica para que se asiente en el ambiente colectivo e individual. Y es desde ahí donde debe empezarse el trabajo que derive en un producto legislativo. Ocurre ahora con el tabaco y el alcohol, dos sustancias reguladas por leyes específicas, que son usadas indiscriminadamente y que siguen causando problemas de salud y muerte.

El debate debe despojarse de quien dijo qué y dónde, cómo y a quién se lo dijo. El tema no admite particularidades ni tomar para sí la gestación. La discusión debe darse en directo, sin retruécanos. No atenderlo de esta forma es perderse en el monte de la palabrería difusa. Es retórica y el problema también es grave, la sociedad está asustada. No se trata de saber de qué color es el partido que apoya o rechaza la medida, para legalizar o no los estupefacientes. Tampoco se trata de meter con calzador un instrumento jurídico que luego nadie entienda o peor aún, no cumpla con las expectativas, de una sociedad que está en una olla de presión. Las circunstancias obligan a despojarse de colores. Hay que entender que esto no es un juego entre policías y ladrones, entre buenos y malos. El tema requiere de argumento y fundamento.

Existe cualquier cantidad de textos donde se demuestra el poder del narcotráfico en nuestro país. Todos los días hay resúmenes de hechos de violencia. Es más, no es necesario recurrir a los medios tradicionales para darse cuenta que la violencia es actividad cotidiana. Los mexicanos libran una batalla todos los días. No hay explicación que valga cuando la frecuencia nos muestra decomisos de armas y detenciones de narcotraficantes. Simplemente revisar los hechos para darse cuenta que los argumentos están en oferta.

El fundamento legal es trabajo de técnicos del derecho. Especialistas e instituciones. No se trata de abrir o cerrar espacios. Ampliar el debate podría ser el nutriente para enriquecer la discusión y de una vez por todas enfrentar una marabunta que amenaza con romper el estado de salud de un país. La Ley General de Salud considera 110 estupefacientes que se enlistan de la A a la T en el Artículo 234 de la referida Ley, valdría la pena una revisión para empezar a esclarecer la oscuridad en la nos encontramos.

¡Comparte la nota!