Enriqueta Cabrera
El inicio de la Asamblea General de Naciones Unidas es una especie de termómetro que muestra las preocupaciones internacionales, el estado en que se encuentran las crisis políticas, los grandes temas planetarios, de las alianzas y rupturas, los problemas de derechos humanos, en fin, la geopolítica mundial.
Destacan en primer lugar las imágenes que dan la vuelta al mundo de la represión del Ejército birmano contra monjes budistas. La Asamblea General debe impedir la brutal represión y países como China tienen un destacado papel que jugar. Los derechos humanos y Myanmar están bajo la mirada de los 192 países que integran la ONU, pero hay otros casos que vienen de lejos, entre los que destaca la prisión de Guantánamo y las cárceles de Irak y Afganistán, donde se han documentado hasta la saciedad violaciones a los derechos humanos y del derecho internacional; está también el caso de los palestinos sitiados en Gaza por Israel. De eso no habló Bush, pero criticó a Naciones Unidas en materia de derechos humanos, llamó a reformar el Consejo de Derechos Humanos —que en 2006 fue creado para sanear la politizada Comisión de Derechos Humanos—. Dijo que el consejo permanecía “callado ante la represión de regímenes desde La Habana y Caracas hasta Pyongyang y Teherán”; al mismo tiempo defendió a Israel y dijo que el consejo centraba sus críticas en exceso en ese país.
Ocupará un primer plano el tema central de la Asamblea General, el cambio climático, que afecta a todo el planeta y en torno al que EU —principal emisor de gases invernadero— continúa sin asumir la responsabilidad que le corresponde, pretendiendo convertirla en una corresponsabilidad fundamentalmente con China, que tiene un impresionante crecimiento y ocupa el segundo lugar en emisiones contaminantes. Claro, está el hecho incontrovertible de que China tiene mil 300 millones de habitantes contra 300 de EU.
En paralelo al tema de la contaminación creciente se encuentra el de los energéticos; existen visiones encontradas sobre todo en lo relativo a la sustitución de hidrocarburos por biocombustibles que podrían llegar a afectar el magro equilibrio (desequilibrio ya para los países más pobres) alimentario del planeta. Desafortunadamente, no parece que en torno a estos dos temas puedan salir visiones unificadas y menos aún políticas aplicables de inmediato para intentar detener lo que aparece ya como un imparable cambio climático; sólo detenerlo llevaría más de 100 años. En torno a este tema las naciones no están unidas, sino desunidas.
El otro tema que ocupará buena parte de las deliberaciones de Naciones Unidas —en el Consejo de Seguridad y posiblemente en la Asamblea General— es la proliferación nuclear. Irán está en el ojo del huracán por más que insista en que su desarrollo nuclear sólo pretende usos pacíficos, por más que los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) afirmen que nada prueba, por ahora, que Irán pretenda desarrollar armas nucleares. Aquí lo que pesa son las sospechas de EU y sus aliados como Israel, por ahora no comprobadas. En Irak la guerra se desató porque EU afirmó que había armas de destrucción masiva y que Hussein representaba un peligro; nada fue cierto entonces. Ahora Teherán está bajo sospecha y Francia estructura nuevas alianzas; su canciller expresó hace unos días la posibilidad de una guerra con el régimen iraní.
El nuevo presidente Nicolas Sarkozy releva a Bush y se hace cargo del discurso duro en el que advierte que el mundo no puede tolerar que Irán pueda llegar a tener armas nucleares. “No habrá paz en el mundo si la comunidad internacional flaquea frente a la proliferación de armas nucleares”. Para Bush, Ahmadinejad personifica el mal, mientras Sarkozy bate los tambores de guerra. El desarme nuclear de las grandes potencias: pareciera que el Tratado de No Proliferación Nuclear ha perdido una de sus bases, la del desarme, lo que lo desequilibra totalmente.
El primer ministro iraquí llamó a los países de la Asamblea General a ayudar a Irak para lograr la reconciliación nacional. Sobre Irak Bush se abstuvo de hablar, tampoco tocó el tema de las otras crisis en Medio Oriente. No habló sobre la políticas bélicas de Israel en Gaza. Lo que sí hizo fue volver a señalar países considerados extremistas, con regímenes tiránicos o violentos: Bielorrusia, Corea del Norte, Siria, Irán, Myanmar, Zimbawe, Sudán y Cuba. De Cuba dijo que el régimen estaba llegando a su fin; el canciller cubano respondió señalando que no tiene “autoridad moral para juzgar a ningún país”. En el ocaso de su presidencia Bush amplió los países ejes del mal, calificándolos ahora de “regímenes brutales” que vulneran los derechos fundamentales de sus pueblos.
Hace unas semanas, EU convocó a una conferencia internacional de paz en torno al conflicto de Israel y los palestinos, ahora divididos y enfrentados entre Al Fatah y Hamas, que se encuentran ya en una guerra civil de mediana intensidad. En Naciones Unidas, Bush se abstuvo de abordar el tema de esa crisis central en Medio Oriente y de las escasas oportunidades que tiene la paz con Gaza sitiada y más de un millón de palestinos cercados en su propio territorio.
La agenda de la desigualdad estuvo presente en varios discursos sobre cambio climático. Líderes de países en desarrollo hicieron un reclamo al mundo industrializado: ustedes están creando el calentamiento global, pero somos nosotros quienes más lo estamos sufriendo. El presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, dijo que era “inaceptable que el costo de la responsabilidad de unos pocos privilegiados se cargara sobre los desposeídos de la tierra”. Mientras Bush hablaba sobre la libertad y en contra de los regímenes tiránicos, varios presidentes latinoamericanos se refirieron a la desigualdad entre países y al interior de éstos como un tema central.
Periodista y antropóloga social
