Alberto Aziz Nassif
Las apariencias indican que la próxima elección del presidente del PAN puede ser un paseo dominical; sin embargo, hay indicios de una tormenta interna. ¿Cómo será la elección del próximo dirigente del PAN?
La elección del líder panista empezó a ser de interés público a medida que ese partido dejó de ser la “oposición fiel” y se convirtió en el nuevo partido gobernante. Lo que ya se sabe ahora es que hay al menos dos tendencias, grupos o proyectos, que se disputan la presidencia del PAN.
Hasta la fecha se conocen dos precandidatos que han expresado abiertamente que quieren el puesto: Germán Martínez Cázares, ex secretario de la Función Pública y gente muy cercana a Felipe Calderón, es la carta oficial del grupo en el poder presidencial. Del otro lado, hasta la fecha, se ha lanzado Gerardo Priego Tapia, diputado originario de Tabasco, actual secretario de vinculación del Comité Ejecutivo Nacional y ubicado como un hombre cercano a Manuel Espino, actual líder panista. De pronto, puede surgir una tercera opción.
Los consejeros nacionales, los grandes electores, suelen dar sorpresas porque, bien a bien, muchas veces resulta complicado conocer los consensos y preferencias mayoritarios, lo cual implica que los candidatos fuertes en la opinión pública no necesariamente son los que obtienen la mayoría de los votos, como sucedió con en la última sucesión, cuando Carlos Medina Plascencia se veía como el candidato más fuerte, apoyado por la élite del panismo, pero perdió frente a un personaje oscuro, un operador interno que se llevó la mayoría de los votos hace ya casi tres años.
En 2005 la derrota del ex gobernador de Guanajuato se leyó como la pérdida del grupo doctrinario más tradicional frente a los grupos más derechistas asociados con el famoso Yunque. Esa derrota de Medina Placencia, que era apoyado por tres precandidatos a la candidatura presidencial (Barrio, Cárdenas y Calderón), se leyó como una victoria de los grupos que apoyaban a Santiago Creel, que contaba con el apoyo de Vicente Fox, el hoy ex presidente en desgracia por asuntos de corrupción.
La batalla de ahora se ubica como parte de la lucha que se ha dado entre el partido y la Presidencia de la República, en la que Manuel Espino y Felipe Calderón han protagonizado varios desencuentros y abiertos enfrentamientos, porque el líder panista actual pertenece a un grupo diferente al que gobierna desde Los Pinos. En esa lógica, la estrategia del calderonismo para recuperar la presidencia del partido movió su ficha principal y ubicó a Germán Martínez en la pelea. La respuesta del otro grupo fue mover a una ficha de menor peso para cubrir el expediente, y al mismo tiempo, adelantar la fecha tres meses para hacer la elección.
Hasta hace unos días la estrategia parecía avanzar sin mayores problemas: Martínez como el candidato de Los Pinos y Priego como una carta para cubrir el expediente. Pero el pasado 16 de octubre Manuel Espino lanzó una especie manifiesto, un artículo en EL UNIVERSAL, y declaró prácticamente la guerra a sus adversarios. Pudo haber sido sólo para calentar el ambiente, para apoyar a su candidato Priego, pero también se leyó como expresión de que Manuel Espino había decidido buscar la reelección. Sin embargo, ayer en la mañana, en un noticiero de televisión, Espino afirmó que no buscará reelegirse, quizá porque calculó su derrota.
De todas formas, su artículo del 16 de octubre no tiene desperdicio, es una pieza de retórica política, un discurso político abiertamente maniqueo, que hoy se puede leer como su acta de defunción al frente del PAN. Prácticamente tiene un solo objeto ideológico: ellos contra nosotros, pero abunda en adjetivos para descalificar a sus adversarios. Por si alguien tenía dudas o minimizaba el conflicto entre los grupos panistas y entre el actual jefe del partido y Felipe Calderón, este texto deja en claro que hay una guerra, dos proyectos y dos fuerzas en la búsqueda del control partidista.
En el discurso, Espino construye a sus adversarios como “enmascarados” de una posición de “centro liberal”; la bandera de Martínez es la de regresar al PAN al centro. La descalificación logra hilar hasta cinco adjetivos seguidos: “facciosos, radicales, mezquinos, fanáticos e intolerantes”. Acusa a esos personajes, “funcionarios públicos federales”, de haber traicionado al panismo y reproducir el “viejo estilo PRI”. Usa un lenguaje extremo en su llamado: “apostar la vida en un esfuerzo serio y valiente”.
Si Gómez Morín, la figura liberal del panismo, leyera este texto, probablemente le daría un infarto. También hay confusión en la escritura de Espino, como cuando equipara a sus contrincantes con Martín Lutero, es decir, con rupturistas; o cuando afirma que hay que “retomar la causa más allá del proyecto”. Sin duda, Espino puede citar a Gómez Morín, pero su corazón late con el ritmo y los olores cristeros, a pesar de ser un panista norteño. En el entramado de su lenguaje Espino devela su adscripción ideológica, como un político completamente ubicado en la derecha extrema, esa que no le importa vincularse con los pinochetistas en Chile o los herederos del franquismo en España.
Mañana 24 de octubre se abre el registro de candidatos, proceso que se cierra hasta un mes después, el 23 de noviembre, lo cual abre un espacio para que se modifiquen las dos ofertas iniciales, Martínez contra Priego. Esta renovación del panismo puede generar fuertes tensiones internas, que sólo serán moderadas mediante el respeto a las reglas y, sobre todo, una actitud más o menos incluyente del ganador. A estas alturas ninguna de las dos están garantizadas, incluso ya han empezado los reclamos por el apoyo del gobierno de Calderón a su candidato.
La sucesión panista anuncia tormentas, porque se trata de una lucha abierta por el poder entre dos proyectos de partido que se han polarizado en el curso de los últimos años y meses. Pero, independientemente del resultado, el panismo seguirá en la experimentación, hasta ahora desafortunada, de ser un partido gobernante que no ha encontrado su nueva identidad. El PAN al frente del gobierno federal ha extraviado sus viejos impulsos para consolidar la democratización del país y se ha sumergido en un pragmatismo de derecha poco democrático y muy intolerante.
Investigador del CIESAS
