Punto de Vista

Mario Tassías

Entre ellas puede pasar cualquier cosa. Son tan apasionadas. No menos que los hombres, pero más expresivas, aún en el silencio. Un manjar digno de dioses, cuando no lo cocina el diablo, según Shakespeare. Cuando dos o más se unen en busca de un propósito por exagerado o incongruente que parezca ellas son capaces de crearlo. Como rivales en el terreno sentimental son extraordinarias. Por algo Napoleón decía que “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”.
No es mi interés discutir sobre el tema. Bastante se ha dicho y concluido. Suficiente para escribir la cantidad de libros que se pueda uno imaginar. Lo que ocurre es que hurgando sobre el tema del derecho aplicado en función del género femenino, encontré datos que son una joya.

El documento procede de “El Foro, periódico de legislación y jurisprudencia, primera época, tomo I, p. 110, julio de 1873, en la siguiente dirección de internet http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/hisder/cont/1/doc/doc12.pdf. Bajo el título “Jurisprudencia criminal” homicidio por celos, los abogados Ezequiel Guerrero Lara y Felipe Santamaría González, nos cuentan que: “La mujer… capaz de concebir al hombre… de ninguna forma lo ha igualado en crueldad; ayer como ahora, su incidencia en el delito ha sido esporádica, pero ello no ha sido óbice para estigmatizar a más y mejor, todo tipo de conducta negativa en la que pudieran incurrir las evas de nuestra tierra. Los celos transforman al ser humano en agresor… de ahí que no resulte difícil entender que la manceba prefirió matar a “la otra”

Contrario a lo que dice el Eclesiastés, la mujer no es amarga como la muerte, ni sus manos son cadenas, y muchos menos como red su corazón.

Llegados a este punto, los autores recrean una visión: Sobre la mesa de operaciones, un cadáver enteramente desnudo. Hace unas horas, ella era flor de este jardín. Sus datos están escritos en una hoja con membrete oficial. Su nombre. Su edad… Tenía diez y ocho años. Más bien baja de estatura. De cuerpo delicado, morena, de cabellos y cejas negras, ojos grandes negros, ya sin vida. El rostro mostraba una expresión de audacia y zalamería.

La infeliz muchacha tenía el cuerpo marcado por terribles señales. Una herida en el hombro izquierdo y otra en el vientre, indicaban el drama que concluyó con su azarosa vida, y aún después de muerta la justicia y la ciencia habían desgarrado su seno aún delicado y freso, para certificar la gravedad de las heridas mencionadas.

¿Cómo había sobrevenido este trágico epílogo, en una vida naciente apenas? ¿Qué había sido aquella mujer, que en el registro del hospital llevaba el nombre de Juana Villegas?

Los autores aclaran, por si hubiera necesidad de explicar, que Juana pertenecía a una clase de mujeres que no tienen marido, son libres como el aire: era una ramera, en la más triste acepción de la palabra. Y sin embargo, aquel cuerpo no había llegado a su pleno desarrollo, era todavía una niña. Un capullo abriéndose en el fondo de un lodazal. Gregoria Lozano la manceba que le asesinó, era otra fulana ofendida por qué su hombre prefería a Villegas. Un arrebato de celos, que fundado o no, se habían apoderado de su corazón. Fundados o no, tenía el derecho de tenerlos.

Llevado el caso al tribunal, el veredicto es de antología: Los jueces encontraron culpable a la asesina. El delito se cometió en riña. En despoblado. La culpable no tenía intenciones de matarla aunque portaba un cuchillo. A la comisión del hecho criminoso precedieron estímulos poderosos (celos) que produjeron un arrebato. La acusada no estaba en estado de enajenación mental. Ha tenido buenas costumbres. Fue provocada por la occisa. La provocación fue grave.

La amazona del puñal fue condenada no por un crimen, sino porque los celos la convirtieron en víctima de un arrebato.

¡Comparte la nota!