Otras trabas sicológicas

Sara Sefchovich

La semana pasada hablé en este espacio de la idea que sostienen varios filósofos, sicólogos y escritores según la cual hay obstáculos sicológicos que nos impiden dar el salto como país, a pesar de haber estado muchas veces en el umbral.
La idea incluye varias afirmaciones concomitantes a las que me quiero referir en esta ocasión. La primera consiste en afirmar que a los mexicanos no nos gusta cambiar y nos aferramos a viejas formas de pensar y de actuar frente a los problemas. La razón de esto habría estado, según Menéndez y Pelayo, en que quienes nos colonizaron vivían enclaustrados en un pensamiento dogmático, formalista y estrecho, mismo que fue el que trajeron a América y que “pasó a la acción y penetró en la vida”. Y se supone que eso que aprendimos sigue tan vigente, que por ejemplo el economista José Luis Calva asegura que el crecimiento económico de México se frenó porque las autoridades se aferraron a principios que en algún momento fueron adecuados pero que ya dejaron de serlo. Es decir, que no se atrevieron a cambiar.

Lo anterior tiene consecuencias graves, porque cuando por la razón que sea (presiones de dentro o de fuera, necesidad impostergable) ya se hacen los cambios, no se llega nunca hasta el fondo. Se firma un Tratado de Libre Comercio o se hace una reforma política y se supone que con eso es suficiente para crecer económicamente o para volverse democrático, sin hacer las adaptaciones y adecuaciones en las instituciones, en las leyes, en la infraestructura y en los modos de funcionamiento del sistema y del ejercicio del poder que los habrían sustentado. Es una especie de pensamiento mágico que cree que se puede cambiar una parte sin cambiar el todo, alterar sólo lo que no nos gusta dejando intacto lo demás.

La segunda afirmación concomitante es la que da por hecho nuestro eterno y persistente afán de imitar en todo lo de afuera. “Nos hemos pasado la vida queriendo adaptar la circunstancia americana a una concepción del mundo que heredamos de Europa y no adaptar esa concepción del mundo a la circunstancia americana”, escribió Leopoldo Zea.

Los criollos quisieron ser como los españoles, los liberales del XIX pretendieron vestir a la moderna al país imponiendo leyes e instituciones que poco tenían que ver con la situación real y “toda nuestra historia es la sucesión de proyectos trasplantados e impuestos que siempre resultaron inservibles”, escribió Paz. Llevado el argumento a la actualidad, vemos que se han creado una Comisión Nacional de los Derechos Humanos, una Secretaría del Medio Ambiente y Ecología, leyes para defender a la familia de la violencia doméstica, todas ellas basadas en ideas de fuera pero que no aplican en un país en el que nada de eso “forma parte del modo de pensar ni de la forma de actuar de las personas”, según dice Sergio Aguayo.

Eso sí, como toda imitación, la nuestra también se hizo tratando de superar al maestro, agregándole pompa y formalidad y engrandeciendo las cosas: desde los discursos hasta los edificios públicos. Por eso tenemos una Constitución que les garantiza a todos los ciudadanos derechos que no hay forma de hacer efectivos (al trabajo, por ejemplo) y una idea de progreso que ha resultado improductiva, porque como escribió Gabriel Zaid, ha consistido en hacer instituciones que son enormes elefantes blancos llenos de burocracia que consumen los recursos y el tiempo y que tienen la idea falsa de “una patria pomposa, multimillonaria”, como decía López Velarde, en lugar de hacer algo más a la medida de la realidad.

La tercera cuestión concomitante es la actitud de sentirnos siempre víctimas, ayer de los españoles conquistadores, hoy de los estadounidenses imperialistas. Ésta habría tenido su origen en el hecho de que nuestra cultura nació de una colonización brutal en la que se venció y humilló a los habitantes originarios y se degradó y descalificó todo lo americano, llevándonos hasta el punto en que “sentimos lo propio como algo inferior”, según escribió Zea, tenemos desconfianza de las propias capacidades, aseguró Paz y nos sentimos “habitando la sucursal del mundo”, según afirmó Alfonso Reyes.

Pero el resultado es que, como escribió un lector en una carta a un periódico de circulación nacional, “en la relación con los vecinos del norte, nuestros tomadores de decisiones no pueden quitarse la idea de que nunca podremos hacer nada contra los poderosos”, siendo que siempre es posible, como escribió Víctor Godínez, encontrar “instrumentos y políticas públicas que pueden compensar los vaivenes de las coyunturas internacionales”.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

¡Comparte la nota!