PUNTO DE VISTA

MARIO TASSÍAS AQUINO

Cuando saboreas una tasa de café en condiciones normales, no es fácil imaginar cuánto trabajo hay detrás para llevarlo a tu paladar. Hay quienes dramatizan expresando que el café que consumimos, especialmente en Chiapas está cargado de sangre, sudor y lágrimas de los más humildes productores del grano.
Más allá del efecto que causa en tu intelecto. El aroma, el cuerpo, el deleite de su condición de bebida refrescante e hidratante, consiguen que el café cierre un círculo de placer.

Pruebas del Instituto de Estudios Cafeteros de la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee, Estados Unidos de América, que cuenta con reconocimiento en todo el mundo como centro de excelencia en estudios académicos, ha determinado que “el café, consumido con moderación (de 2 a 4 tazas al día), no sólo no es malo, sino que puede ofrecer algunos beneficios para la salud. El café tiene cientos de compuestos y uno de los descubrimientos más apasionantes es el de la cantidad considerable de antioxidantes que contiene el grano de café”. Está comprobado que los antioxidantes contribuyen a atenuar el peligro de contraer enfermedades del corazón y cáncer.

Distante del efecto discursivo, el café es uno de esos fenómenos comerciales paradójicos, si tomamos en cuenta que es un fruto que genera millones de dólares, en los grandes empresarios, altos porcentajes de ganancias para quienes procesan el grano y para aquellos que expenden en cafeterías, comparada con la miseria de quienes en condiciones lamentables de atraso social se esfuerzan para que una planta produzca.

El panorama se ensombrece cuando el que fue en un momento llamado “oro verde”, ha perdido su valor para los pequeños productores que vieron pasar, a lo mejor sin enterarse, tiempos mejores, y que debido a sus circunstancias no se subieron al tren de la tecnología que les rebasó y en algunos casos, les pasó por encima. Ahora son aquellos campesinos que ante la necesidad tuvieron que comercializar con coyotes que les esquilmaron, que abandonaron sus parcelas, que al carecer de asesoramiento técnico en el proceso de producción, beneficiado, industrialización y comercialización optaron por otras ocupaciones que creyeron más redituables. Tuvieron el tesoro en las manos, pero no encontraron alternativas para ver que hacer con el.

Por si fuera poco, resulta que los mexicanos somos malos consumidores de café, por lo que las ganancias que el grano podría producir en el solar patrio, también es exportable, si tomamos en cuenta que apenas alcanzamos 0.75 kilogramos por persona al año, demasiado poco si consideramos que el beber café nos viene de tradición, una costumbre no tan arraigada como en otros países que no lo producen como Finlandia, Suecia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Alemania y Estados Unidos que saben más que nosotros del goce y del placer de una variedad interminable de formas de preparación del aromático grano.

Hacer cuentas de lo que produce el café en Chiapas, no es asunto de menor cuantía, solo para ejemplificar; baste decir que durante el ciclo 2006/2007 se produjeron 1, 662,370.60 quintales que redituaron 116, 237,060 de dólares 22, 904,322 jornales con un valor de 1, 145, 216,100 en pesos, producto de las regiones de Copainalá, Ocozocoautla, San Cristóbal, Comitán, Ángel A. Corzo, Bochil, Pichucalco, Ocosingo, Palenque, Yajalón, Motozintla, Mapastepec y Tapachula, según datos proporcionados por el Diputado Anuario Luis Herrera Díaz, Presidente de la Comisión Especial del Café de la Cámara de Diputados.

La incongruencia es más evidente porque esos ingresos repercuten en el campo y en los hombres y mujeres que en el caso del café son en Chiapas, quizá un millón de personas si contamos que existe un censo de 175,677 productores cabezas de familia que laboran en 243,663 hectáreas.

Una taza de café bebida con placer, esconde en su bouquet muchas historias. Leyendas como aquella del pastor etiope que vio enloquecer sus cabras que se alimentaban de la fruta de un arbusto. De fábulas como aquella que dice que el islam la adoptó como bebida llamándola “el licor de Mahoma”. De tradiciones que hablan de hombres y mujeres que en lo alto de las montañas, bajo la espesura que producen las sombras de los árboles que custodian el cafeto, se niegan a dejar el cultivo.

Es a los cultivadores a los que hay que transferir las nuevas tecnologías, impulsar un desarrollo integral que mejore la economía y disminuya el subsidio paternalista. De no actuar así y pronto, se seguirán desarrollando otros mercados allende nuestras fronteras. Los grandes comercios del café que hoy sirven millones de tazas en el mundo y cuyos beneficios no llegan a los que sangran, sudan y lloran para que disfrutemos de algo más que un momento de placer, con aroma de mujer.

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