Otro de los mitos geniales sobre el PAN

Claudio G. Jones Tamayo

Hoy no es inusual interpretar la política de los partidos y en particular la política del sistema de relaciones PAN-gobierno federal con las anteojeras del viejo sistema político. Casi inconscientemente, se buscan los vectores del antiguo paralelogramo hiperpresidente-partido hegemónico. Es decir, se busca de antemano un hiperpresidente que defina la escena partidaria, el guión de la escena así como un partido que articule, en respuesta, la gran mayoría de relaciones del sistema político. No hay duda de que cuando se aborda al PAN y al Presidente de la República, todo dicho u opinión se vuelve interpretable a la luz de lo que, quien observa, supone inequívocamente como una lucha irrefrenable por el poder.
Pero se olvida al PAN, con su tradición de instituciones representativas, e incluso al panismo como expresión clara y distinta de la política. Vamos, se quiere a fuerza, que el PAN y el gobierno que de él surgió funcionen con la lógica de estos colosales dioses de la política que mueven a una militancia y a una clase política, casi cual marionetas en un escenario predeterminado.

Quien conozca al PAN o a la literatura sobre el PAN se dará cuenta de que la lectura “dualista” de la política partido-gobierno es, cuando menos, un acto de simplismo monumental. No funciona así el PAN, tan diáfana e inequívocamente, de cara a su presidente nacional y al Presidente de la República. Vamos, ni en tiempos del sistema PRI-gobierno se trataba ni con mucho simplemente de una lucha entre “grandes electores”. Dicha fórmula de interpretación en el caso del PAN bien puede ser un verdadero despropósito que poco favor le hace ya no al PAN, sino a las posibilidades de profundización de la democracia mexicana.

Hasta cierta medida se puede entender que esto ocurra. México ha entrado a la democracia electoral plena sin tener una suerte de nuevo modelo institucional para articular las relaciones formales e informales entre el partido que ganara las elecciones presidenciales (tuviera o no una mayoría simple a nivel del Congreso federal) y el gobierno encabezado por el candidato ganador de esas mismas elecciones. Pero ese “modelo”, en ausencia de definiciones explícitas, surgirá del equilibrio político resultante de las instituciones existentes; de ahí la necesidad de conocer, realmente, esas instituciones. En este caso se trata del PAN, un partido altamente institucionalizado, según los estudiosos. Se trata de conocer el origen, funcionamiento y facultades de un órgano específico, el llamado Consejo Nacional.

Para empezar, hay que señalar que el Consejo Nacional tiene facultades formales y políticas muy importantes. Es, a la vez, un órgano que vota para asuntos torales de la vida del partido pero que también es un órgano deliberativo sobre el sentido y la actualidad de la política panista. Este órgano lleva nada más 67 años funcionando. No sólo elige al presidente y miembros del CEN; aplica sanciones, audita cuentas de todos los órganos del partido, aprueba el plan de trabajo y los presupuestos anuales del comité nacional; puede aprobar algunos reglamentos como el de elección de candidatos.

Si uno revisa el procedimiento para llegar a ser electo consejero nacional, es bien fácil darse cuenta de que ningún “gran elector” puede concebiblemente manipular tal proceso. La primera mitad de los consejeros, los primeros 150 miembros, son elegidos por asambleas estatales y por el propio CEN, de acuerdo a un cálculo que se realiza para el efecto (fracción IV del artículo 46 de los estatutos) y que determinará el número de consejeros por entidad. Nótese que no es posible manipular la fórmula de dicho cálculo y que, si bien los consejeros pueden tener simpatías hacia el CEN o su presidente, nada garantiza que se logrará controlar en todo momento y respecto a todos los temas, a un consejero ad hoc.

Ahora bien, los otros 150 consejeros serán en efecto elegidos, de acuerdo con una lista (previamente integrada según propuesta de asamblea estatal), por los delegados numerarios asistentes a la Asamblea Nacional que se llevará a cabo en León. Pero es crucial advertir que los delegados numerarios fueron elegidos por insaculación. ¡Definitivamente sería imposible manipular una insaculación descentralizada en los estados de la República para elegir delegados que a su vez eligen a 150 más votados! Piénsese además que la lista de cada estado se integró mediante el derecho que tiene la asamblea estatal a proponer un candidato por cada 0.4% de lo que resulte de promediar la votación nacional del partido obtenida en ese estado y el número de miembros activos en el estado respecto del total de miembros inscritos en el Registro Nacional de Miembros (fracción V del mismo artículo 46 de estatutos).

Por lo menos se debe conceder que hay varios puntos de veto y candados en el complejo sistema existente mediante el cual el PAN elige a sendos grupos de 150 consejeros nacionales. Existen además 43 consejeros vitalicios -militantes con más de 20 años de pertenencia activa al Consejo-, más el presidente y el secretario general del CEN, así como los llamados miembros ex oficio (ex presidentes del PAN, la titular de Promoción Política de la Mujer, el secretario nacional de Acción Juvenil, el Coordinador Nacional de los diputados locales, el coordinador nacional de los ayuntamientos, los coordinadores parlamentarios federales, los 32 jefes estatales del PAN, y por último, el Presidente de la República y los gobernadores surgidos de Acción Nacional, si es que son miembros activos del partido).

Francamente, se antoja difícil que, en el lenguaje de la micropolítica, los 382 consejeros nacionales o una mayoría de ellos de plano “se la deban” al jefe nacional del PAN o al Presidente de la República emanado del PAN. Igualmente difícil es que, a voluntad, cualquiera de los dos grandes personajes en cuestión manejen en un tablero a los consejeros como en una especie de push button-politics, es decir, que para el consejero nacional “x” cualquiera de los dos grandes electores definiera la “función de utilidad” de ese consejero.

La verdad es que en el PAN existe un Consejo Nacional plural, representativo -tal como se concibió- de la militancia de ese partido. Por supuesto que sus miembros tendrán sus simpatías y preferencias por posibles candidatos a ocupar la presidencia nacional y el CEN del partido. Pero simpatía o preferencia -técnicamente intensidad de preferencia- no equivale a carecer de juicio y ser sólo una ficha en un tablero. Los analistas haríamos bien en superar interpretaciones sobre el PAN o el sistema de partidos que, a fuerza de ser excesivamente simplistas, terminan por ser simples opiniones. Valoraríamos más nuestra democracia.

Ciertamente, la política actual abona una interpretación que vislumbra la política, en parte, guiada por el liderazgo de personajes importantes sin que eso implique, de nueva cuenta, caer en simples dualismos. En efecto, el actual presidente de México es un líder que crece día con día respecto de la agenda nacional. Pero en esa perspectiva, el presidente del PAN no ha dejado ni dejará de apoyarlo.

Director de Estudios Políticos de la Fundación Rafael Preciado Hernández, AC

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