Punto de Vista

Mario Tassías

Cuando el sol apenas asomaba, el hermanito Agustín llegaba a Usumapa. Nunca regresaba a otras horas del día. Le gustaba caminar con la oscurana de la noche, decía que avanzaba más y con el fresco de las sombras. Las cientos de leguas bajo sus pies o las patas de su caballo, eran el registro como el de otros arrieros que andaban por caminos remotos. Usumapa que luego se llamó Las Ánimas, era un caserío de adobes u horcones con techo de teja. En las orilladas las viviendas eran de carrizo y lodo con techos de guano. La calle principal era parte del camino que venía de Chicoasén y salía para Tuxtla. Dos o tres calles más que terminaba a unos metros de haber empezado.

En el pueblo la niebla tenía constante presencia, tanto que alguien decía que debía llamarse pueblo de Las Neblinas y no Villa Allende como luego devino. La niebla traía frío y llovizna, no mucha para ser lluvia, pero no tan escasa como para no mojar. Subir y bajar también era una invariable consecuencia de un poblado fundado en bajada o en subida, según se vea.

Contaban que cuando la villa se llamaba Las Ánimas, algunas almas salían del purgatorio. Surgían en las noches de neblina con rústicas lámparas de mano o quinqué de petróleo. En el pueblo había muy poca luz eléctrica. La que llegaba de Bombaná era tan escasa que apenas daba para que los del centro lucieran uno o dos foquitos que proyectaban una luz amarillenta. Color de ausencia y desolación.

No había más comercio que la cosecha, de chayotes, plátanos, guineos y otras frutas y verduras que se vendían en la capital del estado, distante en tiempo y cercana en distancia. La gran ciudad se hallaba a solo 15 kilómetros de carretera de terracería, que el camión de carga y pasajeros recorría en poco más de una hora. Ya para entonces el pueblo se conocía como San Fernando.

El hermanito Agustín comerciaba sobre los lomos de su recua de mulas. No era el único, pero si uno de los más conocidos. Cuando no había carretera traía y llevaba de Chiapa de Corzo, San Cristóbal de Las Casas y Comitán, pero también de la costa. No obstante, lo que más le emocionaba eran esos caminos que le permitían traspasar las entrañas de otras comunidades allende el pueblo.

En su cuadrante mental, aparecían nombres como Las Maravillas de Berriozábal, El Naranjo o Agua Escondida de Tecpatán y por supuesto Quechula, muy cerca del Grijalva, antiguo reino zoque en la región del entonces gigantesco Mezcalapa. Era difícil saber donde terminaban los límites municipales. Lo cierto es que Las Ánimas, mucho antes, fue una propiedad con una extensión que en aquellos tiempos también abarco zonas de Ocozocoautla y Cintalapa. Una hacienda que el tiempo fraccionó hasta casi desaparecer.

De aquellos lugares, el hermanito Agustín mercaba cacao, café, maíz, frijol y otras semillas y algunos frutales, que luego vendía en el pueblo o de plano contrataba un camión para llevar a la capital. Era buen negocio. Una preocupación le asaltaba con frecuencia, decía que cuando el campo dejara de producir, o la tierra se agotara, las ciudades, sufrirían de hambre.

Han pasado un tiempo sin la presencia física del hermanito Agustín. Aquellos lugares que sus ojos miraron han desaparecido. El pueblo que amó se ha transformado. Hay problemas de espacio para la construcción de viviendas. Los caminos son parte de un crucigrama. La tierra requiere de altos costos para abonarla y fertilizarla y apenas produce. Las condiciones climatológicas son menos favorables. La producción ha descendido.

De aquellas noches de intenso caminar, solo la remembranza. Aunque el sonido de los cascos de su caballo Monarca, resuenan en las calles empedradas. Su recua de mulas pasta. Todas responden a su nombre propio. Se alertan a la voz del arriero. Su perra Dusay, inquieta mueve la cola. El hermanito Agustín emprendió el camino de la noche para, eternamente llegar al amanecer.

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