Macario Schettino
La semana pasada se presentó ya el Plan Nacional de Desarrollo, como lo marca una reforma constitucional construida a inicios de los 80 y que respondía a una lógica de aquellos tiempos. Por si no lo recuerda, durante el sexenio de López Portillo se combinó el descubrimiento de Cantarell (que implicaba una riqueza varias veces superior al PIB de aquellos años) con la hegemonía de los economistas llamados estructuralistas. Esta gran riqueza, y la creencia de los estructuralistas en la planificación, convenció al presidente de que era necesario construir un gran plan que guiara las acciones gubernamentales. Desde los tiempos de Lázaro Cárdenas, no se hacía esto en México.
El primer plan de desarrollo se hizo precisamente a mediados del sexenio aquel, desde la Secretaría de Programación y Presupuesto, entonces en manos de Miguel de la Madrid, quien promulgó la mencionada reforma constitucional ya como presidente. Le tocó a él publicar el primer Plan Nacional de Desarrollo, así como ahora le toca a Felipe Calderón publicar el quinto de la serie.
La idea de que se puede planear la actividad gubernamental no es nada mala, pero llevarla al extremo de querer planear el desarrollo es un poco excesivo. Hace 40 años todavía se creía en la planificación económica, en parte porque la URSS todavía no se derrumbaba, en parte porque las computadoras apenas comenzaban, y en parte porque los métodos de optimización de entonces parecían prometedores. Hoy, aunque las computadoras han crecido mucho más rápido de lo que cualquiera imaginaba, nadie cree en la planificación. La razón es que ahora sabemos que la optimización no es magia, y también hemos aprendido que hay muchos ámbitos de la vida social que funcionan mejor cuando no le mueve uno.
En consecuencia, nuestra letra constitucional se ha quedado atrás. El tipo de plan que ahí se define, los planes y programas, y toda la parafernalia adicional, no tienen mucho sentido en el siglo XXI. Reitero, esto no significa que la idea sea mala, sino sólo que la forma en que se definió hace un cuarto de siglo ha envejecido muy rápido. Esto no debería sorprender, porque es precisamente en el ámbito de la información y el conocimiento en el que más ha avanzado la humanidad en este tiempo.
Considerando esto, el Plan publicado hace unos días puede considerarse bastante razonable. Aunque se definen grandes líneas de acción (llamadas objetivos) y estrategias generales, se comete el error de detallar demasiado. Sin embargo, usted verá que muchas críticas al Plan irán en la dirección opuesta: se quejarán de la falta de metas concretas. Nuevamente, esto es producto de esa visión de los años 70 que creía en la posibilidad de planificar la vida social.
Un ejemplo de estas metas que no tienen mucho sentido es la cantidad de empleos a generar. El empleo mismo es un concepto que pierde sentido en el siglo XXI. Se trata de una relación de producción propia de la economía industrial, que es cada vez menos importante. La economía de la información (o del conocimiento, como le guste) genera muy poco empleo, pero mucho valor agregado. El objetivo que deberíamos plantearnos, en particular hacia la meta del 2030, no es generar empleos, sino dotar a los jóvenes de capacidad de competir en esta nueva forma de la economía.
En esa dirección, la parte educativa del Plan suena, en principio, bien. El primer objetivo es elevar la calidad, y las tres estrategias son evaluar, capacitar profesores y modernizar planes de estudio. Y aunque en el Plan no queda totalmente claro, el espacio en el que se debe trabajar, muy rápido y muy bien, es la secundaria. Es ahí en donde se nos derrumba la educación, y es esa la razón de que la media superior sea problemática. Y para que no tengan que buscar demasiado, el problema de la secundaria está en planes pésimos con profesores igualmente deficientes. Ambas cosas producto del crecimiento explosivo de la matrícula de secundaria en las últimas dos décadas.
México pierde competitividad en la educación secundaria. Mejorarla significa incrementar la cantidad de ingenieros y científicos en una década, y la producción de conocimiento en un cuarto de siglo. Y para mejorarla no hay que ponerle cifras, sino incentivos adecuados en la dirección deseada.
macario@macarios.com.mx
Profesor en la EGAP del ITESM-CCM
