Rodolfo Echeverría Ruiz
Combatir y erradicar a esa ver-güenza nacional encarnada en la miseria y en la marginación de la mayoría de los mexicanos es la primera tarea moral, política y económica de la República. Y ese inmenso trabajo colectivo no podrá efectuarse sólo al amparo de los ensalmos de la buena fe ni, mucho menos, con un puro espíritu caritativo o misericordioso.
No desdeñemos los esfuerzos de los gobiernos mexicanos encaminados a reducir o, al menos, contener el crecimiento de la pobreza, pero sus empeños han sido tan heroicos como ineficaces. Esa angustiada preocu-pación no rendirá frutos tangibles mientras se ignore a una de nuestras trágicas realidades cuya persistencia esteriliza una parte muy considerable del magro dinero público. La dispersión demográfica es correlativa a la dispersión del gasto.
Son muchas las causas estructurales de la miseria prevaleciente en los estratos mayoritarios del país. Hoy me refiero a una de ellas, acaso la más grave y notoria en mi concepto: nuestra atroz dispersión demográfica.
Vierto con literalidad los siguientes, sobrecogedores datos ofrecidos por el INEGI en 2005: en el país existen 187 mil 938 localidades con viviendas habitadas. De éstas, cerca de 185 mil (98.3%) tienen menos de 2 mil 500 habitantes. En esos lugares vive 23.5% de la población del país. Lo anterior muestra el carácter disperso de las localidades y la atomización de nuestro mundo rural.
No alcanzarían todos los recursos financieros del mundo para dotar de servicios mínimos de agua y drenaje, comunicaciones y empleo, escuelas y hospitales, alimentación, cultura y recreación a tan desperdigadas minialdeas. Añadamos la imposibilidad fáctica de apoyarlas cuando son víctimas de los desastres naturales.
Es imprescindible discutir un proyecto nacional redensificador de nuestros asentamientos humanos. De ese modo, los tres elementos constitutivos del Estado —población, territorio, gobierno— establecerían una suerte de racional sincronía. De manera legal y democrática es inaplazable diseñar un nuevo vínculo entre los mexicanos y su territorio.
Encarar el problema de la dispersión demográfica de modo resuelto y organizado es condición sin la cual cualquier programa de desarrollo tropezará inevitablemente. No podemos derrochar —así sea con la mejor buena fe— los escasísimos recursos disponibles en esfuerzos loables pero infértiles: es urgente la redensificación territorial de México con arreglo a criterios de estricta justicia y a planteamientos concebidos con rigor técnico pero ajenos a la desaprensiva simplificación tecnocrática.
Es preciso adoptar una política demográfica inductiva capaz de atraer a los mexicanos dispersos hacia un número limitado de centros de población para los cuales sea factible proporcionar mínimos de bienestar.
Ese plan de largo alcance debe dialogarse, desde luego, con los propios afectados y con los sectores neurálgicos de México: organizaciones sociales y no gubernamentales; universidades y centros de investigación; urbanistas y demógrafos; financieros y empresarios; y, por supuesto, en el Congreso de la Unión. Pienso en un verdadero programa nacional capaz de comprometer el entusiasmo solidario del país entero.
Puestos de acuerdo en lo esencial, todos los mexicanos participaríamos de manera resuelta en la compleja operación de una gran empresa colectiva, gigantesca pero posible, de cuyo éxito dependerá la erradicación legal y democrática, paulatina, es verdad, pero efectuada de manera consistente y sistemática, de uno de los más severos problemas nacionales a partir del cual se derivan en buena medida los demás.
Analista político
