Demetrio Sodi de la Tijera
Hace unos días comparaba la Encuesta Mundial de Valores, que realizó la Universidad de Michigan (1999-2002), en la que México aparece como el segundo país con mayores niveles de felicidad entre su población, con los resultados del reporte de Desarrollo Humano de Naciones Unidas del 2006 en el que aparecemos como uno de los países con mayores niveles de desigualdad entre ricos y pobres, donde uno de cada cuatro mexicanos sobrevive con menos de dos dólares diarios, el analfabetismo entre los adultos es del 9%, el gasto en salud es muy bajo con relación a otros países de América, y 8% de los niños presentan desnutrición y bajo peso.
No es fácil explicar cómo, a pesar de las carencias que enfrenta más de la mitad de la población, la mayoría de los mexicanos dicen ser felices. Según la encuesta, somos más felices que los estadounidenses, canadienses, franceses, daneses, y que la población de cualquier país desarrollado. No sólo somos felices, sino que según la encuesta, vivimos satisfechos con los niveles de bienestar que tenemos.
Existe, según uno de los promotores de la encuesta, algo así como un factor latinoamericano que tiene que ver con la familia, las amistades profundas y el entorno, que nos hace, a pesar de las limitaciones económicas y de bienestar, más felices que pueblos de naciones desarrolladas con niveles de ingreso y bienestar muy superiores a los nuestros.
El que vivamos felices es sin lugar a dudas un gran valor nacional que hay que cuidar, pero por otro lado es muy preocupante que la gente acepte y no se sienta infeliz ante la desigualdad, pobreza, falta de oportunidades, mala calidad de los servicios y corrupción del gobierno y los funcionarios públicos que sufre.
No es posible, por ejemplo, que en la ciudad de México no protestemos con mayor fuerza contra la inseguridad, el narcomenudeo, los bloqueos y marchas, el pésimo transporte, el deterioro de las escuelas públicas y la falta de agua en varios lugares, sobre todo en Iztapalapa. No es posible que los mexicanos aceptemos la falta de empleos y salarios de calidad, los pésimos servicios públicos, la inseguridad en las calles y la corrupción y malos tratos de los funcionarios públicos.
No es posible que aceptemos la crisis de calidad que tiene la educación pública y que los padres de familia no puedan participar y exigir en las escuelas mayor calidad y compromiso de los maestros y el gobierno. No es posible que sigamos aceptando la corrupción y abuso que hay en la dirigencia del sindicato oficial y los radicalismos de la disidencia. No es posible que nuestros hijos, los padres de familia y los maestros sean rehenes de un sindicalismo que ha dado al traste con la educación pública del país.
Qué bueno que seamos felices, pero el país no saldrá adelante si seguimos conformándonos con malos gobiernos y con funcionarios preocupados sólo por su futuro político y en lugar de por servir a la gente. México no va a salir adelante mientras no acabemos con la corrupción de la mayoría de los políticos.
Somos un país que podría garantizar en el corto plazo niveles de vida digna a toda la población, pero para lograrlo se requiere una ciudadanía más inconforme y rebelde, menos sumisa y resignada. Se requiere una población más activa y demandante, que se involucre en los asuntos públicos y exija espacios para participar en las decisiones del gobierno.
Qué bueno que seamos felices, es un valor que no hay que perder, pero si queremos progresar, es urgente dejar atrás el conformismo que paraliza, es urgente, por lo tanto, dejar estar “jodidos pero contentos”.
demetriosodi@hotmail.com
Analista político
