MARIO TASSÍAS
El camino de la administración en México ha sido serpenteado por contradicciones que si no tuvieran algo o mucho de razón serían bizantinas.
Lo cierto es que demasiado cerca de la primera década del tercer milenio, las discusiones en torno a sí la administración debe ser principalmente práctica o científicamente académica, siguen casi al mismo tono de como empezaron hace ya más de diez años a partir del último decenio del siglo pasado.
Opiniones van y puntos de vista vienen, tratando de establecer desde muchos ángulos, pero principalmente desde estos dos, cómo deben administrarse las organizaciones en México.
Acaso la influencia del vecino del norte y nuestros conocidos allende el mar, han marcado la pauta a un ritmo al que no estamos acostumbrados, o es que perdiendo las perspectivas; los mexicanos en particular y los latinoamericanos en general, nos hemos olvidado que el enfoque se queda corto sino globalizamos nuestros procesos para interactuar en un mundo que está al alcance de la mano, olvidándonos que es la administración la que tiene el encargo de mantener y desarrollar la capacidad generadora de riqueza
Los administradores deben tener presente que la conducta humana es un conjunto de acciones con que un ser vivo responde a una situación determinada y que no pueden hacer tabla rasa con las acciones derivadas de una raíz familiar diversa. Deben saber que más allá de controlar conductas, administran seres que tienen sentimientos, que al final de cuentas tienen potestad de obrar por reflexión y elección, pero también por el apetito, el antojo o el capricho, que al final determinan el funcionamiento de cualquier tipo de organización.
Si a lo anterior sumamos la escasez y desgaste creciente de los recursos materiales, la dificultad de hacer compatibles los objetivos organizacionales por la disparidad de las ideas y los valores individuales y grupales, la urgencia de las expectativas y necesidades de los miembros de las organizaciones, el asunto adquiere otra dimensión.
A eso hay que agregar la fiera competencia por los recursos y la urgencia de mejorar la productividad y la calidad de las actividades productivas, la turbulencia de los acontecimientos sociales, económicos, financieros, tecnológicos, culturales, psicológicos y la tarea de efectividad y eficiencia de lograr los objetivos entre otros muchos.
El planteamiento corresponde a una selva inescrutable, la solución no parece fundamentarse en una simple receta médica, requiere de teoría y práctica al servicio de lo que algunos especialistas llaman la era de la sabiduría.
Si las organizaciones están hechas para satisfacer las necesidades humanas y no hay ninguna otra razón para su existencia, el administrador debe impregnarse de las metas y principios más elevados, respetar a las personas, celebrar sus diferencias. La autoridad moral es grandeza primaria. La autoridad formal o posición de poder es grandeza secundaria, cuando se usa como último recurso. No se puede administrar si no se tiene fortaleza moral y de carácter.
La administración en México tendrá un encuentro de altura cuando los administradores que tienen el poder de transformación mezclen humildad personal con voluntad profesional, esto es una paradoja pero si son tímidos y agresivos, prudentes y audaces, quizá no se resuelva el problema de la humanidad pero estaremos contribuyendo a administrar mejores organizaciones. Si es que los diputados antes no las toman por asalto.
