Alfonso Carbonell
¡Los valientes no asesinan!
Esta histórica frase que se cuenta pronunció Guillermo Prieto Pradillo (1818-1897), en la ciudad de Guadalajara cuando salvó la vida del presidente Juárez interponiéndose entre él y los fusiles de la guardia sublevada, bien podría reinterpretarse en los aciagos tiempos en que vive la nación mexicana, porque de alguna manera u otra, no al presidente sino al país entero ¡todos lo estamos asesinando! La desafortunada frase expresada por el presidente Calderón apenas el miércoles sobre su guerra declarada al narcotráfico, no puede ser menos infausta cuando miles de un lado y otro y al fin mexicanos todos, caen como margaritas deshojadas ante la incredulidad, pero igual, desesperanza e indignación de los mexicanos.
Sí, miles de muertos que militan en el siempre sórdido mundo del narcotráfico al igual que cientos de militares y miembros de las diversas policías que no atinan, siquiera, a dimensionar lo grave del asunto. Ah, y entre el fuego cruzado de los cuerpos de seguridad pública y los cárteles de la droga, sicarios y demás, la población inerme cae víctima de una estrategia fallida. Jóvenes como los recién masacrados en la reyerta callejera entre sicarios y fuerzas policiales en Monterrey, una vez más nos traslucen la ineficiencia y el grave riesgo de seguir por la misma ruta de combate.
Cuántos más inocentes deberán sumarse a la estadística que, de acuerdo al propio gobierno nos dicen que ¿vamos ganando la guerra? ¡Por favor! Pero ahí estamos todos inmersos en la perversa rueca del dejar hacer y dejar pasar para que todo permanezca igual. Gatopardismo puro: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Y si no, pregúntenles a los miles de deudos, a las madres y padres que han visto caer a sus hijos bajo el fuego de una guerra fratricida que, a tres años de declarada, parece no tener tregua menos fin.
Si los gobiernos de cualquier ámbito como en este caso el federal, no son capaces de procurarles a sus habitantes los mínimos márgenes de seguridad, la verdad, parecieran no tener razón de ser. Porque sin seguridad en sus bienes y personas, la sociedad no camina, no se desarrolla y no avanza. Se desespera e irrita.
Estamos, sin duda, ante la mayor encrucijada de la historia reciente de México y algo hay que hacer. No podemos, por salud pública ni mental, seguir bajo esta inercia de desaciertos envueltos de igual estúpidos estruendos mediáticos que al evidenciar lo obvio, insisto, la incapacidad mostrada para afrontar el reto del combate al narcotráfico por parte de la actual administración, conformándonos con baladíes señalamientos mediáticos, sesudos análisis de políticos y académicos seguidos de foros del más alto nivel intelectual. ¿Para qué?
Muchos hablan, dicen, tornan, refieren, critican, proponen un sinfín de fallas y otros tantos caminos alternativos. Y sin embargo y pese a ello, los muertos, muertos están. Que ya ni quien se acuerde de “las muertas de Juárez”, de los “mocha orejas”, de los grupos guerrilleros que por decenas se cuentan a lo largo y ancho del país. ¿La crisis económica? ¿Cuál? De los responsables del Fobaproa hoy IPAB ¿Hoy importan? Bueno y esto se los pongo de tarea a los priistas; ¿Quién o quiénes, autores material e intelectuales cegaron la vida de Luis Donaldo Colosio? En efecto, a nadie importan.
Ya de salida
¡Ah pero eso sí! Lo que hoy ocupa a la clase política nacional y local son las elecciones que en varios estados del país incluido el nuestro, que tendrán efecto en este 2010. La repartición del botín público a través de las gubernaturas en juego, diputaciones locales y presidencias municipales, ¡eso es lo de hoy! Y ahí los tiene desgarrándose las vestiduras por representarnos, por llevar nuestra voz y demandas en pro de nuestro bienestar y mejor estadio de vida. ¡Aja!
Ideologías, programas de gobierno, congruencia pragmática, lealtad, convicción, honorabilidad. ¡Por dios! Y cuando cito a Guillermo Prieto, un liberal comprometido con su patria contemporáneo de Don Benito Juárez García, quien junto con un Melchor Ocampo y el general Ignacio Zaragoza, por citar algunos, hicieron frente al ejército más poderoso de su tiempo, el francés, declarará éste último en el umbral de la batalla (esta sí) de Puebla el 5 de mayo; “nos superan en número en una proporción de cinco a uno pero nos asiste la fuerza, la razón y la valentía de los mexicanos; hoy nuestras armas se vestirán de gloria”.
¿No podremos, entonces, con esta misma convicción y fortaleza vencer a este enemigo que como vocifera Calderón es un “grupúsculo” de delincuentes?
¡Dónde estás Juárez, Prieto, Melchor, Zaragoza!
