Ciudad de México. Poeta abundante, redundante, retumbante, aullador, provocador, cronista del instante. Poeta elegíaco, bueno para velorios y cementerios. Agresiva, festiva, determinantemente gay. Beatnik hasta el tope, tan de North Beach como del Lower East Side: otro más que dudaba si San Francisco o Nueva York, aunque viniera de Nueva Jersey y eso lo emparentaba, más de lo que creyó merecer, con el William Carlos Williams de Paterson. Quiso ser Walt Whitman en clave de jazz, se opuso a la guerra de Vietnam (y a todas las guerras).
Místico, budista, vegano, gurú de los poetas auténticos del rock y de los bardos en los manicomios. Puso su cerebro unas veces en el ano y otras en el corazón. Buscador de muchachos en las favelas de Río de Janeiro, consumidor de drogas, vocero de una generación, eterno aprendiz de Ezra Pound.
Viejo cochino, meón, cagón, renqueante, metiche, bufón, profeta, eterno aprendiz de sí mismo. Un mes antes de su partida escribe (8 de marzo de 1997, 12:30 AM):
Es cierto escribo de mí mismo
¿A quién conozco mejor?
De dónde más recoger
basura sangre rosas rojas
& desechos de la cocina
Quién más tiene mi calloso
corazón, mis hepatitis o
hemorroides
Quién vivió mis setenta
años, ¿mi vieja Naomi?
Gran poeta, mal poeta, poeta social, sexual, testimonial, irracional, edípico, paródico, religioso, hereje, anarquista, pacifista, ambientalista, musical, visual, famoso, peligroso. El que viajó en primera clase o de aventón en heroína, mariguana, mescalina, ayahuasca, LSD, anfetas, antidepresivos y silocibes activos. Que enterró a casi todos sus novios y amigos. Que desde muy pronto, hacia 1962, debió ceder el cetro a un muchacho que se hacía llamar Bob Dylan y llegó no obstante al Combat Rock de The Clash. Identificaba enseguida hombres guapos y niños bonitos, pero era incapaz de recordar el nombre de las mujeres que le presentaban.
En las décadas de 1960 y 1970 causó impacto en autores mexicanos tan diversos como Sergio Mondragón, la escuela de Carlos Monsiváis y los Infrarrealistas, en especial José Vicente Anaya, quien además fue su traductor.
Su último libro en vida fue Selected Poems 1947-1995, una muy amplia antología de su obra torrencial, que incluye desde luego los iniciales hits Aullido y Kaddish que troquelaron los lugares comunes en torno a él; también su trova beat, sus vómitos sobre el sistema capitalista y sus propias indigestiones, iluminaciones, aventuras ilegales, apoteosis laicas y tristezas. El volumen, publicado en 1996, fue simultáneo a la grabación de La balada de los esqueletos, el último de sus ocho discos, con Paul McCartney y Phillip Glass; una graciosa retahíla que aquí pasaría por “calaveritas” para el Día de Muertos, dedicadas al presidente en turno y sus guerras, al ayatollah, el Dalai Lama, el “viejo Cristo”, los yonquis, la CIA, el libre mercado, el New York Times.
Tras su muerte, ocurrida el 5 de abril de 1997, sus amigos editaron Death& Fame: Last Poems, 1993-1997 (Harper Flamingo, 1999), que cierra su ciclo de 50 años exactos como el poeta de una era. Robert Creeley describe este libro como his last mind. “Ningún poeta fue más escuchado y respetado, ninguno conoció como él los intrincados patrones de la melodía”, destaca. La colección póstuma abre con una carta-poema que envió al presidente Clinton, Lista de deseos para una nueva democracia, donde coloca los puntos sobre las íes de la maldad yanqui y aboga por detener guerras, agrotóxicos y extractivismos, separar la religión del Estado, frenar al Banco Mundial, abrir todos los archivos clasificados y “quitarnos de encima a las policías secretas (CIA, FBI, DEA y NSA)”.
En cierto modo podríamos asociarlo con el también terminal libro de Pablo Neruda Incitación al nixoncidio y alabanza de la revolución chilena (1973), pero la cuerda de Ginsberg sale mejor librada y mantiene vigencia. Es casi premonitorio del actual horror asentado en la Casa Blanca. Nunca temió al panfleto. Por momentos roza la grandeza lírica de Pound y Whitman. Y de paso expone sus miserias físicas, nostalgias, lutos, esperanzas. No le importaba lo que hicieran con su cuerpo, pero quiso un buen funeral y le fue concedido. Su poema postrero, “Cosas que ya no haré (Nostalgias)” es una peregrinación a los lugares donde ya no volverá, todos en el mundo árabe, indio, tibetano o indonesio, sin mención alguna a Israel o Europa, excepto Bulgaria.
