Punto de Vista

Mario Tassías

Cuando el hombre salió de la vivienda con el hacha en las manos, Pati también se detuvo, retrocedió unos pasos. Por un instante clavó sus ojos en la escena y las uñas en el brazo de su acompañante. Frunció el ceño y apretó las mandíbulas esperando el golpe. Giró la cabeza hacia un lado. El tipo se veía resuelto. Alrededor suyo los mirones. Más de cinco, quizá diez. Todos pendientes del momento.
Eran casi las cinco de la tarde. El sol que apenas se asomó en la mañana, ya se había ocultado bajo una densa capa de niebla. El frío húmedo después de la llovizna había dejado un ambiente de entumecimiento. La bruma empezaba a descender. La calle principal enmarcaba a algunos transeúntes, hombres y mujeres trashumantes en un lugar donde las necesidades básicas no están satisfechas. El olor a leña quemándose. Fuego perdido en espirales de humo, hacían más sombrío el soplo de vida que aún respiraba con dificultad. A estas alturas la respiración se entrecorta, exhalar intermitentemente tenía un anuncio de muerte.

Pati, Rosita, Memo, Juancho y Gamaliel, trabajaban temporalmente en el lugar. Eran parte del cuerpo operativo para los diálogos de San Andrés. En un receso, habían salido a dar un paseo muchas veces pospuesto. La idea era que después de la comida había que caminar para hacer digestión. Otros compañeros de trabajo había sugerido el recorrido. Llegar hasta la parte más alta del pueblo para observar la cañada, decían, era parte de un espectáculo dispuesto con esplendidez por la naturaleza.

Ahora no era el tiempo propicio para ser espectador pero, había que recorrer la distancia, por lo menos para conocer el lugar y regresar cuando las condiciones del clima lo permitieran. El cerro de la Guadalupana, se localiza a unos pasos del centro del pueblo, con la iglesia como punto de referencia. Nada más hay que subir la pendiente. El bosquecillo de pino-encino y el olor a juncia le dan aroma de tranquilidad al lugar. Ver aquello que los compañeros comentaban, despertaba por lo menos, la curiosidad.

Los cinco habían tomado el rumbo correcto. Salir del salón de juntas a la calle. Doblar a la izquierda y caminar tres o cuatro cuadras para empezar el ascenso, doscientos metros a lo sumo y llegar a la cumbre. Ahí se levanta una ermita. El atrio está dispuesto con bancas para descansar y observar los diversos tonos de verde, azul y gris, y esperar la puesta de sol. Compañeros ya tenía capturadas algunas imágenes que comprobaban que valía la pena caminar.

Lo que los otros no habían dicho es que a cada paso, literalmente aguardaban las sorpresas. Sobre todo para quienes han vivido en la ciudad y en ocasiones no son capaces de distinguir un caballo de una yegua, un toro de una vaca. O no entienden cómo con el clima del altiplano central, templado húmedo, a 2,200 metros sobre el nivel del mar, caminan niños con pies descalzos. Niñas mujeres con niños que sustraen del seno materno lo que queda de anemia. Hombres y mujeres cubiertos con harapos.

Sakamch’en, es un nombre que la gente acostumbrada al cibersepacio recuerda. La antigua Istacostoc, fue escenografía de un acontecimiento que movilizó a miles de periodistas de todo el mundo, a delegaciones de diputados y senadores, de funcionarios federales, y de los otros dos niveles de gobierno, dicen los burócratas. Lugar donde se magnificó el concepto de “sociedad civil”, todos en torno a un conflicto con hombres y mujeres cubiertos del rostro con pasamontañas. Reclamando mejores días para los indios de México. Ahí donde la miseria contradice las razones.

El hombre blandió el hacha y asestó el golpe. Se produjo un sonido sordo, seco, mortal. Un pujido inundó el ambiente. Un extremo del lazo atado a un poste se tensó. La vaca cayó fulminada. El hachazo le partió la frente en dos. En la calle central, se había llevado a cabo el rutinario sacrificio. A la mañana siguiente en San Andrés, hubo carne fresca de res.

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