Mario Tassías
Esa noche, mar adentro, se complacía un magnífico silencio. Aún el chapaleo del agua era ritmo respetando la callada presencia de la calma. A la distancia, el rumor de las olas cobraba otra dimensión. Quizá amanecía pero la luna llena recordaba que faltaban horas para que saliera el sol. Una corriente de aire cómplice hacía más sensibles a los cuerpos. A veces, no decir nada cumple otro tipo de comunicación. Como una virtud, el silencio fue cubriéndonos. La paz, es un aliado que jamás traiciona.
El sordo genial decía que si no es para mejorarlo, no hay que romper el silencio. El silencio los inquietaba. Más allá de la serena oscuridad el recorrido había empezado un poco tarde. En la costa, el sol se pone más temprano o es mucho más corto el día.
Decir algo en ese momento, era una provocación. Era sacrilegio interrumpir, oír el ruido de la naturaleza es más gratificante. Andar con sombra, o que la sombra se pierda en la noche es una fortuna. “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”. Profusamente hablantín entendí que manipular el silencio, es más difícil que manejar la palabra. En alguna clase comenté con los alumnos que en radio, el silencio también es ruido. ¿Qué es más bello que el silencio para romper su estructura?
El silencio se fue haciendo más pesado. Las gotas de agua resplandecían con la luz de la luna. Una nube densa de imágenes se agolpaba en mi cerebro. Es difícil encontrarse con uno mismo cuando no se toma en serio el momento de mutismo.
El silencio nos acerca, permite encontrarnos con nosotros mismos. De ahí deriva el conflicto. ¿Cómo saber cuándo es necesario hablar?
Si el cerebro está desconectado. De la boca puede salir cualquier cosa. Una estupidez también va cargada de energía y no mejora el ambiente. Las cosas bellas y también las que no lo son, del corazón proceden y pueden proyectar más que imágenes, pensamientos y emociones.
Aprendí a respetar a los seres vivos en el ZOOMAT, muchos cursos, algo se me quedó en eso de respetar el entorno. Ahora podía ponerlo en práctica. El calor frío de las olas, hacían más vaporosas las horas de la noche. Mi mano salía unos centímetros de la lancha. Era fascinante ver como las gotas de agua, se convertían en chispas de luz. Ruperto, el lanchero había apagado el motor. Mis compañeros de viaje a duras penas contenían las palabras. Sus gestos de admiración me hacían comprender que las sorpresas iban de menor a mayor. Finalmente llegamos, el cardumen nos esperaba. La luz de la luna nos sirvió de lámpara, es increíble ver cómo ¿duermen? los peces, la física pierde su nombre en el vacío, la masa de agua es energía contenida.
Prisionero de mi afán protagónico accioné la cámara. Quise mostrarme superior, inteligente, quizás prepotente, esa imagen no podía perderse. La tensión descendió.
Aquella noche en Chocohuital en Pijijiapan comprendí que ser discreto es mejor, preserva la vida íntima. Y a pesar de la llegada acompasada de las olas, en plena contradicción nocturna, el silencio fue un buen compañero. Me volví invisible o hice invisible a mis compañeros de viaje. La paz interna es difícil de alcanzar, pero cuando llega no compromete tan fácilmente. El silencio interno nos vuelve impasibles. Quedarse en silencio cultiva el poder de la majestuosidad de la naturaleza.
