Carlos Hiram Culebro S./ ASICH
* Al igual que en otras notas en las que el suscrito ha abordado el tema de Alcohólicos Anónimos (AA), pide disculpas por cualquier error involuntario que pudiera cometer al referirse a esa organización.
AA nació en 1935 en Akron, Ohio, Estados Unidos, como resultado del encuentro entre dos hombres que compartían un problema común: el alcoholismo. Bill Wilson (o Bill W como también se le conoce ahora), era un corredor de bolsa que luchaba contra su adicción, conoció a Robert Smith, un médico señalado como el Dr. Bob, quien también era alcohólico. Ambos descubrieron que hablar abiertamente de sus dificultades con alguien que entendiera de primera mano el problema les ayudaba a mantenerse sobrios. Este intercambio de experiencias marcó el inicio de esa agrupación.
El contexto histórico de la época fue decisivo. Wilson, después de repetidos fracasos para dejar esas bebidas que generan adicción y otras repercusiones negativas, había encontrado ayuda en un grupo de carácter espiritual llamado el Grupo Oxford, el cual promovía valores como la honestidad, el altruismo y la confianza en un poder superior
En 1939, con la publicación del libro “Alcohólicos Anónimos”, también conocido como “El Libro Grande”, el movimiento se fortaleció. El texto contiene la historia fundacional, testimonios y sobre todo los Doce Pasos, un método espiritual y práctico para superar la adicción al alcohol. La propuesta se expandió rápidamente, primero en Estados Unidos y ahora AA tiene presencia en casi todos los países, ayudando a millones de personas a vivir en sobriedad.
Los grupos de AA funcionan bajo un modelo de apoyo mutuo y anonimato, orientado a que cada persona logre mantenerse sobrio un día, repita ese propósito al día siguiente y los subsecuentes; no prometen “nunca volveré a emborracharme” La base del trabajo de AA son reuniones diarias, habitualmente de lunes a viernes, en las cuales los miembros comparten sus experiencias, emociones y estrategias para enfrentar el alcoholismo. No existen jerarquías, líderes profesionales ni cuotas económicas; todos los miembros son iguales y el único requisito para participar es el deseo de superar esa adicción.
Las reuniones pueden ser abiertas, permitiendo la asistencia de familiares, amigos o profesionales interesados, o bien cerradas, reservadas para personas que padecen alcoholismo. En cada sesión se leen fragmentos de el “Libro Grande”, seguido de intervenciones voluntarias en las que los asistentes comparten sus experiencias con las bebidas alcohólicas, sin interrupciones ni debates.
AA no ofrece tratamientos médicos ni terapia psicológica formal; sus acciones giran en torno a la aplicación personal de los Doce Pasos, un camino de transformación personal que incluye el reconocimiento de la impotencia ante el alcohol, la búsqueda de un poder superior, la reparación de daños causados estando borrachos y el servicio a otros alcohólicos. Además, el anonimato es esencial para proteger la privacidad de los asistentes y fomentar la igualdad dentro del grupo.
Es indiscutible que AA no sólo es una vía para dejar las bebidas embriagantes, sino también un modo de corregir errores personales y alcanzar una vida basada en la honestidad, la humildad y el servicio a los demás.
Carlos Culebro ha tenido la oportunidad de asistir a grupos de AA en la Unión Americana y la única distinción encontrada es que mientras allá se reúnen formando un círculo, acá en México se colocan como en un salón de clase. En los grupos a los que ha acudido en ambos países, es habitual convidar a los asistentes agua, café, té y galletas; sin embargo, en Alburquerque, Nuevo México, le ofrecieron “palomitas”. La primera vez que ocurrió esto ultimo, se quedó con el deseo de preguntar sobre la película que iban a proyectar.
