Jorge Chabat
¿Cuándo fue la última vez que alguna parte del país fue afectada por un desastre natural? Seguramente no hace mucho. Hace unos meses, con algún huracán o alguna inundación, por no mencionar a los temblores. En fin, parece que la tragedia de Tabasco es un déjà vu. Ocurre a cada rato. Y siempre se culpa a la naturaleza. No es la irresponsabilidad de los gobiernos: es la naturaleza. Ella es la que causó la tragedia en las plataformas de Pemex hace un par de semanas. Bendita naturaleza, es la que salva a los funcionarios. Es el chivo expiatorio perfecto. Frente a la ira de la naturaleza, no hay responsables humanos.
Así ha ocurrido siempre. Si los edificios de Tlatelolco se cayeron en el terremoto de 1985 fue porque la naturaleza se ensañó, no porque estaban mal construidos. Y si no es la naturaleza directamente, los responsables son los accidentes: eventos que ningún ser humano controla y que, por ello, no generan responsabilidad para nadie. El último, enésimo derrame de Pemex en el golfo de México es un accidente. Por ello, no hay responsables de la infame contaminación de las aguas, de la destrucción de la vida marina, de la afectación a las poblaciones que viven de la pesca. Así ha sido durante décadas. Si no, recuérdese el monstruoso derrame del Ixtoc en el sexenio de López Portillo, cuando incluso el entonces presidente lo justificó diciendo que ello ayudaba a que hubiera más peces. ¿Y qué hay de la explosión de San Juanico en la ciudad de México en 1984? Ni modo. Son cosas que pasan. Los responsables son la naturaleza o el azar, no los funcionarios.
Es cierto, a veces la naturaleza se ensaña y rebasa los límites de lo predecible. También es cierto que, en ocasiones, a pesar de que se tomen las medidas de precaución ocurren accidentes. Sin embargo, estos hechos son, por sus propias características, excepcionales. El problema en México es que los embates de la naturaleza y los accidentes son cotidianos. Pasan constantemente y vuelven a pasar.
¿Cuántas veces ha escuchado usted la historia de un autobús de pasajeros, con exceso de cupo y de velocidad, que se cae a un barranco y en el cual mueren decenas de personas? ¿Cuántas veces hemos escuchado la historia del tráiler que no cupo en el Viaducto de la ciudad de México y se quedó atorado? ¿Cuántas historias hemos escuchado de deslaves que sepultan casas en zonas de asentamientos irregulares? Decenas de veces. Y sigue pasando. ¿Por qué? Porque las precauciones que se supone se deben tomar no se toman. Porque la autoridad no aplica las reglas.
El problema de fondo sigue siendo que tenemos gobiernos (municipales, estatales y federales) que no hacen su chamba y luego culpan a los imponderables de las tragedias que pasan. Así de simple. Y, claro, como la línea que separa la irresponsabilidad de los gobernantes de los accidentes no siempre es muy clara, es muy fácil culpar al destino de las tragedias. Y el pueblo mexicano, en su gran generosidad, hay que decirlo, contribuye inconscientemente a cargarle la culpa al azar y a la naturaleza cuando da su ayuda para los damnificados de tal o cual tragedia. Y ciertamente cuando sobrevienen las tragedias los gobiernos son rebasados.
Por eso es necesaria la ayuda de la población. Pero ello no puede excluir la responsabilidad de las autoridades que debieron tomar medidas precautorias. Y ello no es culpa del modelo neoliberal como ha dicho López Obrador. Es culpa de la impunidad, de la falta de rendición de cuentas. En Inglaterra, el río Támesis solía inundar Londres en el siglo XIX, hasta que en los años 70 se construyó un sistema de represas móviles que permite evitar tal catástrofe. Y nadie puede decir que en Inglaterra no hay un sistema neoliberal.
Una vez pasada la tragedia de Tabasco (y su réplica en Chiapas) vendrá el periodo de las culpas. Ya los gobiernos federal y estatal de ahora y de los últimos años compiten para deslindarse del desastre. La pregunta que obviamente surge es si habrá un responsable o, una vez más, se culpará a la naturaleza. O, peor aún, la pregunta es si se utilizará políticamente la tragedia para culpar al adversario, como ya está ocurriendo.
El problema de fondo en este país no es la naturaleza ni el azar: es un sistema político-legal que no castiga a los responsables y que permite que las tragedias naturales que se pueden evitar, que son las más, no se eviten. La culpa, pues, no es de la naturaleza ni del destino: es de la irresponsabilidad de nuestros gobiernos.
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
