Mario Tassías
La conclusión preliminar es muy simple y curiosamente científica: hubo pánico infundado. La ignorancia es atrevida y cruel, y busca compañía, dice un refrán español.
El pánico se emparenta con el horror, con el miedo, el terror, el espanto, el pavor, la fobia. Se produce “por la amenaza de un peligro eminente y con frecuencia colectivo y contagioso”, dice el Diccionario de la Real Academia.
La revista médica The Lancet en su página http://www.thelancet.com/ bajo el titulo “Monitoring H1N1” informa cómo se manejó la alerta causada por el brote de gripe porcina “…algunos gobiernos y organismos actuaron con lentitud, otros exageraron la respuesta, pero en general quedó demostrado que el mundo está mejor preparado hoy más que nunca para manejar una pandemia” resume en un reportaje la cadena BBC de Londres en su portal BBC Ciencia http://www.bbc.co.uk/mundo/ciencia_tecnologia/
Entre el 16 y el 24 de abril, tanto la Organización Panamericana de la Salud (OPS) como la Organización Mundial de la Salud (OMS) supieron de la presencia del virus, en más de 20 países de América y Europa. Aunque desde marzo había sonado la alarma en México.
Suficiente se ha hablado y escrito sobre el tema. Comparto la preocupación por la facilidad con la que caemos en emociones que golpean nuestra inteligencia. Esos estados de ánimo que luego no encuentran explicación en el terreno de la lógica. Pero que causan daños en nuestro comportamiento.
Provocan que los abusivos se aprovechen. Que los ignorantes sufran. Que los despropósitos, se cumplan. Que surjan especialistas de todo, expertos en manipulación. Negociantes mediáticos.
En el caso que nos ocupa The Lancet cuestiona: “En algunas regiones surgió el pánico: con la matanza de cientos de puercos en Egipto, la restricción del comercio porcino, la distribución indiscriminada de mascarillas, el uso de imágenes térmicas en aeropuertos”.
Los chinos exageraron los límites al “poner en cuarentena a viajeros mexicanos”. Pánico elevado a la máxima potencia.
Los expertos en manipulación saben que por el efecto de la resonancia mórfica pueden alcanzar sus dislates.
En el portal de Letras Libres http://www.letraslibres.com/ hay una referencia titulada “Un diario desconocido del año de la peste”. El artículo refiere: “1918 fue un año catastrófico para México. Charles C. Cumberland, en su crónica sobre el contexto del constitucionalismo, lo nombró “el año del hambre”; escasearon alimentos y abundaron estériles cosechas, desolación y bandidaje. A la crisis del campo y la veleidad de las autoridades se sumó la propagación de la epidemia conocida como “la influenza española”, originada en un fuerte de Kansas, que estragó al mundo a partir de marzo de 1918”.
Visto a la distancia todavía cercana, ese y otros relatos, deberían movernos a reconocer que, las medidas sanitarias nos evitaron un mal de mayores proporciones. El pánico, sirve para nada, cuando se trata de responder a un problema en extremo.
No es temprano para saber en qué medida la contingencia rompió nuestro ritmo de vida. Alteró nuestro quehacer cotidiano. Mostró otra cara de la relación con nuestros semejantes. Le permitió a muchos conocer de la solidaridad. En los momentos de crisis es cuando se conoce a los amigos, dice un adagio popular.
El pánico no conoce de razones. Sus motivos no tienen que ver con la lógica. Son emociones encontradas en el universo del cerebro que ordena determinada conducta. El miedo, es mal consejero, confunde el pensamiento y modifica el accionar.
Mucho más allá de lo ocurrido en estos últimos días. Es menester detenerse un minuto para replantearse los objetivos personales, de familia, como sociedad. En otros terrenos, el panorama está nublado. No debemos quedarnos sentados a esperar que las cosas cambien. Nada será igual luego de lo acontecido. Alguna enseñanza nos habrá dejado la contingencia. Y es ahí donde radica el peso de lo que hagamos a partir de entonces.
Es deseable, que las tinieblas de nuestra ignorancia no oscurezcan más el camino. En el breve trayecto de nuestra existencia, vamos a enfrentar otros fenómenos de igual o mayor magnitud.
Si sabemos de la vulnerabilidad de la vida. Estar preparados es una necesidad. Es obligatorio, por nuestra propia seguridad y el de nuestras familias. Decía Confucio: “Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes”.
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