Raúl Cremoux
Por supuesto, la reforma electoral es insufi-ciente. No está ahí la eliminación de los plurinominales como tampoco la posibilidad de la segunda vuelta o la reelección de diputados y senadores. Hubiera sido deseable la elaboración de un calendario de ajuste para disminuir los 70 procesos electorales que se dan por sexenio.
No está completa pero la recién aprobada reforma contiene una muy buena parte de las exigencias ciudadanas externadas desde hace años. Recoge los asuntos más notables expresados en los foros de consulta a donde acudieron grupos de estudio, organizaciones civiles e individuos concretos pertenecientes a la academia y el periodismo.
Contiene el derecho de réplica que obligará al cuidado y al rigor de quienes tienen un micrófono en la mano; disminuye conside-rablemente los tiempos de las campañas electorales; regula las llamadas precampañas; vuelve transparente el ejercicio económico de los partidos políticos; y, de manera enfática, baja notablemente el gasto monumental de la comunicación política y propagandística.
No tiene el alcance de las democracias de vanguardia, concretamente las europeas, en donde los programas, ideas y proyectos de los diferentes partidos políticos se transmiten a través de radio y televisión en forma gratuita, pero va en el camino que conduce a ello.
El ahorro al que llevará el costo de las inserciones en los medios electrónicos concesionados rebasa los 3 mil millones de pesos, aunque lo notable de la medida que se propone es reforzar el que contemos con elecciones creíbles y mucho más equitativas.
Quizás aquí resida el talón de Aquiles del trabajo senatorial: no se da el mismo tiempo de difusión a los partidos pequeños que a los grandes. El porcentaje otorgado está en función de resultados preexistentes y con ello da ventajas inerciales a los más fuertes y experimentados contra los intereses de los emergentes.
La reforma electoral gestada en el Senado ofrece aspectos decisivos entre los que destacan los siguientes: es un movimiento que, por primera vez, no ha sido motivado por el presidente de la República en turno; insólitamente es una obra colectiva en la que, como hicieron sentir en el pleno de la Cámara de Senadores, el espíritu que reinaba les permitió exhibir un orgullo que saltaba de una a otra fracción parlamentaria y les brindaba un músculo muy poco conocido en ese viejo recinto.
Incluso quienes no votaron a favor señalaron que lo hacían por razones secundarias y no torales con las que estaban de acuerdo.
Son destacables dos puntos a los que enfáticamente recurrieron los legisladores; el primero tiene que ver con la coincidencia de que los motivaba ampliar la capacidad de expresión de los futuros candidatos a puestos de elección popular y el derecho ciudadano a estar informado. El segundo, revestido de un aire de insurgencia, es alejar de nuestro ámbito el esquema estadounidense en el que el dinero en las campañas priva como elemento sustancial para ganar una elección.
No es poco lo conseguido como tampoco lo es el compromiso que los senadores han establecido. Justo en la época en que los legisladores gozan de tan poca estima y a quienes se les atribuyen privilegios económicos y, sobre todo, de alejamiento con las tareas de servicio a la sociedad. De aquí que los ojos y la conciencia de la comunidad se posen sobre ellos para observar si su conducta reciente no ha sido sólo un chispazo de excepción.
cremouxra@hotmail.com
Escritor y periodista