Su editor Bob Rosenthal, quien lo acompañó en la penosa pero rápida agonía de un cáncer hepático (el mismo mal que se llevó a sus pupilos John Ross y David Bowie), señala que fue “uno de los muy escasos poetas que tuvo la oportunidad de refinar la cadencia exacta de sus versos gracias a sus frecuentes lecturas públicas”.
Sus lecturas eran verdaderas performances, que unos admiraban y a otros daban risa. Cuando en 1981 vino al Festival Internacional de Poesía en Morelia (también Günther Grass, Seamus Heaney, Tomás Segovia, Jorge Luis Borges, Joao Cabral de Melo Neto y otras figuras), apareció en escena tocando su proverbial harmonio y cantó-recitó-balbuceó-manifestó un canto uluru: “Una gota de lluvia da principio al universo / Cuando la gota de lluvia se seca, los mundos se acaban”. Se incluye aquí un pasaje de la pedante crónica Cuando las musas viajan a Morelia (nexos, enero de 1982), parte de la cual hoy no suscribiría.
Poetas y campesinos
“Una coincidencia inesperada nubló con sombras de realidad política el cónclave de bardos. El martes se organizó para ellos una salida a Santa Clara del Cobre. Después, los poetas fueron invitados por el gobernador Cuauhtémoc Cárdenas a pasear por Zirahuén, el lago más hermoso de Michoacán. Guillermo Arreola, cacique del lugar, les ofreció una espléndida comida en su residencia junto al lago: chiles rellenos, pescado blanco rebosado, arroz con rajas, frijolitos y un buen alipuz.
“Quienes permanecieron en Morelia pudieron ver desfilar por la avenida Madero a unos 200 campesinos purépechas, quienes llegaron hasta el palacio de gobierno y solicitaron la liberación de tres dirigentes comunales, la disolución de las guardias blancas de Las Guacamayas y el respeto a las tierras comunales de Zirahuén, donde la familia Arreola intenta construir un centro recreativo.
“Coreando: ‘Hoy luchamos por la tierra, mañana por el poder’, hicieron un plantón frente a la catedral, luego de fijar sus mantas en el atrio. Día y noche, bajo los arcos de cantera moreliana, aquellos campesinos entonaban corridos agraristas. Desde México, Adolfo Gilly pidió a los poetas, por azares de la vida puestos al lado del terrateniente impugnado, que apoyaran a los campesinos. Resulta difícil imaginar a un visitante sueco, holandés o yugoslavo opinando en un lío local. Sin embargo, un poeta (para muchos un clown loco) que no asistió a la comida de Arreola y seguramente no leyó a Gilly, inició su presentación con estas palabras:
“–Dedico esta lectura a un grupo de campesinos que colocaron sus banderas frente a la catedral. Seguramente tienen razón en lo que piden. Están más cerca de la tierra que nosotros. Ellos la trabajan, nosotros la hemos olvidado.
“Era Allen Ginsberg. Acto seguido, mientras una parte del público aplaudía al poeta y otra deploraba su ‘exhibicionismo’, leyó y cantó un poema a la manera aborigen australiana delante del gobernador, para unos campesinos que quizá nunca tendrán noticia de su gesto.”
Se cumplen 100 años del natalicio del gran agitador, el poeta más convulsivo (bretonianamente dicho) del siglo XX, que a nadie dejó indiferente con su dramático y subversivo cantar que viajaba “para morir” y vio al cadáver del Che Guevara “sereno como si labios de damas estuvieran besando partes invisibles de su cuerpo”.
Mente Mariposa
La mente es una mariposa
ligera en la rosa
o revolotea sobre un montón de mierda
cae en picada exhausta sobre un autobús humeante
o reposa en la silla del porche, una flor que respira
abierta & cerrada al balanceo de la brisa en Tenesí
Vuela a Texas para una convención
esparce semillas en campos petroleros
Ciertos días estas alas arcoíris tienen un alma
vacía de cerebro según algunos
pequeñas alas automáticas de ojos grandes
que se posan en la página.
De Death & Fame: Last Poems, 1993-1997,
Harper Flamingo, 1999.
Traducción: Hermann Bellinghausen
Con información de LA JORNADA
