Mario Tassías
Si las mujeres circulan en nuestra sangre, qué otra cosa podemos hacer sino apreciarlas.
Es decir, quererlas, estimarlas, respetarlas, amarlas, reputarlas, considerarlas, distinguirlas. Ellas son nuestra luz. Nuestro sol. Nuestro día. Negarlo es absurdo. Ellas siempre han estado ahí. El mundo sería cojo, si faltaran. Sencillo, sin ellas no habría mundo. De ese tamaño es la trascendencia.
“No se nace sino que se deviene mujer”, decía la intelectual francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Desde esa perspectiva, es el paso del tiempo el que convierte en mujer a una hembra. Aunque esto podría ser la excepción y no la regla.
Es ese sagrado tiempo que oscila entre lo incierto y la certeza. Lo que fortalece en experiencia a la mujer. Afortunadamente ser mujer es un camino. Al menos eso dicen quienes allanado el pasaje, han encontrado la madurez. No aquella que antecede a la ancianidad, sino esa que las vuelve excelsas. Suponer que una mujer es madura e inmadura, es enclaustrarla en un círculo exageradamente pequeño para su grandeza. Hay quien se atreve a clasificarla como a lista de mercado. Es una broma de mal gusto.
Dicen por ejemplo, que la diferencia entre las mujeres inmaduras y las mujeres maduras, estriba en que las inmaduras quieren controlar al hombre en sus vidas y las maduras saben que si el hombre es realmente suyo, no hay necesidad de control.
Señalan que las inmaduras monopolizan el tiempo de su hombre; las maduras se dan cuenta de que un poco de espacio, hace del tiempo juntos, algo más especial. Suponen que las mujeres inmaduras pelean por un hombre. Las mujeres maduras se ganan el amor y respeto de los hombres.
Las mujeres inmaduras no perdonan y se castigan y castigan por el rencor; en cambio, las maduras perdonan, ofrecen su hombro y metafóricamente un pañuelo. Las inmaduras tienen miedo de estar solas. Las mujeres maduras conocen la diferencia entre vivir sola y vivir en soledad; y ésta última no suele ser su compañera.
En la acometida hacia las comparaciones dicen también que las mujeres inmaduras ignoran a los buenos hombres, ¡ni siquiera los saben reconocer! Las maduras ignoran a los malos, ¡los olfatean de inmediato! Las mujeres inmaduras lastimadas por un hombre, hacen que todos los hombres paguen por eso. Las maduras saben que fue sólo un hombre y nada más. Las inmaduras se “enamoran” y persiguen sin descanso a los hombres. Las mujeres maduras saben que algunas veces el hombre a quien aman les corresponderá, y si no, continúan su camino sin rencor.
Las mujeres inmaduras buscan hombres que les llenen espacios y carteras.
Las maduras saben que pueden aportar valor a la vida de un hombre y esperan de él lo mismo. Según esta clasificación, son inmaduras, las que al terminar una relación de pareja, no quieren saber más de él, prohíben que se los mencionen, les cuelgan el teléfono, fingen que lo han superado, cuando sólo están llenas de dolor y despecho. En cambio las maduras no tienen mayor conflicto en convertirse en una amiga ocasional de quien fue su pareja, lo saludan, le sonríen, son amables; saben que sólo fue una experiencia más en su vida y siguen adelante. Realmente, sin falsas posturas, saben superarlo.
Así de simple o más complejo. Sigmund Freud (1856-1939) lo resume así: “La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?” Y en el querer se va la vida. Porque es condición femenina que cuando ellas quieren se puede todo y cuando ellas no quieren, quizá no sea imposible pero es más o menos nada.
