Enrique del Val Blanco
Los países que están negociando los términos del comercio internacional no han escatimado en reuniones. Desde el 14 de noviembre de 2001, en la ciudad de Doha, en Qatar, los ministros de Comercio iniciaron las pláticas de una nueva ronda de negociaciones, con el objetivo fundamental de ayudar a las exportaciones de los países pobres que sufren por la enorme protección que los gobiernos de los países desarrollados, especialmente de Estados Unidos y algunos de la Unión Europea, les dan a sus agricultores. Han pasado casi seis años y la situación no ha mejorado un ápice, a pesar de las diversas reuniones que han tenido, entre ellas la que se celebró en 2003 en Cancún.
El último revés ocurrió el mes pasado en la ciudad de Postdam, Alemania, en la reunión que celebró el denominado G-4, constituido por EU y la UE en representación de los países desarrollados, y Brasil e India por los países emergentes, como se les llama ahora.
Los representantes de los últimos se levantaron de la mesa enojados, manifestando una vez más que el único interés por parte de los países desarrollados es que se bajen los aranceles a los productos industriales de ellos, a cambio de compromisos mínimos en la apertura de sus fronteras a los productos agrícolas.
La última propuesta, sobre la que no se ha llegado a nada, está sobre la mesa. A Estados Unidos se le pide que reduzca su protección a los productos agrícolas, de los 22 mil millones de dólares que otorga actualmente a un monto máximo de 16 mil millones. Además, se le pide que no la concentre en unos pocos productos, como lo hace ahora en maíz, soya, algodón, arroz y trigo. Uno de los principales argumentos para esto último son los subsidios al algodón de los agricultores estadounidenses que ascienden a cerca de 3 mil millones de dólares; situación que ha puesto en condiciones extremas a los campesinos de varios de los países más pobres de África.
A la Unión Europea se le pide rebaje los aranceles a los productos agrícolas en un monto cercano a los 17 mil millones de dólares, mientras que a los países emergentes se les pide que sus tasas arancelarias sobre productos industriales no rebasen el 23%.
Éstas son las últimas posiciones que se han discutido y, a raíz del fracaso de la reunión en Postdam, son la base sobre la que ahora la OMC ha insistido para que vuelvan a sentarse y avanzar en las negociaciones, lo que difícilmente ocurrirá debido a varios factores políticos que inciden decisivamente en ellas.
El primero de ellos, quizás el más importante, es que el pasado 30 de junio venció la autorización que el Congreso estadounidense otorgó a George Bush para negociar vía fast-track. No se sabe qué pasará al restarle poder de negociación al gobierno y tener que pasar por el Congreso los diversos acuerdos a que se llegue en cada tema. Además, en enero del año próximo comienza formalmente la campaña electoral en este país, donde el tema comercial será uno de los fundamentales, y en el que ninguno de los candidatos querrá comprometerse a reducir la ayuda a posibles votantes.
De manera similar, en 2009 habrá elecciones para el Parlamento Europeo y desde ahora se preparan las estrategias. Una vez más el tema agrícola es muy sensible, a tal grado que nadie lo toca para hablar de reducción de subsidios, sino todo lo contrario. El nuevo presidente francés ha manifestado una posición más proteccionista que la de su antecesor en el tema de los intercambios agrícolas.
Es decir, desde el punto de vista político las perspectivas de lograr un acuerdo comercial que realmente beneficie a los países más pobres está muy lejos de poder realizarse.
Nuestro país ha sido una parte marginal del proceso y es donde se demuestra el poco peso específico que tenemos en las relaciones internacionales, sobre todo a partir del funesto sexenio pasado, en este tema y en otros. Sin duda hoy la estrella latinoamericana se llama Brasil, que junto con Argentina y Chile nos están rebasando en muchos asuntos. Y no digamos India; por eso es que no estamos en el G-4. Hoy en el mundo económico pintamos muy poco, a pesar de las declaraciones oficiales.
Quizás ha llegado la hora de la verdad para el comercio internacional. O mejor dicho, para demostrar que con este sistema económico los únicos que realmente ganan permanentemente son los países ricos. Puede ser que por momentos ganen algunos subdesarrollados, como le está pasando ahora a Brasil con el bioetanol, pero a la larga los más beneficiados serán siempre aquellos que tienen más dinero para poder subvencionar a sus ciudadanos, lo cual no estaría mal, si no fuera a costa del sufrimiento de millones de personas de otros países que tienen la mala suerte de que sus tierras también produzcan los mismos productos subvencionados.
La pregunta es, ¿por qué Estados Unidos, Francia, España, etcétera, van a dejar de ayudar a sus campesinos o agricultores si tienen los recursos para hacerlo? Podríamos argumentar indefinidamente el por qué pero el resultado final es que la solidaridad, la igualdad, los términos de intercambio equitativos, son palabras que sólo sirven para los discursos. La mejor muestra de ello es lo que ha ocurrido con la Ronda de Doha.
Por eso es que los países emergentes deben pensar en ellos y para ellos, y no esperar el “maná” proveniente de nuestros amigos de los países desarrollados. El único camino que ha existido en las negociaciones durante los últimos 100 años ha sido que los más pobres cedan. Para que haya avance, esperemos que ése ya se haya terminado.
Debemos recordar las famosas palabras de J. Foster Dulles, que bien pueden ser aplicadas al comercio internacional y a los países desarrollados: “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”. Ésta es la realidad de este sistema, cada día más inequitativo y desigual, hasta que estalle y ya no haya más posibilidad de pláticas. Éste es el riesgo a nivel mundial de la ceguera de los países desarrollados.
Analista político y economista
