Mario Tassías
Cuando don Santiago, que entonces tenía 22 años, le dijo al sacerdote que un católico demuestra su convicción venerando a la virgen de Guadalupe, el clérigo le contestó que en primer lugar, ni él mismo se reconocía católico y la guadalupana es todo para millones de mexicanos, es cierto, pero el catolicismo es algo más.Don Santiago es de los hombres, que al igual que muchas mujeres, desde hace muchos años, tantos que no recuerda el número, trabajan 364 días al año y esperan con emoción el 12 de diciembre. Realizan cualquier cantidad de cosas con la finalidad, como en su caso, de allegarse recursos y sumarse a la peregrinación en su pueblo.
Su nieto Rodrigo, hoy va a cumplir 7 años y es el más pequeñito de los peregrinos que apenas si puede sostener entre sus manos “la antorcha guadalupana”.
El mechero no pesa mucho, pero el chaval se esfuerza mucho más que los jóvenes y adultos que forman parte de la procesión. Su sonrisa es contagiosa. Sentirse arropado por sus compañeros le hace decir que se siente bien. Sonríe nervioso cuando se le pregunta sobre su estado de salud. Sus pies con ampollas, ya muestran el costo del camino. Su carita enseña los efectos del sol. Su cabello despeinado coronado por un paliacate muestra el polvo de la ruta. Faltan como 7 horas o más, de un trayecto de tres días desde San Cristóbal de Las Casas hasta Huitihupán.
Anteayer llegaron a Ocosingo habían recorrido los primeros 100 kilómetros. Anoche, igual que el día anterior, durmieron en el atrio de la capilla de la Iglesia. Ahora en Yajalón. Para entonces ya suman 111 kilómetros más. A la una de la tarde, Rodrigo corretea alrededor de la cruz enfrente del templo, en tanto sus compañeros reflexionan. Ingieren sus alimentos y se acicalan o descansan a un lado del atrio de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de Sabanilla hoy han sido sólo 38 kilómetros aunque la carretera ya tiene más tramos de terracería. Minutos antes el párroco, les ha bendecido. Les ha alentado, les ha esparcido con agua bendita. En este momento celebra con ellos. Comenta las incidencias del camino. Socializa con los caminantes. Falta poco para reemprender el camino. Hoy el sol es benigno. Don Santiago, ahora de 60 años y quizás el de más edad en el grupo, les conmina a dar el último jalón, “vamos a llegar como las once de la noche” informa. “Pero una vez más habremos cumplido”.
Don Santiago, al igual que muchos sin nombre, se suma a los millones de mexicanos que desde cualquier punto de sus pueblos, recorren distancias, a veces insospechadas.
La satisfacción se compensa con estar un momento a los pies de la Virgen de Guadalupe, agradecerle por sus favores y renovar su fe. Esa fe que ya no es ciega porque tiene la luz de Dios, como afirma un cartel al frente de una camioneta en el camino Petalcingo- Sabanilla.
Para esos millones de personas, alimentar el espíritu tiene que ver con su situación personal. Muchos son analfabetos, no escuchan radio ni ven la tele. Son seres que le apuntan a lo espiritual ante la ausencia de líderes terrenales y que hoy suplican o agradecen a la imagen del Tepeyac.
A su edad, don Santiago, ya no está interesado en averiguar si ser católico es sinónimo de guadalupano. Hoy igual que en los años anteriores, vive con el fervor de seguir andando los caminos para llegar a postrarse ante su reina.
